El Linaje del Río La última lágrima, la primera alegría #2
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La última lágrima, la primera alegría #2

Los encapuchados reconocieron inmediatamente a su compañero.

Uno retrocedió soltando un jadeo ahogado.

Otro comenzó literalmente a temblar.

Y el tercero habló con la voz completamente rota:

—Jurgo…

Respiró rápido.

—…nojoda…

Miró hacia la oscuridad absoluta de las calles.

—¿Esa monda qué es…?

Y fue ahí.

Justo ahí.

Cuando entendieron la verdad más aterradora de todas.

Ellos habían llegado creyéndose cazadores.

Pero algo en Siete Bocas acababa de convertirlos en presas.

Los encapuchados reaccionaron finalmente dominados por el pánico.

Corrieron desesperados hacia La Última Lágrima tropezándose entre ellos mismos, empujándose como animales encerrados dentro de un incendio invisible. Uno cerró violentamente la puerta mientras otro intentaba meter las llaves temblando dentro del encendido.

—¡Préndela, hijueputa, préndela!

El motor intentó responder.

RRRNNNN…

Silencio.

Otra vez.

RRRNNNN…

Nada.

El conductor comenzó a sudar frío.

—¡No prende!

El tercero volteaba constantemente hacia la oscuridad de Siete Bocas con el fusil apuntando sin saber exactamente hacia dónde disparar.

Y entonces…

algo comenzó a salir de las sombras.

No corriendo.

No escondiéndose.

Caminando.

Lento.

Con la tranquilidad soberbia de quien sabe perfectamente que ya ganó.

La oscuridad parecía abrirse a su paso.

Primero aparecieron los ojos.

Dos orbes verdes y luminosos flotando en mitad de la noche plateña como brasas vivas nacidas del mismo río Magdalena. Después apareció la silueta completa.

Alta.

Monstruosa.

Humana… pero no del todo.

Una larga cola cubierta de escamas verdes se balanceaba lentamente detrás de él rozando el pavimento. Su pecho desnudo brillaba húmedo bajo la luz amarillenta de los postes mientras músculos tensos respiraban como si dentro de ese cuerpo habitara algo mucho más antiguo que un hombre.

Las garras raspaban lentamente el concreto.

CRRRKKK…

Cada paso sonaba como una sentencia.

Era el Hombre Caimán.

No el disfraz de las fiestas.

No el muñeco de la plaza.

No el cuento para asustar niños.

Era la leyenda viva caminando en mitad de Siete Bocas.

Era Rafael vestido de mito.

Vestido de castigo.

Los encapuchados quedaron paralizados dentro de la camioneta.

No podían creer lo que estaban viendo.

Porque aquel relato que desde pequeños escucharon entre risas nerviosas y cuentos de abuelos…

estaba ahí.

Mirándolos.

Respirando frente a ellos.

Uno de los hombres comenzó a rezar bajito.

Otro soltó el fusil.

El tercero jaló desesperado la manija de la puerta intentando salir… pero la puerta no abrió.

Intentó la otra.

Tampoco.

Las ventanas tampoco bajaban.

La Última Lágrima se había convertido en una tumba cerrada.

En una jaula.

Y ellos eran las presas.

Desde las casas comenzaron a abrirse lentamente más ventanas.

Los habitantes de Plato miraban escondidos detrás de cortinas, barrotes y persianas viejas.

Y algo que hacía años no nacía en sus rostros comenzó lentamente a aparecer.

Esperanza.

Porque por primera vez el miedo…

tenía miedo.

El Hombre Caimán avanzó hasta quedar frente a la camioneta.

Las luces blancas del vehículo iluminaban completamente su figura legendaria mientras el humo de los disparos todavía flotaba lentamente en el aire frío de la noche.

Entonces se detuvo.

Y habló.

Su voz salió gruesa.

Profunda.

Como si hablara acompañado por el eco del río entero.

—Por aquellos que nunca volvieron…

El silencio de Plato se volvió absoluto.

—Por los traumas sembrados en nuestros niños…

Dentro de la camioneta los encapuchados lloraban ya sin dignidad.

—Por las lágrimas de las viudas…

Las garras del Hombre Caimán rasgaron lentamente el capó de La Última Lágrima.

CRRRRKKKK.

—Por todas las noches que no dejaron vivir a nuestro pueblo…

Los ojos verdes brillaron aún más fuerte.

Y finalmente dijo:

—Hoy…

Se acercó lentamente al vidrio delantero.

—…ustedes van a llorar La Última Lágrima.

El Hombre Caimán dio un paso hacia atrás.

Las llamas verdes comenzaban a reflejarse sobre sus escamas húmedas mientras la carrocería negra de La Última Lágrima parecía gemir como un animal herido.

Dentro de la camioneta los encapuchados golpeaban desesperados las ventanas, atrapados en el mismo monstruo que durante años utilizaron para sembrar terror en el pueblo.

Y entonces…

el Hombre Caimán flexionó las piernas.

Y brincó.

Su cuerpo salió disparado hacia el cielo nocturno con una fuerza imposible, atravesando el humo y la oscuridad como una aparición sobrenatural nacida del río mismo.

Por un instante todo quedó suspendido.

El pueblo entero contuvo la respiración.

Y después…

la explosión ocurrió.

BOOOOMMMMM.

Una gigantesca llamarada verde estalló desde el interior de La Última Lágrima como si el mismo infierno hubiera despertado dentro de ella. El fuego subió violentamente hacia el cielo iluminando Siete Bocas completa con un resplandor espectral y sagrado.

El estruendo fue tan brutal…

que los árboles cercanos se estremecieron.

Las ventanas vibraron.

Los perros comenzaron a ladrar por todo Plato.

El eco viajó desbocado por las seis calles, rebotando entre las casas viejas hasta despertar a la cuadra entera.

Y allí…

en mitad de Siete Bocas…

La Última Lágrima dejó de existir.

Ahora solo era una enorme fogata verde consumiéndose lentamente en medio del pavimento.

El mismo verdugo del pueblo convertido en cenizas.

Y por primera vez en muchísimos años…

la noche plateña estaba iluminada.

El Hombre Caimán cayó nuevamente al suelo.

De pie.

Imponente.

El fuego verde bailaba detrás de él como si la noche misma le rindiera homenaje.

Entonces levantó la voz.

Y habló para todo Plato.

—¡Más nunca la noche le pertenecerá a nuestros verdugos!

Las llamas rugieron detrás de él.

—¡Salgan!

Su voz retumbó por las calles vacías.

—¡Salgan y vivan lo que el miedo les quitó!

Y apenas terminó de hablar…

desapareció nuevamente entre la oscuridad.

Como un espíritu.

Como un guardián antiguo regresando al monte.

Durante unos segundos nadie se movió.

El pueblo parecía incapaz de comprender lo que acababa de presenciar.

Hasta que una puerta se abrió.

Después otra.

Luego otra más.

Y entonces…

Plato salió, ancianos, niños, madres, pescadores.

Hombres cansados de vivir encerrados.

Las personas comenzaron a caminar lentamente hacia Siete Bocas observando incrédulos las cenizas ardientes de La Última Lágrima.

Algunos lloraban.

Otros reían nerviosamente.

Muchos simplemente miraban el fuego sin saber qué decir.

Porque por primera vez en años…

la noche ya no daba miedo.

Y entonces alguien sacó un radio.

Después otro trajo cerveza.

Alguien puso un vallenato viejo.

Los niños volvieron a correr por las calles.

Las mujeres sacaron sillas a los andenes.

Los hombres volvieron a hablar duro sin miedo a que alguien escuchara.

Y esa madrugada…

hubo fiesta alrededor de quien alguna vez fue su verdugo.

Porque el pueblo acababa de reencontrarse con algo mucho más importante que la valentía.

Había recuperado su derecho a existir sin miedo.

Y mientras las llamas verdes seguían consumiendo lentamente las últimas cenizas de La Última Lágrima…

Plato entendió una verdad que jamás volvería a olvidar:

El terror puede gobernar durante años.

Puede imponer silencio.

Puede obligar a los pueblos a esconderse.

Pero nunca podrá derrotar para siempre la memoria, la esperanza y el deseo humano de volver a vivir.

Porque incluso la noche más oscura…

termina arrodillándose ante el amanecer.