El llamado de la tierra CAPÍTULO 5 #6
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CAPÍTULO 5 #6

—¿Sigue bien?

—Sí.

Otra embestida. Tavian se aferró a sus hombros.

—Sí.

Otra.

—Rhydan.

—Lo sé.

—No vayas más despacio.

Eso fue todo el permiso que necesitó Rhydan.

Su autocontrol empezó a resquebrajarse. Aumentó el ritmo.

Tavian sintió cada movimiento: presión, calor, el roce húmedo de sus cuerpos, el aliento de Rhydan contra su boca, los sonidos que ninguno de los dos podía reprimir ya.

Rhydan lo besaba entre embestidas. La mandíbula.

La garganta. El hueco bajo su oreja. Los dedos de Tavian se enredaron en su pelo.

Quería más de todo. Más peso. Más calor.

Más de Rhydan perdiendo el control que llevaba como una armadura.

Apretó ambas piernas a su alrededor. Rhydan gimió.

—Haz eso otra vez.

Tavian las apretó. La siguiente embestida le envió placer con tanta violencia que los árboles destellaron verdiblancos. Rhydan se rio una vez, con un sonido roto.

—Vas a iluminar medio valle.

—Entonces haz que merezca la pena verlo.

Rhydan lo miró. Algo feroz apareció en su expresión.

Besó a Tavian con fuerza. La siguiente serie de embestidas dejó a Tavian incapaz de formar palabras.

Su cuerpo ascendía rápidamente hacia el orgasmo.

Notaba a Rhydan acercándose al mismo límite en el temblor de sus brazos y la aspereza de su respiración.

Rhydan enterró la cara contra el cuello de Tavian.

—Tavian.

El nombre sonó desnudo. Tavian se contrajo a su alrededor. Rhydan maldijo.

—Estoy cerca.

El corazón de Tavian latió con fuerza. El significado tenía peso. Más que cuerpos. Más que el orgasmo. Algún instinto en su interior respondió de todos modos.

—Sí.

Rhydan levantó la cabeza.

—No. Necesito que me lo digas claramente.

Tavian sostuvo su mirada. Comprendía la pregunta. Comprendía la confianza que encerraba.

—Quiero que termines conmigo.

La expresión de Rhydan se quebró. Un sonido grave salió de él.

La siguiente embestida fue profunda. Tavian gritó.

Otra vez. El ritmo se volvió urgente. El placer de Tavian se enroscó con más fuerza.

Todo su cuerpo temblaba. El bosque se iluminó a su alrededor hasta que cada hoja pareció bordeada por el amanecer.

La mano de Rhydan se deslizó entre ellos.

Rodeó a Tavian. Una caricia. Dos. Tavian llegó al clímax.

El orgasmo lo golpeó con una fuerza que le robó el aliento.

Se arqueó bajo Rhydan, gritando su nombre mientras el placer lo desgarraba en oleadas.

La luz verde estalló. En ese mismo instante, Rhydan se hundió profundamente y se quedó rígido.

El calor pulsó dentro de Tavian. Entonces llegó la magia.

Magia de verdad. No imaginación. No placer traducido por una mente desbocada.

El oro brotó de Rhydan. Tavian lo sintió entrar en la corriente verde que recorría su propio cuerpo.

Las dos fuerzas chocaron. Se mezclaron. Se reconocieron.

Tavian gritó otra vez. La tierra respondió.

El suelo tembló bajo ellos. Las hojas se abrieron sobre sus cabezas con un sonido parecido a lluvia repentina.

El agua corrió con más fuerza por el manantial recién nacido.

Las flores se extendieron en ondas luminosas.

El cuerpo de Rhydan temblaba sobre él. Tavian podía sentir cada réplica.

Cada pulso de magia. Cada estremecimiento.

Durante varios segundos no hubo diferencia entre sensación física y poder.

Luego, despacio y con dolor, la realidad regresó.

Rhydan seguía encima de él. Ambos respiraban con fuerza.

Las piernas de Tavian temblaban. Su piel parecía demasiado sensible para el aire nocturno.

Rhydan apoyó la frente contra la de Tavian.

—¿Estás bien?

Tavian meditó la pregunta.

—No.

La expresión de Rhydan se llenó de alarma. Tavian le tocó la cara.

—Quiero decir que no tengo ni idea de qué soy.

El alivio cruzó los rasgos de Rhydan.

—Eso ha sido cruel.

—Te lo merecías por todos tus comentarios sobre cómo brillo.

Rhydan se rio suavemente. El sonido provocó una ternura inesperada en el pecho de Tavian. Rhydan se retiró con cuidado. Tavian hizo una mueca por el vacío repentino. Rhydan lo notó enseguida.

—¿Dolor?

—Estoy sensible.

—¿Mucho?

—No.

Rhydan le besó la sien.

—Quédate ahí.

Se levantó y fue al manantial. Tavian lo observó arrodillarse desnudo junto a un agua que no había existido una hora antes.

Nada de aquella noche pertenecía a la razón.

Rhydan volvió con las manos mojadas y limpió con suavidad la piel de Tavian.

Ese cuidado lo avergonzó. También le hizo doler la garganta.

—No tienes que hacer eso.

—Lo sé.

La respuesta lo silenció. Rhydan se tumbó a su lado.

Durante un rato ninguno habló. Tavian contempló las copas.

Todo arriba era verde. Hojas nuevas. Estación equivocada.

Deseos equivocados, según todo lo que le habían enseñado.

Magia equivocada. Hombre equivocado. Y sin embargo su cuerpo parecía más seguro que su mente.

Giró la cabeza. Rhydan lo estaba mirando.

—¿Qué?

—Nada.

—Siempre me acusas de dar esa respuesta.

—Tengo derecho a la hipocresía.

—¿Otro privilegio del liderazgo?

—Uno de los mejores.

Tavian sonrió a pesar suyo. Los dedos de Rhydan rozaron su muñeca.

Sin agarrar. Solo tocando. Tavian giró la mano.

Entrelazaron los dedos. Eso lo asustó más que el sexo.

El sexo podía ser la estación. Curiosidad.

Un cuerpo respondiendo a otro cuerpo. Esto…

Esto era más pequeño. Más silencioso. Más difícil de descartar.

Al cabo de un momento, Rhydan se levantó.

La pérdida de calor fue inmediata. Tavian se incorporó.

Rhydan estaba de pie, con ambas manos en las caderas, mirando el bosque resplandeciente como si esperara que les explicara algo. No lo hizo.