El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) I - TROYON
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El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1)

El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1)

Por Louis Joseph Vance

© inepub.com

I - TROYON

Debe de haber sido Bourke el primero en decir que, incluso si uno conocía bien París, tenía que perderse para poder encontrar Troyon. Pero, claro está, Bourke se enorgullecía de ser irlandés.

Troyon ocupaba una esquina en una jungla de callejuelas, bien apartado del bullicio de los bulevares adyacentes de Saint Germain y Saint Michel, y en su época fue un restaurante famoso con una reputación celosamente guardada por un selecto círculo de clientes.

Su cocina era la mejor de París; su bodega, insuperable; sus tarifas, ridículamente razonables; y, sin embargo, la guía Baedeker lo ignoraba.

Y en la sabiduría de los entendidos, esto era un acierto: habría sido una lástima soltar sobre tan excelente establecimiento a los enjambres de turistas que profanaban cada templo de la gastronomía en la Rive Droite.

El edificio era de tres pisos, pintado de un monótono color pardo y rematado con contraventanas de un verde apagado.

El restaurante ocupaba casi toda la fachada de la planta baja; una puerta doble, ciega y discreta, en un extremo de sus ventanales, rara vez estaba abierta y aún más rara vez se hacía notar.

Esta entrada era baja y ancha, y cerraba la boca de un vasto pasaje de muros de piedra.

En una de sus dos sólidas hojas de roble se había recortado una puerta más pequeña para comodidad de los huéspedes de Troyon, quienes por esta vía accedían al patio, un lugar en penumbra y techado a medias, fresco hasta en los días más calurosos.

Desde el patio, una escalera, con el aire de no llevar a ninguna parte en particular, trepaba perezosamente hasta el segundo piso y con ello justificaba sus modestas pretensiones; pues los dos pisos superiores de Troyon bien podrían haber sido trazados por un arquitecto acosado por pesadillas después de presenciar una de las primeras farsas del Palais Royal.

Escaleras arriba, un laberinto medieval de pasillos largos y cortos, complicados por incontables escalones, escalinatas, giros inesperados y puertas enigmáticas, corría en todas direcciones y, por lo general, lo dejaba a uno en la habitación equivocada, conectando, en total, unas cuarenta alcobas.

No había salones ni salas de recepción, jamás hubo un cuarto de baño, ni siquiera había agua corriente aparte de dos grifos de pasillo, uno por piso.

El huésped de honor y el exigente se iban a la cama a la luz de una lámpara; los demás se conformaban con candelabros: el gas ardía únicamente en los corredores y en el restaurante; chorros asmáticos que, chisporroteando de azul dentro de globos obesos, semiopacos y amarillentos, combinaban a la perfección con el mobiliario y la decoración del Segundo Imperio, a los que los años habían prestado una sordidez madura y de algún modo pícara, ya que nunca se renovaba nada.

Con tales comodidades, los huéspedes de Troyon estaban más que satisfechos.

Para empezar, no eran muchos, y en su casi totalidad eran burgueses de mediana edad, una casta que resiente las innovaciones.

Tomaban Troyon tal como lo encontraban: las habitaciones les resultaban admirablemente adecuadas y la tarifa era modesta.

¿Para qué hacer algo que perturbara la paz perenne de un establecimiento tan discreto y confidencial?

Allí uno hacía poco más o menos lo que le placía, siempre y cuando su cuenta se pagara con tolerable regularidad y la mano se mantuviera ágil para tirar del cordón en las altas horas de la noche.

Papá Troyon provenía de una tribu de posaderos y era de mentalidad liberal; en cuanto a Madame, su esposa, a ella no le importaba otra cosa que las monedas de oro. ..

A Troyon, en una húmeda noche de invierno del año 1893, llegó el niño que de hombre se haría llamar Michael Lanyard.

Debía de tener cuatro o cinco años en aquel entonces: una edad en la que la conciencia apenas empieza a reconocer su individualidad y la memoria registra con caprichosa irregularidad.

Llegó al hotel en un estado de agitación que entrañaba una sensibilidad a las impresiones casi anormal; pero eso pronto quedó ahogado en lo más profundo de los sueños sin imágenes de un agotamiento saludable; y cuando llegó a mirar hacia atrás a través de una neblina de días, cada uno de los cuales había hecho su exigencia separada e imperativa a sus nacientes emociones, encontró su reserva de recuerdos extrañamente apagada y desarticulada.

La primera imagen definida era la de él mismo, una figura pequeña pero inmensamente importante, abrigando un corazón apesadumbrado en el oscuro rincón de un fiacre .

A su lado estaba sentado un hombre que maldecía con irritación entre dientes cada vez que el gimoteo del niño amenazaba con convertirse en un llanto franco: una criatura extraña, con los bolsillos llenos de dulces y un trato con los niños pequeños que en público era hosco y dominante, y en privado tímido y conciliador.

Llovía monótonamente, con esa melancólica persistencia que es el genio de los inviernos parisinos; y el pavimento de las interminables y extrañas calles era como cristal negro atravesado por luces de colores.

Algunas de las calles rugían como bestias hambrientas, otras, en cambio, estaban en silencio, aunque con un silencio no menos siniestro.

La lluvia producía una incesante crepitación en el techo del fiacre , y las ventanillas lloraban sin tregua.

Dentro del carruaje, un olor a humedad contendía débilmente con el tufo nauseabundo de un cigarro que el hombre no dejaba de reencender y que con igual frecuencia se le enfriaba entre los dientes.

Afuera, unos cascos incansables marcaban su ritmo mortal, clop-clop, clop-clop . ..

Detrás de todo esto acechaba algo de un atractivo sin forma, algo triste, dulce y trascendental, que pertenecía de manera muy personal al niño pero de lo que él jamás podría percatarse.

La memoria avanzaba a ciegas hacia ello sobre un puente, ancho como una espada, que no tenía fin.

Había habido (o el niño lo había soñado) un largo y fatigoso viaje en ferrocarril, la secuela de uno en barco, más breve pero completamente repugnante.

Más allá de este punto, la memoria fallaba, aunque enferma de anhelo.

Y el niño abandonó sus esfuerzos instintivos, aunque algo inconexos, por reconstruir su historia: su vida cotidiana en Troyon le proporcionaba intereses absorbentes y aniquiladores.

Madame se encargaba de ello.

Fue Madame quien se hizo cargo de él cuando el hombre extraño lo arrastró llorando desde el coche, a través de un lugar frío, húmedo y lúgubre de sombras, y escaleras arriba hasta un dormitorio cálido y luminoso: un cuerpo formidable, el de esta Madame, de ojos fríos y numerosos lunares velludos, que hacía ruidos raros en su garganta mientras desvestía al niño con el hombre allí presente, ruidos que pretendían sonar compasivos y maternales pero que, al menos para el niño, resultaban irremediablemente todo lo contrario.

Luego, la somnolencia apoderándose de uno sobre una almohada empapada de lágrimas... el olvido...

Y fue Madame quien gobernó con mano de hierro el extraño y nuevo mundo al que el niño despertó.

El hombre se había marchado por la mañana, y el niño no volvió a verlo jamás; pero, dado que quienes lo rodeaban no entendían inglés y él no entendía francés, pasó algún tiempo antes de que pudiera comprender las falsas garantías de Madame de que su padre se había ido de viaje pero que no tardaría en regresar.

El niño sabía positivamente que el hombre no era su padre, pero cuando estuvo en condiciones de hacer esta corrección, el asunto se había desvanecido en la insignificancia: la vida se había vuelto demasiado dolorosa como para dejar tiempo o inclinación para el ajuste de cuestiones tan menores e incidentales como el propio linaje.

El pequeño pronto aprendió a reconocerse como Marcel, que no era su nombre, y al poco tiempo ignoraba haber tenido alguna vez otro. A medida que fue creciendo se hizo pasar por Marcel Troyon; pero para entonces ya había olvidado cómo hablar inglés.

A los pocos días de su llegada, el dormitorio cálido y luminoso fue cambiado por un clóset oscuro y frío que daba al tocador de Madame, un armario amueblado con un catre desvencijado y una silla rota, desprovisto de toda previsión de luz o calefacción, y ventilado únicamente por un tragaluz sobre la puerta; y dado que Madame compartía el horror francés a las corrientes de aire y por ello mantenía su tocador herméticamente sellado nueve meses al año, el tragaluz no arreglaba mucho las cosas.

Pero aquel clóset constituyó el único refugio del niño, si bien precario, a lo largo de varios años; solo allí estaba alguna vez a salvo de patadas, bofetadas y regaños por faltas que escapaban a su comprensión; pero nunca se le permitió tener una vela, y la oscuridad y la soledad hicieron del lugar un sitio de terror fantasmal para la naturaleza sensible e imaginativa de un niño en crecimiento.

Sin embargo, nunca estuvo mal alimentado; y no se le podía negar el lujo de olvidar la miseria en el sueño.