Encuentro Ancestral #3
Pero esta vez no había espacio para heroicidades.
Estaban completamente rodeados.
Punto 50 caminó alrededor de la caja observando la armadura como quien inspecciona un trofeo de guerra ya ganado.
Y entonces soltó una pequeña risa seca.
—¿Ustedes sí creían que podían moverse por Plato sin que yo lo supiera?
Se inclinó apenas mirando directamente a Sara.
—Cada rincón de Plato y sus alrededores me pertenece…
Volteó lentamente observando la inmensidad oscura de la ciénaga.
—En el día…
Miró nuevamente a todos.
—Y en la noche también.
Y volvió a reír.
Pero esta vez…
la ciénaga no guardó silencio.
Porque allá abajo…
muy en el fondo oscuro de las aguas de Zárate…
algo parecía haberse despertado también.
La ciénaga parecía contener la respiración. El agua negra apenas se movía bajo la luz enferma de la luna, y el viento arrastraba el olor podrido del barro mezclado con gasolina, sudor y pólvora vieja. Nadie hablaba. Nadie se atrevía siquiera a levantar demasiado la mirada.
Entonces uno de los pescadores corrió.
Tal vez fue el miedo. Tal vez el recuerdo desesperado de unos hijos dormidos sobre esteras rotas esperándolo en aquella casa miserable levantada con tablas húmedas. Tal vez la necesidad animal de seguir respirando, aunque fuera un minuto más.
Pero no alcanzó ni siquiera a completar la huida.
Una ráfaga brutal estalló detrás de él.
El fusil escupió fuego como una bestia rabiosa y los disparos le abrieron la espalda en una explosión de carne y sangre.
Las balas atravesaron costillas, pulverizaron huesos y lo empujaron hacia adelante con violencia grotesca.
El eco de la metralla se perdió en la inmensidad de la ciénaga, rebotando entre el agua y la oscuridad como un trueno interminable.
El pescador cayó de frente contra el barro.
Pesado.
Muerto antes de tocar el suelo.
La sangre comenzó a expandirse lentamente bajo su cuerpo, mezclándose con el agua sucia mientras una de sus piernas todavía temblaba por reflejo.
Punto 50 soltó una sonrisa torcida.
—Mmm... parece que alguien mañana no va a pescar.
Las carcajadas de algunos encapuchados sonaron bajas, podridas, llenas de esa crueldad nacida de hombres que llevaban demasiado tiempo matando.
Luego Punto 50 caminó alrededor de Sara despacio, disfrutando el terror que flotaba en el ambiente. Sus botas hundían el barro con un sonido húmedo mientras giraba como un buitre alrededor de un cadáver todavía vivo.
Se inclinó hasta quedar a la altura del rostro de ella.
Sara podía sentir el olor rancio del licor, la nicotina pegada en su respiración y aquella peste metálica de sangre seca impregnada en su ropa.
—Aquella vez te me salvaste, malparida... —susurró con una sonrisa torcida—. Pero hoy te entierran junto con toda tu patética historia.
Lira sintió cómo la rabia le explotaba dentro del pecho.
El miedo desapareció por un instante.
Sólo quedó odio.
Su mano descendió lentamente hacia el revólver escondido en la cintura, pero uno de los encapuchados reaccionó de inmediato y levantó el fusil apuntándole directo a la cara.
El dedo empezó a tensarse sobre el gatillo.
—Déjala... pa’ ver qué va a hacer —ordenó Punto 50 sin apartar la mirada de Lira.
El encapuchado dudó y bajó apenas el arma.
Punto 50 caminó hacia ella lentamente.
Como un animal oliendo sangre fresca.
La observó de arriba abajo con descaro enfermizo, deteniéndose en cada detalle mientras una sonrisa obscena comenzaba a deformarle el rostro. Sus ojos tenían esa oscuridad vacía de los hombres que ya habían cruzado todos los límites posibles.
— viéndolo bien me está dando hambre de comer algo rico...
Y entonces le dio una nalgada brutal.
El golpe seco rompió el silencio.
Mañe apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió crujir los dientes. Las venas comenzaron a marcarse en su cuello mientras la sangre le hervía bajo la piel. Sus manos temblaban. No de miedo.
De ganas de matar.
Mañe escupió sangre a un lado y levantó la mirada lentamente. El odio le ardía en los ojos como una candela viva.
—Métete con un varón, pendejo… —gruñó apretando los dientes—. Suelta esa mondá y vamos a darnos trompá’, malparido degenerado.
El silencio duró apenas un segundo.
Punto 50 volteó despacio.
Y sonrió.
Una sonrisa lenta, torcida, venenosa.
—Ahhhh… ya veo… los noviecitos.
Los encapuchados soltaron carcajadas roncas alrededor, algunas mezcladas con tos de marihuana y humo espeso. El sonido parecía salir de hienas escondidas entre la oscuridad de la ciénaga.
Punto 50 observó a Mañe y luego a Lira con un brillo cruel en los ojos.
—Interesante… entonces hoy hay promoción, muchachos. Dos por el precio de uno.
La burla explotó al unísono.
Risas podridas.
Animales.
Punto 50 suspiró con fastidio, como un hombre cansado después de un largo día de trabajo, y comenzó a caminar lentamente hacia la oscuridad con las manos atrás de la espalda. Sus botas se hundían en el barro húmedo mientras silbaba un vallenato viejo, desafinado, casi fantasmal.
Sin mirar atrás dijo
—Tráiganlos.
—A la del acordeón me la encueren y me la traen amarrada.
—Y cojan el cajón… lo aseguran.
Entonces la noche se rompió.
Apenas la oscuridad terminó de tragarse la silueta de Punto 50, los encapuchados se lanzaron encima de ellos como perros hambrientos.
El primero en caer fue Mañe.
Una culata brutal le explotó contra la nuca con un golpe seco y metálico. El impacto le apagó el mundo por un instante. Las piernas se le doblaron y cayó de rodillas sobre el barro mientras un zumbido salvaje le reventaba dentro del cráneo.
Antes de tocar completamente el suelo ya tenía botas pateándole las costillas.
Lira gritó su nombre.
“Mañeeee!”
Pero cuatro hombres la agarraron al mismo tiempo.
La arrastraron hacia la oscuridad mientras ella forcejeaba desesperadamente, enterrando las uñas, lanzando patadas, mordiendo uno de los brazos que la sujetaban. Uno de los encapuchados le respondió arrancándole parte de la blusa de un tirón violento. La tela se desgarró en medio de la noche.
Otro le sujetó el cabello.
Otro le dobló los brazos.
El miedo comenzó a pudrir el aire.
Su viejo acordeón cayó al barro.
Un encapuchado lo recogió como si fuera un botín cualquiera y lo aseguró debajo del brazo, indiferente al instrumento marcado por años de cantos, viajes y cicatrices.
Mientras tanto, otro hombre se acercó lentamente a Sara.
No dijo nada.
Sólo levantó la barbilla señalándole el camino hacia la oscuridad.
Sara entendió.
Sus ojos se apagaron despacio.
Como una vela vencida por el viento.
Se levantó resignada, cubierta de barro y sangre ajena, sintiendo que cada paso pesaba como si caminara directo hacia una tumba abierta.
Otros hombres levantaron el cajón con violencia.
La madera rechinó.
Todo parecía derrumbarse al mismo tiempo.
La esperanza, esa pequeña chispa que apenas unas horas atrás había vuelto a respirar entre ellos, parecía morir definitivamente aquella noche húmeda y maldita, perdida en el corazón infinito de la ciénaga.