Las notas de la Heredera #3
Sara permaneció inmóvil unos segundos más mientras la punta de lanza descansaba entre sus manos.
El oro reflejaba la luz tibia del amanecer y las letras talladas en Ette Taara parecían respirar bajo sus dedos.
Ella las sobaba lentamente, casi con cariño, como si al tocarlas pudiera escuchar mejor la voz enterrada del cacique Zárate atravesando siglos enteros de silencio.
Sus labios comenzaron a repetir en voz baja:
—“Donde nace la calma… donde latía mi corazón…”
El viento sopló entre los cardones.
A lo lejos todavía podían escucharse las láminas metálicas de las catapilas enfriándose después de la excavación detenida. Los cuerpos de los encapuchados seguían tirados sobre la tierra Chimila mientras los gallinazos comenzaban lentamente a girar en círculos sobre el cielo claro de la mañana.
Sara cerró los ojos apenas un instante.
Pensó.
Y algo dentro de ella terminó de acomodarse.
Entonces abrió los ojos de golpe.
—No…
Su voz salió distinta.
Segura.
—No… no todo está perdido.
Mañe y Lira la miraron inmediatamente.
Sara levantó la punta de lanza apenas unos centímetros mientras hablaban como si estuviera armando las piezas de un rompecabezas antiguo.
—La calma nace de la quietud…
Sus ojos comenzaron a llenarse de comprensión.
—…y los latidos del corazón de Zárate no son un lugar cualquiera.
Miró nuevamente las inscripciones.
Y entonces entendió.
El pecho se le agitó.
—Nos está diciendo dónde está el verdadero tesoro…
La brisa golpeó fuerte sobre la loma.
—…el camino hacia la victoria.
Lira soltó una pequeña risa incrédula mientras recargaba el acordeón sobre la cadera.
Ella era hija del pueblo y de la calle; desconfiaba naturalmente de todo lo que sonara demasiado espiritual.
—Ay, nojoda…
Negó lentamente con la cabeza.
—A mí toda esa vaina me suena a palabrerías de un indio solitario.
Las palabras cayeron pesadas.
Mañe reaccionó inmediatamente.
Sus ojos se endurecieron.
—No sabes lo que estás diciendo.
La tensión volvió a levantarse sobre la loma.
Lentamente Mañe desenfundó el machete de su cintura. El metal brilló bajo el amanecer mientras avanzaba apenas medio paso hacia ella.
—Respeta la historia de esta tierra, oye.
Lira también endureció el rostro.
El revólver volvió a bajar lentamente hacia su mano.
Pero antes de que la hostilidad terminara de crecer…
Sara habló.
Una sola palabra.
Firme.
Como un relámpago atravesando la discusión.
—¡Soledad!
Todo quedó en silencio.
Incluso el viento.
Mañe frunció el ceño.
Lira ladeó la cabeza confundida.
Sara comenzó a respirar más rápido mientras las piezas terminaban de encajar en su mente.
—Sí…
Miró nuevamente la lanza.
—Ese es el vínculo que necesitábamos.
La rareza apareció inmediatamente en los rostros de ambos.
No entendían nada.
Pero Sara…
Sara parecía estar viendo algo que ellos todavía no podían comprender.
Como si el legado de Zárate hubiera despertado dentro de ella una memoria más antigua que el mismo lenguaje.
Y entonces levantó lentamente la mirada hacia el horizonte del Magdalena.
Hacia el lugar donde el río se perdía en la distancia.
Y sonrió apenas.
Porque la heredera del gran cacique acababa de encontrar el siguiente camino.
Mañe se quedó mirándola unos segundos como si intentara alcanzarla mentalmente y no pudiera. Después se rascó la cabeza debajo del cabello sudado y soltó una pequeña risa incrédula.
—¿Soledad?… ¿en Soledad?
Volteó a mirar a Lira buscando confirmación.
—¿Y qué carajo hacía Zárate por allá?
Sara no pudo evitar soltar una pequeña risa.
Una risa suave.
Paciente.
Como la de una maestra viendo a un niño equivocarse en una suma sencilla.
—No, Mañe…
Negó lentamente con la cabeza.
—Hablo de soledad… de que él era solitario, como dijo Lira.
Lira hizo un pequeño sonido orgulloso con la nariz y levantó apenas una ceja mirando a Mañe, adjudicándose inmediatamente el mérito de la interpretación.
Mañe chasqueó la lengua frustrado.
—Eche… ahora sí estoy perdido entonces.
El viento sopló fuerte sobre la loma.
Sara dejó de reír.
Y lentamente su expresión cambió.
La emoción comenzó a reemplazar la dulzura.
Ahora parecía alguien armando una revelación demasiado grande para guardársela sola.
Miró directamente a Mañe.
—Oye, Mañe…
Levantó apenas la punta de lanza.
—¿Tú sabes dónde está enterrado el cacique Zárate?
Mañe respondió inmediatamente.
Casi por reflejo.
—Nadie sabe eso.
Negó con firmeza.
—Ese misterio quedó bien enterrado y bien oculto.
Entonces Sara sonrió.
Pero esta vez no era una sonrisa tierna.
Era la sonrisa de quien acaba de encontrar una puerta secreta.
—¡Exacto!
La emoción comenzó a crecerle en la voz.
—¡Precisamente eso!
Dio un paso hacia ellos mientras apretaba la lanza contra el pecho.
—Él no quiso que nadie supiera dónde iba a reposar su cuerpo después de su muerte…
La brisa agitó su cabello oscuro.
—…porque ahí con él también quedó el gran tesoro.
Mañe y Lira se quedaron completamente callados escuchándola.
Y Sara continuó, cada vez más convencida:
—Zárate no estaba hablando de oro solamente…
Miró nuevamente las inscripciones.
—Estaba hablando de su esencia.
De su corazón.
De su descanso.
Levantó lentamente la mirada hacia el horizonte húmedo del Magdalena.
Y preguntó:
—Dime una cosa, Mañe…
Su voz bajó apenas.
—¿Dónde está la calma silenciosa?
Después señaló hacia el río lejano.
—¿Cuál es el verdadero corazón de Plato… que también era el corazón de Zárate?
Mañe volvió a fruncir el ceño.
Más confundido todavía.
Pero ahora…
parecía que algo comenzaba lentamente a encenderse dentro de él.
Sus ojos se perdieron hacia la distancia.
Pensó en el agua quieta, el silencio, la neblina, los pescadores y los relatos viejos de los abuelos.
Entonces levantó lentamente la mirada.
Y respondió con absoluta certeza:
—La ciénaga.
El viento sopló nuevamente sobre la Loma de Doña Jerónima.
Y Sara sonrió, porque acababan de encontrar el siguiente sendero del legado de Zárate.
Sara sonrió nuevamente, pero esta vez no había misterio en su rostro.
Había comprensión.
La pieza final acababa de encajar dentro de ella como si la voz del mismo Zárate hubiese despertado bajo su sangre Chimila.
Cerró lentamente los ojos.
La brisa de la loma golpeó su rostro mientras el sol terminaba de elevarse sobre el Magdalena.
Y entonces habló con serenidad absoluta:
—Entonces vamos a la Gran Ciénaga de Zárate.
Cuando abrió los ojos nuevamente, miró hacia el horizonte húmedo donde el río se perdía entre neblinas lejanas. Su mirada ya no parecía la de una muchacha huyendo del miedo.
Ahora parecía la de una heredera caminando hacia su destino.
Mañe sonrió apenas.
Pero la sonrisa no le duró completa.
Porque junto a la decisión también llegó el recuerdo.
Volver a la ciénaga significaba volver a Cerro Grande.
Volver al humo.
A la sangre. A las casas quemadas. A los gritos. A los cuerpos de la gente que había amado.
Sus ojos se endurecieron apenas mientras miraba hacia la distancia.
Por un instante volvió a ser aquel muchacho impotente viendo cómo el terror devoraba su hogar.
Pero el guerrero respiró profundo. Y asintió.
—Pa’ donde sea que tengamos que ir a buscar ese tesoro…
Miró fijamente a Sara.
—…yo voy contigo.
La emoción cruzó silenciosamente entre ambos.
No necesitaban decir más. Porque hay promesas que los pueblos del río hacen únicamente con la mirada.
Entonces comenzaron a caminar montaña abajo. Hacia sus raíces.
Hacia el corazón enterrado de Zárate.
Mañe avanzó unos pasos y después volteó la mirada hacia atrás.
Lira todavía permanecía junto a los cuerpos de los encapuchados y las catapilas inmóviles, observándolos irse mientras el viento agitaba apenas su camisa blanca manchada de sangre.
Mañe levantó la voz con esa sequedad burlona tan propia de él:
—Ajá… ¿vienes o te vas a quedar ahí parada sola con ese acordeón viejo?
Lira soltó una pequeña risa nasal.
Después guardó lentamente el revólver en la parte trasera de su short.
Acomodó el acordeón rojo contra el pecho.
Y comenzó a tocar.
Las notas salieron gruesas. Profundas.
Con ese sabor viejo de los vallenatos nacidos antes de que la música se volviera negocio. Su voz ronca se levantó sobre la brisa de la mañana:
—“Considero que el hombre que tiene…
Riqueza debe andar el mundo sin ningún temor…
y no sufre de guayabo…”—
Mientras cantaba comenzó a caminar hacia ellos lentamente.
El acordeón respiraba entre sus brazos como si también tuviera vida.
Y así… entre monte seco,
cantos viejos,
sangre reciente,
y el amanecer del Magdalena…
los tres comenzaron su viaje hacia el corazón perdido de Zárate.