La Duda de la gente
Y aquella noche, en la ribera del Magdalena, mientras el ocho de diciembre se acercaba lentamente a su amanecer, Rafael dejó de pelear para vengar a un niño herido.
Y eligió luchar por todo aquello que ese niño había amado.
Porque el Hombre Caimán no era una maldición, no era una blasfemia, no era un monstruo.
El Hombre Caimán era la prueba de que el amor puede sobrevivir incluso a la violencia más cruel.
Y mientras exista alguien dispuesto a proteger a su gente por amor, la leyenda jamás morirá.
El Hombre Caimán permaneció inmóvil.
El Magdalena se agitaba detrás de él.
Los truenos verdosos seguían partiendo el cielo de Plato.
Las llamas consumían lo que alguna vez fue Culebra.
Los gritos de los heridos se confundían con el rumor del río.
Y aun así... él no se movió.
Las lágrimas seguían descendiendo por las escamas de su rostro.
Frente a él, Punto 50 lo observaba con la respiración agitada, el pecho manchado de sangre y barro, la sonrisa torcida dibujada nuevamente en sus labios.
Esperó, un segundo, dos, tres.
Y entonces comenzó a reír, una risa baja, cansada y cruel.
—¿Qué pasó, niño?
No hubo respuesta.
El Hombre Caimán continuó inmóvil, los orbes verdes permanecían encendidos, pero ya no ardían con rabia.
Punto 50 abrió los brazos.
—¿Y toda esa furia? ¿Dónde quedó?
Dio un paso hacia adelante.
—Hazlo.
Otro más.
—Mátame.
La risa se hizo más fuerte.
—Venga a tu mamita... venga a tu papito... véngalos a todos.
El Hombre Caimán bajó lentamente la mirada, observó sus propias manos, aquellas garras capaces de partir cuerpos.
Aquellas manos bañadas en la sangre de hombres que quisieron destruir a Plato.
Temblaban.
Punto 50 sonrió con satisfacción.
—Eso es...
Se señaló el rostro.
—Mírame, fui yo.
Se golpeó el pecho.
—Yo estaba allí.
La lluvia, el barro, las balas, la risa, todo volvió.
—¡Yo fui quien te convirtió en esto!
Los músculos del Hombre Caimán se tensaron, las garras se cerraron con fuerza, el Magdalena comenzó a ondular peligrosamente y Punto 50 abrió los ojos con una emoción enfermiza.
—¡Vamos!
—¡Hazlo!
—¡Demuéstrame que eres igual a mí!
El silencio cayó sobre Culebra.
Lira observaba con lágrimas secas sobre el rostro.
Mañe apenas podía mantenerse consciente.
Sara, agotada, llevó una mano hacia su pecho.
Todos esperaban el golpe, el rugido, la venganza.
Pero Rafael permaneció quieto.
Dentro de él, todavía escuchaba la voz de María Elvira.
"Mi pequeño guerrero..."
Escuchaba a Julián.
"Recuerda quién eres."
Escuchaba el viejo tocadiscos de Joche.
"Que el sacrificio no sea en vano..."
Escuchaba a Saúl Montenegro.
"Limpia mi nombre..."
Y comprendió algo.
Si mataba desde ese lugar... sí lo hacía desde el odio... Punto 50 tendría razón. La herencia sería una cadena. El dolor se convertiría en destino. Y aquella noche lluviosa habría decidido quién sería él para siempre.
El Hombre Caimán levantó lentamente la cabeza.
Miró a Punto 50 y habló, su voz era tranquila, tan profunda como el Magdalena.
—No voy a matarte por mi mamá.
La sonrisa de Punto 50 vaciló.
Apenas un instante.
—¿Qué?
Los ojos verdes no se apartaron de él.
—No voy a matarte por mi papa.
La risa desapareció por completo.
El viento atravesó la plaza destruida.
—Ni siquiera voy a matarte porque me robaste la infancia.
Punto 50 dio un paso hacia adelante, ahora era él quien parecía confundido.
—Entonces...
Su voz se quebró en rabia.
—¡Entonces por qué, malparido!
El Hombre Caimán guardó silencio y lentamente giró el rostro.
Miró a Lira, apretando con fuerza su acordeón contra el pecho.
Miró a Mañe, de rodillas, sangrando, todavía respirando, todavía dispuesto a levantarse.
Miró a Sara, cansada, quemándose por dentro por el peso de una herencia que nunca fue privilegio, sino sacrificio.
Miró a los sobrevivientes de Culebra, a las mujeres abrazando a sus hijos, a los ancianos, a los niños escondidos detrás de piernas temblorosas.
Y entonces volvió a mirar a Punto 50, las lágrimas descendían nuevamente desde los orbes verdes, pero ya no eran lágrimas de dolor, eran lágrimas de amor.
—Porque todavía quieres quitarles a otros lo mismo que me quitaste a mí.
Punto 50 abrió ligeramente los ojos.
—No peleo por los muertos.
La voz del Hombre Caimán comenzó a crecer, no en volumen, en dignidad.
—Peleo para que ningún niño vuelva a abrazar el cuerpo de su madre mientras escucha disparos.
Las aguas del Magdalena comenzaron a elevarse detrás de él.
—Peleo para que ningún hijo tenga que aprender demasiado pronto cómo se siente el miedo.
Otro trueno verdoso iluminó la noche.
—Peleo para que vuelvan las cometas.
—Los fritos en las esquinas.
—Los vallenatos en las terrazas.
—Los pescadores regresando a casa.
—Las muchachas enamoradas en el parque.
—Los viejos contando historias.
—Los diciembres llenos de luces.
La voz se quebró y aun así continuó.
—Peleo para que los hijos tengan el privilegio de extrañar a sus padres cuando sean viejos...
Las lágrimas se mezclaron con el agua del río.
—Y no cuando todavía son niños.
El silencio fue absoluto.
Punto 50 retrocedió un paso, inconscientemente.
El Hombre Caimán dio uno hacia adelante.
—Tú decidiste convertir el odio en tu herencia.
Otro paso.
—Pero yo...
Los orbes verdes brillaron con una intensidad serena, hermosa, Terrible.
—Yo decidí que el amor sería la mía.
El Magdalena rugió, no con furia.
Con orgullo.
Como si el río entero alabara la decisión de uno de sus hijos.
Y Punto 50 comprendió algo que jamás había entendido, había visto hombres matar por odio, por ambición, por miedo, por placer.
Pero jamás había visto a alguien que, después de perderlo todo, eligiera seguir amando.
Y eso...
Eso lo aterró más que cualquier monstruo, porque por primera vez en toda su vida...
Punto 50 entendió que no estaba frente a una bestia, estaba frente a un hombre, un hijo, un amante, un amigo, un protector, un hombre que había conocido el peor rostro de la violencia...
y aun así había decidido que la violencia no tendría la última palabra.
Entonces el Hombre Caimán bajó ligeramente el cuerpo.
Las garras rozaron el agua.
La cola se balanceó detrás de él.
El Magdalena comenzó a abrirse a su alrededor.
Y Rafael pronunció las últimas palabras antes del combate definitivo.
—Ya no soy el niño que sobrevivió aquella noche.
Los ojos verdes se fijaron sobre Punto 50.
—Y tú...
El río rugió bajo sus pies.
—No volverás a crear otro igual que yo.
Y entonces, por primera vez desde que comenzó aquella tragedia, el Hombre Caimán avanzó hacia su enemigo no movido por la venganza...
sino por el amor inmenso que sentía por todo aquello que aún merecía ser salvado.
—Debes ser castigado.
La voz del Hombre Caimán atravesó el murmullo del Magdalena, ya no era la voz del hijo quebrado, ya no era la del niño bajo la lluvia, era la voz de quien finalmente había aceptado el peso de su propia historia.
Los orbes verdes permanecieron fijos sobre Punto 50.
—Ese es mi deber.
Dio un paso hacia adelante.
—Ese es el propósito por el que acepté la herencia de Saúl Montenegro.
El viento agitó las aguas oscuras del río.
—No fue para convertirme en leyenda.
Otro paso.
—No fue para inspirar miedo.
Otro.
—Fue para proteger a Plato de hombres como tú.
El Hombre Caimán bajó ligeramente el cuerpo y entonces desapareció.
El Magdalena explotó.
Punto 50 apenas alcanzó a girar el rostro cuando un puño cubierto de escamas impactó contra su mandíbula.
El sonido fue seco, brutal.
El mercenario escupió sangre, antes de tocar el suelo, el Hombre Caimán volvió a aparecer.
Un codazo, después una rodilla, un coletazo que lo lanzó varios metros sobre la arena húmeda.
Punto 50 rodó, tosió, Sangre oscura cayó de su boca y aun así... sonrió.
El Hombre Caimán no le dio tiempo, s cuerpo se movía con una precisión aterradora, por momentos parecía un guerrero antiguo, por momentos parecía un depredador del Magdalena.
Hombre y Caimán.
Ambas naturalezas danzando en perfecta sincronía.
Una garra atravesó el hombro de Punto 50, otro golpe hundió sus costillas.
El agua salpicó, l sangre comenzó a teñir la ribera, las olas arrastraban pequeños hilos rojizos río abajo y el Magdalena parecía observar en silencio.
Cada golpe llevaba algo más que fuerza, llevaba la angustia de las madres que escondieron a sus hijos bajo las camas, llevaba los nombres de quienes murieron en Cerro Grande, llevaba el miedo de Culebra, llevaba la desesperación de quienes cerraron sus puertas aquella noche, llevaba el llanto de María Elvira, el sacrificio de Julián, la dignidad del viejo Joche, el peso de un pueblo entero.
Punto 50 apenas podía mantenerse en pie, su rostro comenzaba a deformarse bajo la violencia de los impactos, su respiración era irregular.
Sus piernas temblaban y aun así... seguía sonriendo, escupió sangre y soltó una carcajada rota.
—Mírate...
Otro golpe, la cabeza se le fue hacia un lado, volvió a reír.
—Eres igual que yo...
El Hombre Caimán respondió con un puñetazo al abdomen.
Punto 50 cayó de rodillas, tosió, la sangre cayó sobre el agua.
—Una máquina asesina...
Otro golpe.
Y otro.
Y otro más.
La pelea había dejado de ser una batalla, era una carnicería y aquello era precisamente lo insoportable.
Porque Punto 50 no respondía, no intentaba defenderse, no devolvía los ataques, solo recibía los golpes y sonreía, como si esperara algo, como si necesitara algo y esa pasividad comenzó a desesperar incluso al propio Rafael.
—¡Levántate!
El Hombre Caimán lo tomó por la camisa ensangrentada.
Lo lanzó contra la orilla, la arena explotó.
—¡Pelea!
Punto 50 levantó lentamente la mirada, uno de sus ojos comenzaba a cerrarse por la inflamación, escupió sangre y volvió a sonreír.
—¿Por qué?
Sus hombros se movieron con una risa débil.
—Ya estás haciendo todo el trabajo por mí.
Aquellas palabras encendieron algo oscuro dentro de Rafael.
El Hombre Caimán rugió, lo levantó violentamente del cuello con una sola mano, Punto 50 quedó suspendido sobre las aguas del Magdalena, sus piernas colgaban inútiles.
El aire apenas alcanzaba a entrar en sus pulmones.
Los orbes verdes brillaban intensamente, la otra mano del Hombre Caimán se cerró, las garras se tensaron.
El golpe definitivo, el final.
Punto 50 miró aquella mano.
Después levantó la vista hacia el rostro de Rafael y sonrió, incluso al borde de la muerte.
—Mira...
Su voz salió quebrada.
—Mira la cara de miedo de quienes defiendes.
El Hombre Caimán dudó, apenas un instante, pero bastó, los ojos verdes recorrieron lentamente los alrededores y vio.
Vio a las mujeres abrazando a sus hijos, vio a los ancianos, vio a los sobrevivientes de Culebra, vio a Mañe, vio a Lira, vio a Sara.
Y comprendió algo devastador, no estaban celebrando, no había alivio, no había júbilo.
Había miedo.
Miedo en las miradas, extrañeza., desconcierto, algunos niños lloraban escondiendo el rostro en el pecho de sus madres, algunas personas retrocedían lentamente, otros observaban inmóviles, como si ya no supieran qué era lo que tenían frente a ellos.
Punto 50 soltó una pequeña carcajada ahogada, la sangre descendía por la comisura de sus labios.
—¿Los ves...?
Tosió.
—Te miran igual que me miraban a mí.
El Hombre Caimán permaneció inmóvil, la mano que sostenía a Punto 50 comenzó a temblar.
—Míralos bien...
La sonrisa regresó, no victoriosa, sino cruelmente satisfecha.
—No ven un héroe, ven un monstruo.
El Magdalena guardó silencio.
Los orbes verdes perdieron intensidad y Rafael sintió un dolor distinto atravesándole el pecho, no el dolor del hijo, no el dolor del amante, no el dolor del nieto, eEra el dolor del protector, porque comprendió la pregunta más terrible de toda aquella noche.
¿Dónde estaba la diferencia?
¿Qué separaba la justicia de la venganza?
¿Qué convertía al Hombre Caimán en leyenda... y no en otro verdugo más?
Punto 50 sonrió entre los dedos que le oprimían la garganta, susurró con dificultad:
—Dime, lagartija...
Sus ojos ensangrentados se clavaron en los orbes verdes.
—¿Qué historia contarán mañana sobre ti?...
El viento dejó de soplar, el río dejó de rugir.