El lobo de los Kincaid (Los indomables Kincaid 8) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Dugan observó la figura desgarbada y delgada que tenía justo debajo mientras se detenía a descansar y beber algo.

El sol se estaba poniendo, y Dugan tendría que actuar antes de que su presa volviera a ponerse en marcha.

El hombre que pronto moriría parecía nervioso y no dejaba de mirar atrás para ver si había alguna señal de que lo seguían, pero el tonto no levantó la vista ni una sola vez.

Durante las últimas dos horas, el hombre se había abierto paso por una zona montañosa del extremo sur de las montañas de Torridon, y Dugan había aprovechado el terreno para seguirlo.

El agresor de Lachlan vestía un tartán MacNair y, tal y como sospechaba, el color de su pelo indicaba sin lugar a dudas que estaba emparentado con Maisyl.

El hermano menor, supuso Dugan. Sabía muy poco sobre los MacNair, solo que había un hijo y una hija que habían heredado el pelo rojo de su madre MacLeod.

Y si Maisyl era la hija, el hombre al que estaba siguiendo tenía que ser el hijo.

Ya no era un niño, pero su complexión aún no se había desarrollado del todo como la de un hombre, lo que hacía difícil determinar su edad. Pero sin duda era más joven que Maisyl.

El hombre se dirigió a su caballo y, para sorpresa de Dugan, empezó a silbar una melodía alegre mientras desataba la silla de montar y la colocaba en el suelo. El gloichd iba a acampar. Solo un tonto se detendría tan pronto después de cometer un asesinato.

La única razón por la que Dugan estaba solo en esta expedición era porque así lo había ordenado.

De no ser así, los aliados y soldados de Kincaid habrían subido hasta allí, siguiendo todas las pistas posibles, incluidas las huellas que MacNair había dejado atrás.

Y aunque el hombre inusualmente delgado se había movido con sorprendente rapidez, sus huellas habían sido fáciles de seguir.

Dugan lo había alcanzado por la tarde a pesar de que este llevaba casi dos horas de ventaja.

Cuando Dugan había atado cabos, la culpa lo había atormentado.

El instinto le decía que su relación con Maisyl estaba relacionada con el ataque.

Quizá fuera una represalia por haber rechazado a Maisyl, quizá fuera otra cosa, pero lo que había ocurrido era por su culpa y, por lo tanto, Dugan se negaba a dejar que nadie más se encargara de la persecución.

Podían investigar cualquier otra pista, pero Dugan sabía que el joven MacNair había sido quien apuñaló a Lachlan.

También sabía que los hermanos Kincaid querrían vengarse personalmente.

Dugan tenía la intención de asegurarse de que eso sucediera.

—Yo me encargaré de Maisyl y de su hermano... —le había dicho Dugan a Donald mientras preparaba su caballo para cabalgar hacia el norte.

—Si tienes razón, eso no te corresponde a ti. Logan va a querer ser él quien se vengue por su hermano —le había respondido Donald bruscamente, con los ojos marrones oscurecidos por la furia.

El comandante de Logan había estado en el castillo y aún estaba conmocionado por la noticia. Los hermanos Kincaid se estaban reuniendo en ese mismo momento, y toda la ladera bullía de actividad a pesar de que el sol no saldría hasta dentro de varias horas.

—Exigirá ir contigo.

—No será solo Logan quien quiera venganza.

Serán todos ellos, y la tendrán. Hazle saber a Logan que pronto tendrán al cerebro detrás de este ataque, y que va a caer directamente en sus manos —había dicho Dugan con desdén, apretando la cincha de su silla de montar—.

Y si me equivoco, te lo haré saber de inmediato, pero Donald...

Esperó a que el corpulento comandante levantara la barbilla para mirarlo a los ojos.

—No me equivoco.

—Entonces llévate a alguien contigo para que puedas enviar noticias.

—Solo me retrasarán, y voy a hacer esto a mi manera.

Ya me tomaron el pelo una vez, Donald. Yo traje esto aquí.

No lo hice a sabiendas, pero fui yo quien rechazó a la hija de MacNair, y este es el resultado.

Llevaré esto hasta el final, y juro dar a los Kincaid su venganza.

Necesito que confíes en mí para hacer esto.

Donald apretó los labios. Tras semanas soportando la actitud hosca de Dugan el verano anterior, él y Jaime se enfrentaron a su amigo, exigiéndole una explicación.

Dugan se había negado a entrar en detalles, pero había confiado en ellos lo suficiente como para decir que la hija de MacNair casi lo había tomado por tonto.

Esa relación, lo que le había ocurrido a Tavish en otoño y el ataque de aquella noche apestaban a complot de MacNair.

Donald finalmente asintió con la cabeza.

—Se lo explicaré a los demás y me aseguraré de que lo entiendan. Seguiremos buscando otras posibilidades, pero dudo que encontremos otras pistas aparte de las que tú estás siguiendo.

—Una semana —dijo Dugan, deslizando el pie en el estribo y subiéndose a su montura—.

Dile a nuestros aliados que pidan más tropas.

A nadie le gustan los MacNair, pero tienen vínculos tanto con los MacFarlane como con los MacLeod.

Si alguno de los clanes siente que sus intereses están en peligro, puede que decidan unirse a él.

—Que lo hagan —se burló Donald—. No cambiará nada.

Dugan se recostó contra la roca que le llegaba a la cintura y esperó a que Eògan MacNair despertara.

El hombre era aún más escuálido de cerca, y eso había dificultado atarlo al árbol.

No había cooperado y se había retorcido con tanta violencia, tratando de zafarse, que Eògan se había golpeado la cabeza contra el tronco y se había quedado inconsciente.

Dugan suspiró. Solo faltaba un día más para llegar a las tierras de los MacNair.

Entonces Eògan descubriría que toda su lucha había sido en vano.

Había sido fácil atrapar al hombre, y Eògan se había rendido casi de inmediato, suplicando por su vida.

Al principio, fingió no saber nada del ataque, pero tras estar atado y pasar medio día tendido sobre la grupa del caballo de Dugan, Eògan admitió sus crímenes.

Luego se había lanzado a una diatriba sobre quién era él, quién era su padre y la dolorosa muerte que le esperaba a Dugan en un futuro próximo, una vez que su padre se enterara de cómo lo estaban tratando.

Al no obtener respuesta, Eògan había intentado gritar, lo que rápidamente le valió que lo amordazaran.

Un gemido sordo llegó a los oídos de Dugan. Al ver que Eògan empezaba a mirar a su alrededor, Dugan le lanzó un trozo de zorro cocinado.

Había tenido la suerte de encontrar y matar al astuto animal con bastante rapidez cuando había salido en busca de comida. El zorro no era grande, pero la carne que proporcionaba bastaba para alimentar a dos hombres durante la noche.

Unos grandes ojos marrones, del mismo tono que los de Maisyl, se clavaron en el trozo de carne.

Eògan comenzó a retorcerse una vez más, probando los nudos de sus muñecas e ignorando la comida.

Dugan se encogió de hombros y siguió comiendo.

Había atado a Eògan de tal manera que le diera la movilidad justa para alimentarse por sí mismo, porque Dugan sabía que él no iba a hacerlo.

El hombre se moriría de hambre antes de que eso ocurriera, pero parecía que iba a quejarse mucho antes de hacerlo.