Epílogo
D ugan yacía lánguido en la cama, incapaz de moverse, completamente agotado. Maisyl se había derrumbado sobre él, con la respiración aún agitada tras hacer el amor. Dudaba de que alguna vez se cansara de su pasión o de si alguna vez la desearía menos de lo que lo hacía en ese momento.
Tras seis meses, la vida en Bàgh Fìon era más ajetreada que nunca.
La ampliación del puerto avanzaba, pero pasarían al menos un par de años más hasta que la ampliación inicial del muelle estuviera terminada.
También quería levantar una muralla alrededor de la torre del homenaje y los edificios principales que sustentaban el castillo, pero eso tendría que esperar hasta que hubiera gente disponible.
Entre la construcción del muelle y los almacenes adicionales, además de gestionar el puerto y supervisar las necesidades básicas del clan, había demasiadas cosas con mayor prioridad y apenas había trabajadores suficientes para llevar a cabo los proyectos ya en marcha.
El clan era casi demasiado pequeño para llevar a cabo todo lo que se había previsto.
Incluso ahora, se veían obligados a rechazar a quienes querían unirse a la guardia.
Habían duplicado su objetivo original. Es cierto que aún estaban aprendiendo a distinguir un extremo de la espada del otro, pero Sloan tenía un don para entrenar a los hombres.
Él y Garrett solían intercambiar funciones, y Sloan ponía al exmercenario al mando de los soldados Kincaid más experimentados.
Al principio, a Dugan le había preocupado, pero no tenía por qué.
Todos respetaban a Garrett y seguían sus órdenes como si hubiera sido un Kincaid toda su vida.
Pero no lo era. Y aunque su amigo había aceptado el título de comandante, Dugan sabía que era solo temporal.
Cuando terminara el año, Garrett se marcharía, por mucho que Dugan deseara lo contrario.
Algo atormentaba a aquel hombre. Dugan solo podía rezar para que Garrett encontrara pronto la manera de liberarse de su carga y regresara algún día.
Sloan sabía que Garrett se marcharía cuando acabara el año y ya había hablado con Dugan sobre él y un puñado de otros que querían quedarse cuando el otro Kincaid y los soldados aliados se marcharan para regresar a sus hogares y clanes.
Dugan había nombrado rápidamente a Sloan comandante de su propia guardia de élite, pues el hombre era un líder hábil y capaz, que anticipaba las órdenes con una precisión y una intuición asombrosas antes de que se dieran.
A Dugan le correspondía entonces la tarea de comunicar a Lachlann que otro de sus preciados soldados había abandonado el nido para siempre.
Si alguien le hubiera dicho a Dugan seis meses atrás que él y Sloan llegarían a ser amigos íntimos, habría pensado que estaba loco. Pero el hombre había demostrado no solo ser capaz y leal, sino también un confidente de confianza que siempre daba una respuesta honesta y directa.
En cuanto a Maisyl, había estado igual de ocupada.
La mayor parte del castillo se encontraba en mal estado cuando ella y Tybalt habían empezado, incluso más de lo que habían pensado al principio.
Algunas habitaciones habían sido declaradas peligrosas, ya que la podredumbre había carcomido los suelos de madera en múltiples puntos.
Pero los edificios y las habitaciones que usaban los sirvientes estaban aún peor.
Al decidir que las cocinas eran la prioridad, Maisyl las había reformado primero, lo que significó muchas comidas frías durante dos meses.
Esta noche había sido la primera comida preparada en ellas desde que reabrieron las puertas y Dugan tenía que admitir que había merecido la pena la espera.
Y eso era solo el principio. Maisyl tenía planes para devolver al castillo de Lasairbhàigh todo su esplendor, y esas aspiraciones también incluían las dos torres: Baile Tùr y Daingneach.
Dugan suspiró y dejó que su mano se deslizara arriba y abajo por la espalda de Maisyl, esperando que nada interrumpiera ese momento.
El amor que compartían era profundo y sincero.
Aún no acababa de creer que hubiera encontrado a su alma gemela, alguien en quien confiaba absoluta y completamente con todo su ser.
Sabía que Maisyl sentía lo mismo y, aunque cada día seguía descubriendo más cosas sobre ella, no tenía ninguna duda sobre la autenticidad de su espíritu y su amor por él.
Dugan bajó la cabeza mientras ella levantaba la suya. Le encantaba que ella pareciera somnolienta, sexy, profundamente amada, y le dio un beso breve y apasionado antes de que ella se girara y se acurrucara en el hueco de su brazo.
—Te quiero —murmuró ella con un suspiro contra su pecho.
—Y yo te quiero, aithinne —dijo él con voz ronca, acariciándole el pelo con las manos y rozándole la sien con la boca.
Luego, estirándose, se giró de costado para poder mirarla y ver cómo la luz del fuego jugaba con sus rasgos.
Maisyl levantó un dedo y lo deslizó lentamente por su pecho y a lo largo del oscuro rastro de vello de su abdomen tenso. Con una suave risa que era casi un gemido, él la detuvo, le cogió la mano y acarició su dedo con los labios.
—Haz eso y ya sabes adónde llevará.
Maisyl arqueó las cejas.
—A una familia —bromeó.
Él negó con la cabeza y se inclinó para acariciarle el cuello con la nariz.
—No. He tenido cuidado. Te quiero toda para mí durante un poco más de tiempo.
Maisyl se rió.
—¿Cuánto más?
—No lo sé —murmuró él contra su hombro, cubriéndola de besos—. Dentro de cinco o seis años, probablemente podré dejarte ir el tiempo suficiente para que des a luz a mi hijo.
Ella le dio un golpecito en el hombro.
—¡Dar a luz a tu hijo! Sí, esperaremos hasta que tú seas lo suficientemente paciente como para que yo alimente a nuestra hija.
—No —dijo él, bajando más—. Estos son todos míos —susurró justo antes de tomar un pezón tenso con la boca.
Maisyl gimió y arqueó la espalda. No importaba cuántas veces se unieran, cuántas veces la tocara de esa misma manera, siempre hacía que la sangre le corriera por las venas y su cuerpo cobrara vida.
—¿Ves? —dijo él, volviendo a reclamar su boca—. No me canso de ti.
Maisyl asintió.
—Creo que tenemos que encontrar a alguien para Nigel y Brùid.
—Nigel es demasiado joven. Sería cruel endosárselo a una mujer, aunque ella estuviera dispuesta.
—Probablemente tengas razón en eso —se rio Maisyl—. Y estoy bastante segura de que Brùid asusta a las mujeres.
Dugan hizo una mueca.
—De nuevo, creo que tienes razón. Imagina a una mujer debajo de él. La aplastaría.
Dugan gimió y apoyó la frente contra la de ella.
—No quiero pensar en Brùid con una mujer.
—Entonces piensa en Caelan y en lo solo que parecía esta noche durante la cena.
Dugan puso los ojos en blanco.
—Adoro a tu tío, aithinne, y es un magnífico jefe de muelle, pero ese hombre simplemente ahuyenta a las mujeres. ¿Cuántas veces lo has intentado?
—Bueno, tiene que haber alguien ahí fuera para él.
—¿Una mujer a la que le guste el pelo alborotado, las orejas grandes y una nariz torcida?
—Si alguien pudo amar a la partera de Annora, Hagatha, alguien podría amar a Caelan —resopló Maisyl.
Dugan levantó la cabeza y la miró, con una expresión de total sorpresa.
—¿Esa mujer está casada?
—Lo estaba —corrigió Maisyl—. Y muy felizmente, además. Y su temperamento va a la par con su aspecto, así que si ella pudo encontrar a alguien, Caelan también puede.
—Entonces deja que el hombre busque por su cuenta —se quejó Dugan, y luego frunció el ceño—. ¿Y qué hay de esa viuda con la que solía verse cuando nos reuníamos en el lago?
El brillo de los ojos de Maisyl se apagó.
—Se va a casar con otra persona. Dijo que a Caelan solo le importaba el trabajo.
—Lo siento, cariño. Sé que quieres que tu tío sea feliz.
Maisyl negó con la cabeza.
—Ella no era la indicada para él. Si lo hubiera sido, Caelan no la habría dejado marchar. Ni siquiera pestañeó cuando le conté lo de su boda. Así que su alma gemela sigue ahí fuera, esperando a que él la encuentre.
—Te lo repito, no te metas en esto. A los hombres no les gusta que las mujeres se entrometan en sus asuntos.
Maisyl se burló y le dio un ligero empujón.
—A ti te gustó bastante cuando Annora y las mujeres Kincaid se entrometieron en los tuyos, ¿o sigues creyendo que fue idea de Lachlann que nos casáramos y que tú te convirtieras en terrateniente?
Dugan se quedó paralizado sobre ella. Al ver que hablaba en serio, rodó sobre su espalda y se llevó un brazo a la frente.
—An truaighe mura.
—No te preocupes. Annora dice que todos los maridos acaban entendiéndolo.
—¿Entendiendo qué? —preguntó vacilante, lanzándole una rápida mirada.
—Por qué los Kincaid tienen tanto éxito. Porque, aunque todos sois increíblemente guapos, inteligentes y, sin lugar a dudas, grandes líderes, también nos tenéis a nosotras —dijo Maisyl, trepando hasta su pecho.
Le dio un beso rápido.
—Necesitáis a vuestras esposas a vuestro lado. Cada una de nosotras es el arma secreta de un marido Kincaid. Así que confía en mí, highlander. Nunca te defraudaré.
—Oh, lo hago, aithinne. Para siempre.
—Para siempre —asintió ella, justo antes de que sus labios se encontraran y se dieran lo que siempre habían deseado y de lo que nunca podrían tener suficiente: amor verdadero, innegable, infinito y apasionado.
Tres meses después, Brùid dejó el último bloque de madera y estiró la espalda de un lado a otro.
A continuación, entrelazó los dedos y estiró los brazos, sintiendo cómo la tensión se liberaba por todo el cuerpo.
Acababa de terminar de tallar el último bloque aquella tarde y se había apresurado a subirlos allí antes de que Maisyl y Dugan regresaran para cambiarse para la cena.
Miró a su alrededor, a las dos docenas de pequeños juguetes, y se preguntó si había suficientes.
Sí, estaban por todas partes, pero ¿captaría Dugan el mensaje?
¿Era demasiado sutil? Todas sus otras bromas pesadas habían estado pensadas para obligar a los dos a hablar entre ellos cuando no encontraban la manera de hacerlo por sí mismos.
Hoy habían hablado mucho, pero no de lo que debían.
Se suponía que aquellos juguetes iban a arreglar eso, pero, al mirarlos, Brùid se preguntaba si funcionarían.
Le había llevado tres semanas tallar los bloques. Tres semanas en las que él sabía que Maisyl estaba embarazada, mientras que Dugan seguía sin saberlo.
La única razón por la que Brùid lo sabía era porque era el guardaespaldas de Maisyl.
Dugan se levantaba tan temprano por la mañana que no la oía correr al orinal para vomitar la cena de la noche anterior.
Brùid sabía muy poco sobre embarazos, pero recordaba que ella había fingido estarlo cuando simuló el último.
Pero esta vez sus arcadas habían sido de verdad.
Lo que no entendía era por qué Dugan aún no lo sabía.
Al principio, Brùid había pensado que Dugan estaba al tanto y que la pareja solo estaba esperando para dar la noticia.
Pero cuando el terrateniente había llamado a Maisyl para que subiera por una empinada escalera y se reuniera con él en lo alto de un edificio para echar un vistazo a algo que estaban haciendo en los muelles, Brùid se dio cuenta de que Dugan no tenía ni idea.
No podía imaginar al enamorado terrateniente haciendo tal petición si supiera que ella ya no comía solo para uno.
Brùid suspiró y cerró lentamente la puerta, esperando que lo que había hecho fuera suficiente. Nunca dos personas habían necesitado más ayuda para hablar entre sí que Maisyl y Dugan. Incluso cuando eran felices, parecía que seguían necesititando ayuda. No estaba seguro de dónde estarían sin él.
Había que incitarlos en cada una de sus discusiones, en las confesiones importantes e incluso en las declaraciones de amor.
Algunos de sus pequeños trucos habían sido bastante ingeniosos, además.
Acortar las riendas de Maisyl justo después de haberla rescatado había sido sutil, pero dejar a Dugan solo cordones para sujetarse el plaid aquella mañana en el río había sido un golpe de genio.
Sin embargo, sentarse en el guiso de carne fue, con diferencia, lo mejor.
La gente seguía en un ataque de risa cuando salía el tema en una conversación.
Ni se imaginaban quién estaba detrás de todo aquello.
Y todo había salido bien, tal y como Brùid sabía que pasaría.
Los juguetes también lo serían, se prometió a sí mismo. El terrateniente descubrirá su significado. Y en unos meses, los bloques se darían buen uso.
Sí, sus ideas siempre funcionaban. Pero lo mejor de todo era que siempre le echaban la culpa a Nigel.