Capítulo 21
D urante un instante brevísimo, Jake se quedó en estado de choque. Y entonces se dio cuenta de dónde estaba y comprendió que tenía que actuar, aunque fuera con el piloto automático puesto.
Corrió hacia Tara, la ayudó a levantarse y la apartó a un lado. Ella lloraba, histérica. Se aferró a él con ambos brazos, clavándole las uñas en las partes blandas del cuerpo.
Un ejército de agentes armados irrumpió en el vestíbulo detrás de él y rodeó a Phillip, que yacía en el suelo mientras un gran charco de sangre se extendía alrededor de su cabeza.
—¿Estás bien? —le preguntó Jake a Tara. Quería ver a Phillip, pero no podía dejarla sola.
Antes de que ella pudiera responder, un paramédico se acercó corriendo y se dispuso a llevársela a un lugar seguro.
—Te buscaré —le dijo antes de que ella desapareciera—. Te buscaré luego. Te lo prometo.
Una vez que ella se hubo ido, Jake se abrió paso a duras penas entre el mar de policías y paramédicos.
Se detuvo cuando Phillip entró en su campo de visión.
El hombre estaba tumbado de espaldas, con los ojos muy abiertos; incluso más de lo que habían estado en los momentos previos a dispararse.
Unas manchitas de sangre y saliva le chorreaban por la boca mientras intentaba hablar.
Jake no sabía qué había pasado exactamente, pero podía imaginárselo: la bala de Phillip le había atravesado la parte posterior de la boca y no el cerebro.
Eso significaba que se estaba asfixiando con su propia sangre mientras intentaba hablar.
Y si los paramédicos no lo llevaban pronto a un hospital, se iba a ahogar.
Sus miradas se cruzaron.
Phillip continuó balbuceando de forma inaudible. Jake se inclinó hacia su oreja.
—S-S-S... —fue lo único que Phillip consiguió articular. El resto de sus palabras quedaron ahogadas.
—Tranquilo —dijo Jake—. Te vas a poner bien. Te llevaremos a un hospital. Allí cuidarán de ti.
Phillip no dijo nada más mientras se sumía cada vez más en la inconsciencia.
Y durante los minutos siguientes, mientras el equipo de emergencias preparaba su cuerpo para meterlo en la parte trasera de una ambulancia, Jake miró al anciano y sintió lástima por él.
Allí había un hombre que había presenciado cosas horribles y mortificantes que nadie debería verse obligado a ver jamás.
Allí había un hombre que defendía su derecho a alzarse por aquello en lo que creía.
Allí había un hombre roto, maltratado y apaleado por la vida.
Intentando provocar un cambio en el mundo, aunque sus motivos y métodos estuvieran equivocados.
Jake no pudo evitar pensar que, en algún punto del camino, el sistema le había fallado.
Los cauces para el cambio —aquellos que en ese momento dormían en sus camas, bajo llave tras puertas protegidas— le habían fallado.
Las injusticias y las barreras del mundo habían provocado la muerte de la esposa de Phillip, y eso, a su vez, había producido un efecto dominó.
Sin esas injusticias no habría crimen, y sin ese crimen no habría más tipos como Phillip Bowden.