El peso de la Historia #2
Su rostro se deformó.
—¡No!
Levantó el fusil y gritó con toda la rabia acumulada.
—¡¡DISPAREN!!
El primer disparo nunca llegó.
Porque otro disparo sonó antes.
¡BANG!
El revólver niquelado rugió.
Lira seguía arrodillada, las lágrimas todavía marcaban su rostro, pero su mano ya no temblaba
El encapuchado más cercano cayó hacia atrás, muerto.
La calle explotó.
Los sobrevivientes se abalanzaron sobre sus verdugos, los fusiles comenzaron a disparar, los gritos llenaron la noche.
Sara arrebató un arma.
Mañe vio sus machetes tendidos sobre la arena, esperándolo.
Y mientras un trueno verdoso más poderoso que todos los anteriores partía el cielo de Plato en dos, el hombre que no tenía leyendas.
El hombre que no tenía linaje, el hombre que, según Punto 50, no representaba nada...
recogió nuevamente sus machetes y se lanzó hacia la batalla, porque algunas veces los pueblos no son salvados por héroes nacidos de profecías, algunas veces los salva el hombre común, el que decide levantarse una vez más, aunque esté roto, aunque tenga miedo, aunque esté sangrando.
Porque esa noche, en las ruinas de Culebra, Mañe dejó de ser solamente un hombre.
Y se convirtió en la voluntad de Plato hecha carne.
La batalla estalló como una represa rota.
Ya no existían formaciones.
Ya no existían órdenes claras.
La calle principal de Culebra se convirtió en un torbellino de gritos, disparos y cuerpos chocando entre sí.
Los sobrevivientes de Plato peleaban con lo que encontraban, palas, machetes, botellas rotas, piedras, trozos de madera arrancados de sus propias casas destruidas.
No eran soldados, no conocían estrategias militares, no habían sido entrenados para la guerra.
Pero había algo más peligroso que el entrenamiento.
Peleaban con la desesperación de quien ya no tiene nada que perder, peleaban con la rabia acumulada de años, peleaban con cada latido del corazón.
Los encapuchados, por su parte, respondían con la brutalidad de la costumbre, disparaban, golpeaban, retrocedían.
Volvían a avanzar.
Algunos caían atravesados por machetes.
Otros eran derribados por la multitud.
Otros lograban abrirse paso entre el caos sembrando muerte a su alrededor.
La arena de Culebra comenzó a oscurecerse, la pólvora impregnó el aire, los heridos gritaban nombres.
Llamaban a sus madres, a sus hijos, a Dios.
Los muertos quedaban tendidos donde la batalla los encontraba, y aun así nadie dejaba de pelear, porque aquella noche ya no luchaban por ganar, luchaban por existir.
Mañe avanzaba como una tormenta.
Sus dos machetes dibujaban destellos bajo los relámpagos verdosos.
La sangre descendía por su rostro hinchado.
Cada respiración le dolía.
Cada movimiento le arrancaba una punzada.
Pero seguía adelante.
El muchacho que alguna vez grabó su nombre en la ceiba de Cerro Grande había desaparecido.
Ahora era un hombre que defendía a su gente.
Un machete desvió el golpe de un encapuchado, el otro encontró carne.
El mercenario cayó, otro apareció, Mañe lo recibió con un rodillazo, lo derribó y continuó avanzando, hasta que una bala rozó su costado.
El dolor le dobló las piernas, el mundo giró, y cayó de rodillas sobre la arena, intentó levantarse, pero el cuerpo ya no obedecía con la misma rapidez.
Entonces escuchó aquella voz.
—Nojoda, tú sí eres terco.
Lira apareció a su lado.
El acordeón colgaba de su hombro, el revólver niquelado humeaba todavía.
Se arrodilló junto a él y le ofreció la mano.
—Levántate.
Mañe la miró, incluso con el rostro desfigurado consiguió sonreír, escupió sangre.
Y dijo:
—Ven acá...
—¿Ya te habían dicho que estás buena o tengo que recordártelo yo mismo?
Lira lo miró incrédula.
Por un segundo creyó haber escuchado mal, después soltó una risa nerviosa, una de esas risas que aparecen cuando la tragedia es demasiado grande.
—¿Tú eres idiota o qué?
Le respondió mientras intentaba incorporarlo.
—Deja de mamar gallo, Mañe.
—No es momento pa' esas vainas.
Mañe hizo un gesto de dolor mientras lograba ponerse de pie.
—Bueno...
—uno no escoge el mejor momento pa' enamorarse.
Lira lo observó, lo vio cubierto de sangre, golpeado, temblando, apenas sostenido por la voluntad.
Y sin embargo seguía intentando hacerla reír, seguía siendo él, aquel hombre sencillo, aquel hombre insoportable, aquel hombre bueno.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Lira lo tomó por la camisa y lo besó, un beso breve, torpe, urgente, un beso robado a la muerte.
A su alrededor seguían los disparos, los gritos, las explosiones, pero durante aquel instante solo existieron ellos dos, cuando se separaron, Lira apoyó su frente contra la de él, sus ojos brillaban entre lágrimas.
—Procura sobrevivir.
Le susurró.
—Porque si te mueres te voy a buscar al otro mundo pa' matarte yo misma.
Mañe sonrió, aquella sonrisa cansada, sincera.
—No sabía que me querías tanto.
Lira le dio un golpe suave en el pecho.
—Cállate y pelea, bobo hijueputa.
Y juntos se levantaron, el acordeón volvió a respirar.
El revólver volvió a rugir y los machetes volvieron a bailar.
Mientras tanto, Sara se convirtió en la guía de los sobrevivientes, no llevaba armadura, no poseía la invulnerabilidad de las antiguas historias, era una mujer de carne y hueso, pero su voz imponía orden en medio del caos.
—¡Por aquí!
—¡Saquen primero a los niños!
—¡No se separen!
Tomaba ancianos de la mano, empujaba a quienes se paralizaban por el miedo, ayudaba a madres a cargar a sus hijos, convertía el terror en movimiento y poco a poco los sobrevivientes comenzaron a abandonar Culebra.
Huyendo hacia las calles interiores de Plato, buscando refugio, buscando vida.
Las marcas sobre su piel parecían arder bajo los relámpagos.
Y cada vez que alguien dudaba, bastaba mirarla para recordar que todavía existía esperanza.
Pero en medio de la batalla... Punto 50 había desaparecido, no peleaba junto a sus hombres, no daba órdenes, no gritaba.
Simplemente ya no estaba allí, el humo ocultaba demasiado, las llamas proyectaban sombras deformes.
Y mientras los buenos y los malos seguían desgarrándose unos a otros bajo el cielo verdoso de Plato, una figura avanzaba silenciosamente entre callejones destruidos.
Sin prisa.
Sin miedo.
Con la misma sonrisa torcida dibujada en el rostro.
Sus dedos ensangrentados acariciaron un pequeño objeto oculto entre sus ropas.
Lo observó durante unos segundos y sonrió con una tranquilidad aterradora.
No.
La noche todavía no había terminado, la caída de Culebra había sido apenas el comienzo, porque Punto 50, incluso cuando parecía derrotado, siempre guardaba una última jugada y esta vez... esta vez el verdadero horror todavía estaba por revelarse.
La batalla continuaba devorando las calles de Culebra.
Los disparos eran cada vez menos frecuentes.
No porque la guerra estuviera terminando.
Sino porque ya casi no quedaban fuerzas para sostenerla.
Los sobrevivientes seguían huyendo por los callejones guiados por Sara. Los encapuchados seguían cayendo bajo los machetes, bajo las piedras, bajo las manos temblorosas de hombres y mujeres que habían decidido dejar de ser víctimas.
Pero los buenos ya no avanzaban, comenzaban a detenerse, a quebrarse, a pagar el precio, porque toda herencia tiene un costo y toda resistencia exige un sacrificio.
Lira disparó una vez más, el revólver niquelado rugió en la noche, el encapuchado cayó de espaldas sobre la arena.
Ella giró rápidamente el tambor.
Buscó otra bala.
Nada.
Frunció el ceño, apretó nuevamente el gatillo.
Clic… nada.
Volvió a intentarlo.
Clic… nada.
Y entonces comprendió, se habían acabado, todas sus balas
El arma que tantas veces había servido para mantener la muerte lejos se había convertido en un pedazo inútil de metal.
Lira bajó la mirada hacia el revólver, sus dedos temblaban.
La respiración le quemaba los pulmones y pensó
—¿Y ahora qué hago...?, no sé pelear como ellos... no sé matar como ellos... yo solo sé tocar...
Miró el acordeón colgado sobre su pecho, aquel instrumento viejo, rayado, golpeado por la vida, el mismo que había acompañado nacimientos, parrandas, entierros y reconciliaciones y una lágrima silenciosa descendió por su mejilla.
—¿Será que esto fue suficiente...?
—¿Será que de verdad una canción puede pelear contra tanta oscuridad?
—No... no puede terminar así, no después de todo lo que hemos cantado.
Entonces apoyó nuevamente las manos sobre los fuelles.
Y tocó.
Una nota, después otra, sus dedos ya no obedecían con la misma agilidad, los brazos ardían, los hombros parecían desgarrarse.
La melodía dejó de ser perfecta, se volvió cansada, humana, pero seguía siendo hermosa, porque ya no era música para alegrar, era música para resistir.
Hasta que finalmente el aire dejó de salir.
El acordeón guardó silencio.
Lira cayó sentada sobre la arena, lo abrazó contra su pecho y cerró los ojos.
—Perdónenme... ya no puedo más.
No había aire en sus pulmones para cantar, ni agilidad en sus falanges para tejer un vallenato virtuoso, pero la resistencia no necesitaba perfección. Con un tirón brusco, violento y agónico, abrió los fuelles del acordeón.
No salió una melodía dulce, sino un acorde disonante, áspero y ensordecedor; un rugido ronco de madera y viento que sonó como el grito de guerra de una fiera acorralada.
Era un sonido feo, visceral, pero cargado de una dignidad tan pura que hizo vibrar los escombros de toda Culebra.
Mañe seguía peleando.
Los machetes subían y bajaban.
Uno, dos, tres golpes.
Cada movimiento arrancaba un nuevo grito, cada esfuerzo parecía partirle el cuerpo, pero continuaba, porque Mañe jamás había aprendido a rendirse.
Una punzada atravesó su costado.
Después otra y de pronto la sangre le llenó la boca.