El Regreso del Terror
Mientras las familias corrían desesperadas buscando refugio, mientras las puertas se cerraban con golpes secos y los cerrojos volvían a sonar después de tantos meses de paz, algo comenzó a ocurrir en el Magdalena.
Primero fue un movimiento extraño sobre la superficie, pequeño, casi imperceptible, las aguas oscuras comenzaron a ondularse.
Una, dos, tres veces, como si algo enorme se moviera bajo el río, como si las profundidades hubieran despertado, los pocos que aún corrían cerca de la orilla alcanzaron a verlo y se detuvieron apenas un instante, confundidos, porque aquello parecía imposible.
Sobre el agua comenzaron a aparecer formas oscuras, largas, escamosas, silenciosas, parecían caimanes, decenas de ellos, emergiendo desde las entrañas mismas del Magdalena.
Las siluetas avanzaban lentamente hacia la orilla, los lomos brillaban bajo los reflejos de las luces navideñas, las cabezas sobresalían del agua, los cuerpos cortaban la corriente con una precisión inquietante, por un instante algunos creyeron estar viendo una señal, un milagro, un castigo, una advertencia.
Pero entonces aquellas figuras comenzaron a levantarse y el horror mostró su verdadero rostro.
Aquellos no eran caimanes.
Eran hombres.
Hombres armados.
Encapuchados, mercenarios, vestidos con pieles arrancadas a caimanes muertos, pieles secas, ensangrentadas, convertidas en disfraces grotescos, convertidas en una burla, en una blasfemia dirigida a una sola persona, al Hombre Caimán, al legado de Saúl Montenegro, al legado que era protegido por Rafael.
Los primeros disparos llegaron desde la orilla, las ráfagas atravesaron la oscuridad.
Una mujer cayó mientras intentaba proteger a su hija, un hombre que cargaba un niño en brazos se desplomó sobre el pavimento, otros siguieron corriendo heridos, con sangre corriendo por sus piernas, por sus brazos, por sus rostros.
Pero siguieron corriendo, porque el instinto de sobrevivir siempre corre más rápido que el dolor.
El terror ya no venía únicamente desde las calles, ahora también llegaba desde el río, desde el mismo corazón del Magdalena.
Y entonces comenzaron a aparecer más.
Decenas.
Después cientos.
Emergiendo de la oscuridad como una pesadilla nacida de las aguas, las pieles de caimán colgaban sobre sus cuerpos, los fusiles brillaban bajo las luces y sus pasos resonaban húmedos sobre la tierra de la orilla.
La noche pertenecía nuevamente al miedo, la alegría había sido expulsada, la música había sido silenciada, la fe había sido humillada.
Y Plato observaba impotente cómo el terror regresaba para reclamar lo que alguna vez fue suyo.
En medio del caos, entre los disparos, los gritos y el sonido lejano de las campanas que continuaban sonando ajenas a la tragedia, el vendedor de estatuillas permanecía inmóvil, de pie, observando, como un director contemplando su obra terminada, cerró lentamente los ojos, respiró profundo, como si degustara el instante, como si hubiera esperado aquel momento durante meses, después sonrió, una sonrisa pequeña, oscura, satisfecha.
Y habló para sí mismo.
—Así se siente el verdadero terror...
Abrió nuevamente los ojos, miró hacia algún punto invisible entre las calles de Plato, como si pudiera ver a través de las paredes, como si buscara a alguien en particular y entonces sus labios pronunciaron una promesa.
Una sentencia. Una declaración de guerra.
—Vengo por ti, lagartija malparida.
Y mientras el Magdalena reflejaba el fuego, la sangre y la tragedia, el nombre del Hombre Caimán volvía a ser invocado, porque la batalla que todos creían terminada apenas estaba comenzando.
Plato volvió a caer, no lentamente, no como cae una hoja que se desprende de una rama.
Cayó de golpe, como cae un hombre cuando le arrancan el alma, en apenas unos minutos, la alegría desapareció de las calles, las campanas quedaron ahogadas por los disparos y el miedo volvió a ocupar cada rincón del pueblo.
Las puertas se cerraban, las ventanas se aseguraban, los cerrojos volvían a sonar después de muchos meses de silencio.
Las familias se escondían dentro de sus casas, los niños lloraban, las madres rezaban, los hombres apretaban los dientes sin saber qué hacer y afuera...
afuera no quedaba nadie.
Las calles que unas horas antes estaban llenas de vida ahora parecían abandonadas por la humanidad, las luces navideñas continuaban encendidas, los adornos seguían colgados, las flores de la procesión permanecían esparcidas sobre el pavimento.
Pero la alegría había desaparecido.
Plato parecía un escenario abandonado después del fin del mundo.
En medio de aquel pueblo repentinamente vacío, el vendedor de estatuillas caminó con tranquilidad, ya no tenía el sombrero, ya no tenía las imágenes religiosas, ya no tenía necesidad de ocultarse.
Tomó un radioteléfono sujeto a su cinturón.
Lo acercó a su boca y habló con serenidad, como quien dirige una operación largamente planeada.
—Diríjanse a la plaza.
Su voz sonó firme y segura.
—Vamos a tomarnos esta mondá por completo.
Hizo una breve pausa.
Mientras observaba una calle completamente vacía.
—Que no quede nadie afuera.
—Plato nos pertenece.
El aparato soltó una interferencia.
Después llegó una respuesta.
—R, mi comandante.
—Nos vemos en la plaza, cambio y fuera.
La comunicación terminó y el hombre sonrió.
Porque ya no era un vendedor, nunca lo había sido, era el arquitecto de aquella noche, el profeta de la desgracia, el heraldo del sufrimiento, el sembrador del miedo.
Era Punto 50.
Había caminado entre ellos, había hablado con ellos, había observado a sus hijos, había conocido sus costumbres, había aprendido sus rutinas y cuando finalmente comprendió qué era lo que más amaban... vino a destruirlo.
Comenzó a caminar por las calles vacías, orgulloso, sin prisa, como un rey recorriendo un reino conquistado, a ambos lados aparecían grupos de encapuchados, algunos vigilaban esquinas, otros patrullaban calles y otros se dedicaban a algo todavía más inquietante.
Pintaban los muros, las fachadas, las cortinas metálicas de los negocios.
Las paredes de las casas.
Una misma frase aparecía una y otra vez bajo el sonido del aerosol.
EL CONFLICTO ES NUESTRO ORIGEN
Las letras negras parecían heridas abiertas sobre la piel del pueblo, una firma, una declaración, una doctrina, porque aquella frase no era una amenaza, era una creencia.
La creencia de quienes habían hecho de la violencia una forma de existencia, de quienes ya no concebían un mundo sin miedo, sin sangre, sin sufrimiento.
Para un campesino la vida nace de la tierra, para un pescador nace del río, para un comerciante nace del trabajo, pero para Punto 50 la vida nacía del terror, era lo único que sabía sembrar, era lo único que sabía cosechar y por eso regresaba siempre, porque un hombre puede abandonar una guerra.
Pero hay hombres que terminan convirtiéndose en la guerra misma y Punto 50 ya no parecía un ser humano, parecía una enfermedad.
Una enfermedad que había vuelto para reclamar a Plato.
Mientras avanzaba hacia la plaza central, las luces de Navidad continuaban brillando sobre las calles vacías y aquella contradicción hacía que la escena fuera todavía más aterradora, porque la belleza seguía allí, la esperanza seguía allí, la fe seguía allí.
Pero el miedo había regresado para discutir su derecho a existir.
Y esa noche, bajo las luces festivas del ocho de diciembre, Plato comprendió que algunas victorias nunca son definitivas.
Porque el terror siempre espera, siempre observa y siempre intenta regresar.
Punto 50 llegó finalmente a la plaza central y por primera vez en toda la noche redujo el paso.
La observó, la contempló, la saboreó.
Horas atrás aquel lugar había sido el corazón palpitante de Plato, las mesas estaban llenas, las familias caminaban entre los puestos, los niños corrían detrás de globos y juguetes, los músicos afinaban instrumentos, los vendedores ofrecían fritos, dulces y refrescos, la vida había ocupado cada rincón de la plaza.
Ahora no.
Ahora reinaba el abandono.
Las sillas plásticas permanecían vacías, los manteles se agitaban con la brisa nocturna, algunos vasos habían quedado sobre las mesas, los puestos de comida seguían encendidos, las fritangueras habían huido tan deprisa que dejaron los calderos sobre el fuego, el aceite todavía hervía, las burbujas explotaban lentamente en la superficie, chisporroteando, como si ignoraran que el miedo acababa de regresar al pueblo, aquel sonido era casi lo único que se escuchaba, el crepitar del aceite, el zumbido lejano de algunas luces navideñas y los pasos de Punto 50 caminando sobre el pavimento.
Entonces levantó la mirada y la vio.
La estatua del Hombre Caimán.
De pie, vigilante, observando la plaza como lo había hecho durante años.
Punto 50 se quedó inmóvil unos segundos, mirándola directamente a los ojos, como si estuviera frente a un enemigo real.
Después escupió al suelo, la saliva cayó junto al pedestal, metió una mano en el bolsillo, sacó dos pasamontañas negros, uno se lo colocó lentamente, ajustándolo sobre su rostro, y el otro lo levantó hacia la estatua y con una sonrisa burlona cubrió la cabeza de piedra del Hombre Caimán.
Retrocedió unos pasos, la observó, y comenzó a reír, primero fue una risa pequeña, después otra más fuerte y finalmente una carcajada abierta que resonó por toda la plaza vacía, era un sonido desagradable, porque no contenía alegría, ni diversión, solo desprecio.
—No te ves tan mal.
Dijo entre risas.
—Al fin y al cabo, tú y yo no somos tan diferentes.
Volvió a reír.
La plaza permaneció muda, las luces navideñas continuaban brillando alrededor y aquella imagen parecía una profanación.
El símbolo más querido de Plato cubierto por el mismo anonimato del terror.
Punto 50 dio un paso hacia el pedestal, levantó el rostro y habló como si estuviera dirigiéndose a toda la historia del pueblo.
—En Plato no volverá a amanecer igual.
Su voz era tranquila, más peligrosa precisamente por eso.
—La oscuridad vino a quedarse dentro de cada cabeza, dentro de cada casa, dentro de cada corazón.
Miró nuevamente a la estatua.
—Y tú, lagartija insolente...
La sonrisa desapareció.
—Esta vez no te vas a interponer.
—Esta vez vas a ver cómo todo lo que amas se cae pedazo por pedazo.
El silencio volvió a ocupar la plaza.
Después giró sobre sus talones, su mirada recorrió los alrededores, los muros pintados, las calles vacías, los negocios cerrados, los encapuchados que comenzaban a reunirse, la ocupación avanzaba exactamente como había planeado.
Entonces alzó la voz.
—¡Brazo e' Chopo!
Entre las sombras apareció el mercenario.
—¡Mi comandante!
Punto 50, lleno de autoridad, dio la orden.
—Reúne a la gente.
—Nos movemos ya.
Brazo e' Chopo asintió inmediatamente.
—Sí, señor.
Punto 50 observó una última vez la plaza.
Y una sensación extraña se dibujó en su rostro, no era felicidad, no era satisfacción, era algo más oscuro.
La tranquilidad de quien cree tener el control absoluto, la tranquilidad de quien cree haber vencido y eso, muchas veces, es más peligroso que la rabia.
Porque mientras las luces de diciembre continuaban iluminando la plaza vacía, Punto 50 comenzó a caminar nuevamente.
Convencido de que aquella noche le pertenecía.
Sin saber que las noches más oscuras suelen despertar a los enemigos más difíciles de derrotar.