El Lord y la gitana Capítulo 4 — Bajo la luz de la media luna
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Capítulo 4 — Bajo la luz de la media luna

A la noche siguiente, cuando el pueblo dormía bajo un manto de silencio, Nathaniel Crowford salió de Crowford Manor sin que sus hermanas se dieran cuenta.

Caminó bajo la tenue luz de la última farola, sin dejar de llevar el paso firme que tanto lo caracterizaba… pero aquel paso estaba más nervioso de lo que admitiría.

En el bolsillo de la capa guardaba un pequeño frasco de licor, que solía llevar para calmar sus sueños sin reposo. Pero aquel frasco estaba sin descorchar, sin necesitar dar un solo sorbo.

Algo más lo atraía esta noche, algo que aceleraba el latir de su alma, sin que él pudiera evitar dejarse llevar.

En el lugar en que estaba el carro de la gitana, junto a un roble solitario, vio una silueta bajo la luz de la media luna.

Era ella…

Soraya, de cabellos largos y oscuros, de ojos verdes que podían leer el alma de un hombre de piedra.

En aquel silencio, mientras el aire de la noche movía ligeramente las faldas de la adivina, el Lord se detuvo, sin dejar de contemplarla.

De pronto, alguien salió de detrás de un árbol, un hombre más grande y más tosco que el propio Nathaniel.

El hombre, que estaba bajo los efectos del alcohol, sujetó el brazo de Soraya sin dejar que se marchara. Esta intentó zafarse, sin dejar de hablar con fuerza, sin dejar que el pánico apareciese en sus ojos.

—¡Suéltame, bruto! —gritó Soraya—. Tú no sabes con quién estás lidiando.

Nathaniel apretó los labios… el instinto de aquel hombre reservado salió a la superficie de golpe.

En dos zancadas, sin dejar de llevar el bastón que usaba como apoyo, se colocó detrás del hombre. Lo sujetó por el hombro con fuerza, sin dejar que se moviera.

—Ella ha dicho que la sueltes —dijo con una calma peligrosa que heló el alma del hombre.

El sujeto se revolvió, intentó dar un golpe… pero Nathaniel, más rápido de lo que parecía, bloqueó el golpe con el bastón y, sin dejar de sujetarle el hombro, lo lanzó al suelo de un simple giro de fuerza.

El hombre quedó sin aire, sin poder levantarse, mientras el Lord se colocaba frente a Soraya, sin dejar de mirarla.

—¿Está usted bien? —preguntó, sin que el temblor de sus manos apareciese en la voz.

—Lo… lo estaré… gracias —susurró Soraya, sin dejar de contemplarle—. Milord…

En aquel silencio, bajo el cielo sin estrellas, algo comenzó a surgir en ellos, algo que ni ellos mismos podían nombrar… pero que estaba ahí, latente, más vivo que el fuego de la chimenea en Crowford Manor.