Secuestro
Los subieron a las camionetas como animales capturados. A golpes. Con las cabezas cubiertas por costales que olían a sudor viejo, gasolina y humedad podrida.
El motor rugió y comenzaron a avanzar por caminos destapados. Las llantas saltaban sobre piedras y huecos, haciendo que los cuerpos chocaran violentamente contra el metal de la carrocería. Nadie podía ver nada, pero la ciénaga seguía respirando allá afuera.
El viaje pareció eterno.
A ratos sólo se escuchaba el traqueteo de las armas, el motor forzado y el canto lejano de insectos perdidos en la noche caribeña.
Hasta que finalmente se detuvieron.
Cuando les arrancaron las capuchas, el lugar parecía arrancado del mundo.
Había cambuches improvisados entre árboles enormes, cubiertos con lonas militares húmedas por el sereno. Bombillos amarillos colgaban de cables robados, balanceándose lentamente con el viento caliente. El aire olía a barro, pólvora, humo de leña y miedo.
Era un campamento escondido.
Uno de esos lugares donde la ley jamás llegaba.
En uno de los cambuches estaba Punto 50.
Sentado tranquilamente en una silla plástica.
Comía yuca con suero con la ansiedad práctica de un hombre acostumbrado a vivir perseguido, como si en cualquier momento el monte pudiera estallar en disparos. Frente a él había una mesa improvisada, botellas vacías y municiones regadas entre platos sucios.
A un lado del cambuche estaba el ataúd encontrado por Sara.
Quieto.
Mudo.
Como si esperara algo.
La cama del fondo tenía un toldillo viejo manchado por humo y sangre seca de mosquitos aplastados.
Entonces llegaron dos encapuchados empujando a Lira.
Venía desorientada, despeinada, envuelta apenas en toallas sucias que apenas cubrían su cuerpo. Tenía los ojos hinchados y llenos de una rabia tan profunda que parecía sostenerla viva.
Los hombres la lanzaron dentro del cambuche.
—Ahí está, jefe… pa’ que baje la comida.
Las risas se alejaron.
Lira cayó al suelo húmedo de rodillas. El barro se les pegó a las piernas mientras intentaba recuperar el aire.
Punto 50 dejó lentamente el plato a un lado.
La observó en silencio.
Demasiado silencio.
Y eso fue peor.
Porque en sus ojos no había deseo humano.
Había hambre.
La misma mirada con la que un depredador contempla algo indefenso antes de destrozarlo.
—Relájate… —dijo casi en voz baja—. Así no te va a doler tanto.
Sonrió.
Pero no era una sonrisa normal.
Era una cosa torcida, vacía, enferma.
Tomó a Lira del brazo y la obligó a levantarse. Ella intentó resistirse, pero el cansancio, el miedo y los golpes le habían robado casi toda la fuerza.
La empujó hacia la cama.
Afuera el monte seguía vivo.
Grillos.
Viento.
Ramas moviéndose.
Y en algún lugar lejano, un perro comenzó a ladrar desesperadamente hacia la oscuridad.
Antes de que Punto 50 terminara de acercarse a la cama, una voz sonó desde afuera del cambuche.
—Jefe… permiso… traigo un mensaje de la india Sara.
Punto 50 soltó un suspiro irritado.
—¿Y ahora qué pasa? Más vale que sea importante o te llevas un tiro en la frente por sapo… entra.
La lona del cambuche se abrió lentamente.
El encapuchado entró sin mirar hacia ningún lado. El aire adentro era pesado, húmedo, cargado con olor a sudor, barro, humo y comida fría. Lira, temblando entre el miedo y la rabia, tomó las sábanas claras de la cama y cubrió su cuerpo rápidamente.
Punto 50 seguía de pie frente a ella, sudado por el calor de la madrugada, con la correa del pantalón medio desabrochada y los ojos llenos de una ansiedad oscura.
El encapuchado se acercó y le susurró algo al oído.
Por un momento Punto 50 quedó serio.
Después sonrió lentamente.
—Tráela entonces… pa ver cuál es la buya.
El hombre asintió y salió enseguida.
Punto 50 volvió a mirar a Lira y sonrió de forma torcida.
—Creo que hoy es mi día de suerte… te llegó compañía.
Afuera el monte seguía respirando.
Los grillos.
El murmullo lejano de hombres armados alrededor de las fogatas.
Las ramas moviéndose bajo la brisa húmeda de la ciénaga.
Y en algún lugar perdido del campamento alguien silbaba un vallenato viejo, desafinado y triste.
Pasaron unos minutos hasta que la lona volvió a abrirse.
Un encapuchado entró sujetando a Sara por el brazo.
—Métete rápido.
La empujó hacia adentro.
Sara trastabilló apenas, pero logró mantenerse firme. Tenía barro seco en las piernas, el cabello pegado al rostro por la humedad y el cansancio marcado en la piel. Sin embargo, sus ojos permanecían extrañamente tranquilos.
Primero miró a Lira.
Después miró a Punto 50.
Y el silencio dentro del cambuche cambió.
Se volvió más pesado.
Más incómodo.
Punto 50 ladeó la cabeza, confundido por aquella calma imposible. No entendía por qué Sara no lloraba, no suplicaba, no mostraba miedo.
Entonces Sara respiró profundamente.
Y lentamente dejó caer la ropa al suelo.
Sin vergüenza.
Sin apuro.
Sin bajar la mirada.
Quedó de pie bajo la luz amarilla del bombillo, vestida únicamente con el cuerpo con el que había llegado al mundo.
Lira abrió los ojos, confundida.
Uno de los hombres afuera soltó una risa nerviosa.
Pero Punto 50 dejó de sonreír poco a poco.
Porque Sara seguía mirándolo fijamente.
Y había algo en sus ojos que empezó a incomodarlo.
Algo antiguo.
Oscuro.
Algo que no parecía humano del todo.
Por primera vez en muchos años, Punto 50 sintió miedo sin entender exactamente por qué.
A pesar de aquel miedo extraño que le había cruzado por dentro, Punto 50 volvió a sonreír. Una sonrisa lenta, torcida, peligrosa.
Se acomodó el cinturón apenas y miró a Sara de arriba abajo.
—Ajá india… habla pa’ ve’.
Sara dio un paso hacia adelante. La luz amarilla del bombillo le recorría la piel húmeda mientras el silencio del cambuche parecía cerrarse alrededor de todos.
Y entonces habló.
Pero había algo raro en su voz.
Algo distinto.
Su tono era suave… casi sensual. Demasiado sensual para alguien como ella. Como si estuviera usando otra cara, otra alma.
—¿Pa’ qué vas a comerte a una vulgar como ella…? —dijo señalando lentamente a Lira—. Si puedes tener a la verdadera heredera de toda la riqueza.
Punto 50 soltó una risa seca.
Pero sus ojos seguían desconfiando.
—Abre el ojo conmigo… —murmuró acercándose—. Cuida0’ con engañarme o salir con una locura, porque aquí mismo te mato, india malparida.
Sara no retrocedió.
Al contrario.
Se acercó todavía más.
—Ya estoy cansada de perseguir leyendas ridículas… espejismos de tesoros… ya entendí que todo eso no sirve pa’ nada.
Por un instante Punto 50 pareció dudar.
Pero sólo un instante.
Después la agarró bruscamente por la cintura y la atrajo hacia él con violencia.
—¿En serio crees que yo me trago ese cuento?, ponte seria
La miró fijamente, oliéndole el miedo… o intentando encontrarlo.
Pero no había miedo.
Y eso era lo que más le molestaba.
— Igual ya no importa… de todas maneras hoy las dos van a ser mías, y después las mato.
La empujó violentamente hacia la cama.
Sara cayó junto a Lira sobre las sábanas arrugadas.
Y entonces Lira reaccionó primero.
Rápida.
Inteligente.
Se levantó despacio y caminó hacia Punto 50 con una sonrisa apenas insinuada. El hombre la miró confundido por el cambio repentino.
Lira puso una mano sobre el pecho de él.
—Ven acá ¿por qué tan agresivo?, Relájate, ¿Será verdad que sí puedes con nosotras dos…?
La voz le salió suave, provocadora.
Punto 50 sonrió de inmediato, orgulloso, animal.
Lira comenzó a besarlo lentamente por el cuello, distrayéndolo, jugando con él mientras el hombre cerraba los ojos disfrutando el momento.
Pero entre beso y beso…
Lira abrió apenas los ojos.
Y miró de reojo a Sara.
La mirada fue rápida.
Urgente.
Una señal silenciosa.
“Has lo que viniste a hacer… pero rápido.”
Y entonces Sara bajó lentamente la vista hacia el ataúd que seguía en la esquina del cambuche.
Quieto.
Esperando.
Sara se movió rápido.
Silenciosa.
Como si ya supiera exactamente qué hacer desde antes de entrar al cambuche.
Mientras Punto 50 seguía distraído con Lira, ella avanzó hasta el gran cajón de madera que reposaba en la esquina, oscuro, húmedo, marcado por símbolos viejos que parecían moverse bajo la luz temblorosa del bombillo.
Entonces puso ambas manos sobre la tapa.
Y gritó:
—¡Oye, Punto 50! ¡Hoy se te acaba el juego del terror! ¡Hoy el río reclama lo que es suyo!
La voz retumbó con una fuerza imposible.
Punto 50 abrió los ojos de golpe y empujó violentamente a Lira hacia un lado.
—¿Qué vas a hacer, india hijueputa? ¡Deja esa vaina quieta!
Pero ya era tarde.
Sara abrió el ataúd.
Y el mundo cambió.
La misma luz dorada volvió a explotar desde el interior del cajón, pero esta vez era más intensa, más salvaje, más viva. Una columna luminosa atravesó el techo del cambuche como si el cielo mismo se hubiera rajado en dos.
El campamento entero quedó iluminado.
Los árboles.
El barro.
Las armas.
Las caras llenas de miedo de los encapuchados.
Punto 50 retrocedió aterrado.
Por primera vez parecía un hombre pequeño.
Un simple mortal.
Salió corriendo del cambuche tropezando con las mesas y gritando desesperado:
—¡Dispárenle!
—¡Dispárenle a esa india hijueputa!
—¡Está haciendo brujería!
Los hombres reaccionaron en caos.
Los fusiles comenzaron a rugir al mismo tiempo.
La noche se llenó de fuego.
De metralla.
De gritos.
Pero entonces ocurrió algo imposible.
Sara comenzó a elevarse lentamente frente a todos.
Desnuda.
Suspendida dentro de aquella columna dorada que parecía respirar como un ser vivo. Su cabello flotaba alrededor de ella movido por un viento inexistente y sus brazos se abrieron lentamente como si estuviera abrazando algo gigantesco e invisible.
Cuando levantó el rostro…
Sus ojos ya no eran humanos.
Eran dos orbes dorados ardiendo en medio de la oscuridad.
Los encapuchados disparaban sin parar.
Las balas atravesaban la luz.
Pero ninguna lograba tocarla.
Algunas parecían desviarse solas.
Otras simplemente se derretían antes de alcanzarla.
El sonido de las ráfagas se convirtió en una sinfonía infernal de metralla y terror mientras el campamento entero comenzaba a desmoronarse en pánico.
Uno de los hombres cayó de rodillas rezando.