Capítulo 6
A todos les había llevado unos minutos terminar de calmarse, pero ahora que por fin le prestaban atención, Phillip podía empezar. Un gélido escalofrío pareció filtrarse en el ambiente y arremolinarse en torno a sus pies.
—Por favor, que nadie haga ninguna estupidez, porque os dispararé justo después de meterle un tiro a este crío en la cabeza —el profundo acento americano de Phillip retumbó en la sala. Acercó la oreja del chico a su boca y preguntó—: ¿Cómo te llamas?
—J-J-J-Josh.
—Muy bien, Josh. Vas a ser mi conejillo de indias esta noche —Phillip se dirigió al resto de la sala elevando la voz—: Espero que ninguno tuviera planeado disfrutar de la película hoy, ¿verdad?
Su pregunta fue recibida con otro silencio profundo que parecía latir con ritmo propio en sus oídos.
—Si ese era vuestro plan, os sugiero que prestéis atención. Porque, si no lo hacéis, no llegaréis a ver el final jamás.
Hizo una pausa para darle dramatismo. Podía sentir el miedo palpable y el sudor destilando en el aire.
—Esto es lo que quiero que pase. Todos y cada uno de vosotros os quedaréis sentados. No me importa si tenéis hambre o sed, o si necesitáis mear, o incluso si necesitáis cagar; no tenéis permiso para salir de aquí bajo ninguna circunstancia. A menos que yo lo autorice. ¿Ha quedado claro?
La luz de la pantalla gigante a sus espaldas iluminaba los rostros de todo el mundo; sin embargo, él permanecía en sombras, con sus rasgos ocultos.
La gente de la primera fila asintió lentamente. Cautos. Asustados. No les quitaba ojo de encima. Sus vidas serían las primeras en terminar si hacían alguna estupidez. Eran los que estaban más cerca de las salidas de emergencia. Serían los primeros en intentar escapar. Era simple lógica.
—Y ahora —continuó Phillip—, ¿alguien tiene un teléfono móvil que me preste, por favor?
La persona al otro lado del teléfono se llamaba Amy.
Eso era todo lo que Tara podía recordar de ella.
Estaba tan absorta en la situación —por el miedo a perder la vida— que no era capaz de procesar ninguna otra información correctamente.
Amy sonaba dulce y reconfortante al oído, pero Tara apenas lograba oírla por encima del sonido de los latidos de su corazón.
—Tienes que salir de ahí lo antes posible —había dicho Amy.
—No —había respondido Tara, escudriñando a través de una pequeña rendija en la puerta de la sala de personal—. Me quedo.
—¿Por qué?
—Para poder informaros de lo que pasa. Si veo algo, seréis los primeros en saberlo.
—Entonces necesitamos estar en contacto constante. No cuelgues el teléfono en ningún momento. Por favor, Tara —dijo Amy. No era una pregunta, era una orden. Y Tara lo sabía.
—¿Cuánto va a durar esto?
—No lo sabemos —Amy vaciló—. ¿Cuánta batería te queda en el móvil?
Tara se apartó el teléfono de la oreja. La pantalla se iluminó y comprobó el porcentaje.
—Treinta y dos.
Mierda .
—¿Será suficiente? —preguntó Amy.
—Probablemente no. Últimamente me da problemas. Se apaga cuando le da la gana.
Amy exhaló profundamente a través del teléfono. No hizo ningún intento de ocultar su incertidumbre. —¿Hay algún otro teléfono que puedas usar?
—Posiblemente —Tara miró alrededor de la habitación, paseando la vista por las taquillas de sus compañeros; por las pertenencias que habían dejado esparcidas por el cuarto al no caber dentro.
Mochilas. Bolsos. Bolsas de la compra con menús del Tesco a medio terminar.
Botellas de Coca-Cola y refrescos sobre la mesa.
No había mucho donde elegir y, si conocía al resto de sus compañeros como creía, habrían ignorado las normas del gerente y llevarían sus teléfonos encima durante el turno de todos modos.
Un precio que tendría que pagar por ser la única que cumplía las reglas—. Tendré que mirar en sus taquillas.
Tara dejó el teléfono sobre la mesa, en el centro de la sala de personal. Restos de tabaco de liar adornaban la superficie. Giró los pomos y tiró de cada una de las taquillas. Todas ellas estaban cerradas, excepto la suya y algunas otras que estaban desocupadas.
Mierda .
—¿Sabes cómo abrirlas? —preguntó Amy.
—No así de memoria.
—¿Tienes alguna horquilla que puedas usar? ¿O un clip?
Tara registró la habitación hasta que finalmente encontró un clip sobre la mesa y lo cogió.
—Sí.
—Mete eso en una de las cerraduras, gíralo e intenta forzarla. Funciona mejor si puedes usar dos a la vez.
—Vale —Tara introdujo el clip en la cerradura. Vaciló—. ¿Y si eso no funciona?
—Entonces sales de ahí. Sin discusiones —dijo Amy. Con voz inexpresiva y asertiva.
—De eso nada.
Giró y removió el clip dentro del ojo de la cerradura. Tras unos segundos intentando manipular el clip y el pomo al mismo tiempo, la puerta acabó abriéndose de golpe. Metió la mano y registró el bolso que encontró allí.
Nada.
Que te den, Casey.
Pasó a la siguiente taquilla. Volvió a abrirla con éxito e investigó el contenido. Pero no había nada dentro salvo una botella de agua y un uniforme de repuesto.
Tara soltó un juramento en voz alta.
Al tercer intento, el clip se partió por la mitad. Golpeó la puerta con el puño; la violencia del impacto dejó una abolladura en el metal. La mano se le hinchó y le latía de dolor.
—Tara, ¿estás ahí? ¿Me oyes?
La voz de Amy, que resonaba a través del teléfono sobre la mesa, sonaba distante, hueca.
Al recogerlo, Tara dijo: —Sí. Sin suerte. Esto es todo lo que tengo por ahora —miró el porcentaje de su teléfono—. Me queda un treinta.
—Vale. Hay unidades de respuesta de emergencia fuera, y equipos de respuesta armada en camino. Llegarán pronto.
—¿Y qué hago mientras tanto?
—Mantente a cubierto. Y espera.
Jake observaba con gran expectación cómo el inspector Hamilton tecleaba en su ordenador. La imagen de la pantalla parpadeaba de forma intermitente. Tras darle un buen golpe al lateral del monitor, Hamilton consiguió estabilizarla.
—Lo siento, chicos —dijo—. La tecnología está anticuada, ya sabéis.
—Sí. Lo sabemos.
—Y bien... —dijo Jake, inclinándose hacia la pantalla—. ¿Se puede pasar el reconocimiento facial a esto?
Una imagen ligeramente pixelada de un hombre congelado en el tiempo devolvió la mirada a Jake. Era él, el responsable. Jake estaba seguro de ello, y grabó el rostro en su memoria por si lo necesitaba más tarde.
—No hemos avanzado tanto, pero tal vez podamos sacar un nombre de los datos bancarios que usó para pagar las entradas. Parece que pagó con tarjeta, así que eso debería darnos algo. Se lo enviaré a los chicos de Scotland Yard.
—¿Cuánto tardará? —preguntó Mamadou con severidad.
—Deme cinco minutos.
—Tiene tres —dijo Mamadou, y tiró de Jake para regresar a su coche.