Extra
Connor Sinclair
Rumbo hacia Girnigoe Castle, 1474
Saber que falta poco para llegar a mi hogar me alegra, pero no me siento tranquilo viajando con Freydis y mi hija. Maldigo la hora en la que no acepté llevar más hombres conmigo al menos, al menos, por la seguridad de ambas. No es que dude de mi destreza, moriré protegiéndolas si es necesario.
—¿Necesitas parar? —pregunto, no hemos hablado desde que salimos de Dunmara.
—No —responde escueta—. Solo cuando la niña necesite comer.
—No voy a arriesgarme a pasar la noche al raso, pararemos en la próxima posada.
—Como ordenes —aprieto los dientes, sé que intenta provocarme, por lo que debo morderme la lengua muy a menudo.
No puedo culparla por su actitud para conmigo, porque no he sido el mejor de los maridos, de hecho, no pensaba ser uno tan pronto, al igual que Nessa, me vi obligado para proteger a mi gente, a mi familia; lo hice por un bien mayor, pero el precio fue alto.
Puede que mi esposa no sea como su hermano; soy muy consciente de que no hay maldad en su interior, sin embargo, me vi casado con una mujer que no había elegido. Siempre pensé en desposarme con una muchacha dulce, dócil, que no me diera problemas, mi mujer es todo lo contrario.
Kenna comienza a llorar, detengo mi caballo al igual que Freydis, la ayudo a desmontar, y camina hacia la sombra de un árbol.
Aparto la mirada en cuanto se desnuda de cintura para arriba para amamantar a nuestra hija.
Intento concentrarme en prestar atención a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos ha seguido o está oculto esperando atacarnos.
Algo que sería muy extraño, ya que tanto mi padre como mi tío llevan años unidos para mantener la paz en esta parte de las Highlands.
—No me molesta que mires —replica airada—. Después de todo, no es la primera vez…
Aprieto lo puños y me guardo la respuesta que quiero darle. La única vez que estuve con ella, ni siquiera nos desnudamos, y si no hubiera estado borracho, podría haber conseguido permanecer lejos de ella como me propuse desde el inicio de este sinsentido.
—Termina de una vez —ordeno entre dientes, mi cuerpo está tenso como la cuerda de mi arco—. Y deja de decir estupideces.
—Por supuesto —se burla—. Te recuerdo que no soy yo la que pongo los tiempos, sino tu hija. ¿O a ella tampoco la soportas?
—No vuelvas a decir eso jamás —me vuelvo enfurecido—. No pongas en duda mi amor por Kenna, Freydis —le advierto—. No juegues esa baza.
Me mira impasible, hasta que nuestra hija demanda su atención. Decido ocuparme de los caballos, me aseguro de que están bien, dejo que beban y coman antes de proseguir el viaje.
—Ha terminado de mamar —anuncia—. Cógela. —No es una petición.
—¿Dónde vas? —pregunto incrédulo mientras sostengo a Kenna en brazos—. No puedes alejarte, es peligroso.
—¿Debo hacer mis necesidades frente a ti? —pregunta airada—. Déjame en paz, Connor. Si algo me sucede, mejor para ti, así te quito una carga de encima.
Su acusación me deja sin palabras. Que piense semejante desatino me hace comprender que he hecho muy bien mi trabajo de mantenerla alejada de mí.
Miro a mi bebé, parece algo inquieta, intento calmarla.
Es tan parecida a su madre que duele mirarla.
Beso su frente. Puede que mi esposa crea que no quiero a Kenna, eso no es cierto.
La amo con todo mi corazón y eso no va a cambiar jamás.
Cuando Freydis regresa, emprendemos el viaje. Recorremos todas las millas que podemos antes de que comience a anochecer y el frío sea demasiado para la niña. Nos detenemos en la posada, pido una habitación y ordeno que suban la cena y nos preparen un baño, ambos lo necesitamos.
—Deberías pedir dos alcobas —dice Freydis— o buscar donde pasar la noche, seguro que no tienes problema —sugiere con sorna.
—No tengo por qué hacer tal cosa, esposa —recalco la última palabra con saña—. ¿Temes dormir en la misma cama que yo?
—Si aquí hay algún cobarde, ten por seguro que no soy yo, escocés —aprieto la mandíbula, tanto que temo algún día partirme un maldito diente.
—Si fueras un hombre… —siseo conteniendo las ganas de retorcerle el pescuezo.
—No lo soy —se jacta—. Puedo dormir a tu lado sin ningún problema. No te deseo, Connor Sinclair.
Sus palabras son un mazazo a mi orgullo. No puedo contener mi lengua, aunque suelo arrepentirme después.
—Te recuerdo que fuiste tú la que te ofreciste a mí como una perra en celo. —Palidece. Decido asestar el golpe mortal—. Gritabas mi nombre desesperada por correrte…
La bofetada no se hace esperar. Mi rostro gira en dirección contraria, y el ruido rompe la placidez de la alcoba, haciendo que Kenna rompa a llorar.
—Maldito bastardo —sisea mientras corre a por ella.
Llaman a la puerta; dos muchachas entran con lo ordenado.
Una de ellas es mucho más lanzada que la primera y deja muy claro su interés por mí.
No parece molestarle que mi esposa e hija estén delante, incluso a mí me ofende su desvergüenza.
No digo nada, me encanta ver cómo mi mujer enrojece de furia, que apenas puede contener.
—Date un baño —le digo cuando nos dejan solos—. Yo lo haré después.
—Pues lárgate —escupe—. No pienso desnudarme delante de ti.
—Querida, he visto mujeres con más carne que tú. —Agacha la mirada, me maldigo, no me detengo—. No vas a conseguir reacción alguna por mi parte —me jacto.
Debería saber que no es bueno desafiarla. Un brillo extraño empaña su mirada. Comienza a desnudarse con decisión; trago con fuerza al ver sus pechos plenos, sus pezones oscurecidos, ¿cómo se me ha ocurrido decirle que no tiene un cuerpo deseable? Ese nunca ha sido el maldito problema.
Se sumerge en el agua. El gemido que emite hace que mi polla despierte. Maldigo mi bocaza. Intento calmarme dando buena cuenta del whisky que han traído junto a la comida.
Me remuevo intentando calmar el dolor de mi entrepierna; hace mucho que no estoy con una mujer, aunque Freydis piense lo contrario. Solo he estado con ella desde que nos casamos, sé que, con mi obstinación, el único que sufre soy yo, pero no soy un perro infiel, a pesar de lo que quiero que crea.
—Voy a salir. —No puedo permanecer en la misma alcoba que ella, creí que sí; me equivocaba—. No me esperes despierta. Vendré a buscarte al alba.
Salgo de la habitación como alma que lleva el diablo. Permanezco en el pasillo largo rato, intentando calmarme, no tengo dónde ir, ¿qué demonios estoy haciendo?
Aguzo el oído, el corazón me da un vuelco cuando me doy cuenta de que Freydis está llorando.
¿Por mí? ¿Tengo ese poder sobre ella? ¿Por qué?
Demasiadas preguntas sin respuesta. Mi mano se mueve; estoy a punto de abrir, me detengo en el último momento.
Cierro los ojos; apoyo mi frente en la puerta.
Tengo ganas de golpearme a mí mismo por lo que estoy haciéndonos a ambos, no sé cómo dar mi brazo a torcer, peor, es el miedo lo que me lo impide.
Continuará…