El Linaje del Río Queso, Pan y Ron #3
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Queso, Pan y Ron #3

Como si muchas generaciones estuvieran hablando al mismo tiempo a través de ella.

—Amor mío…

La lluvia golpeó más fuerte.

—Mi amante eterno…

El Magdalena pareció estremecerse.

—Mi contemplador secreto…

Las palabras salían cargadas de una nostalgia tan antigua que parecía capaz de partir el tiempo.

—He venido aquí…

Rosaluna cerró los ojos mientras continuaba flotando sobre la orilla.

—He venido por ti…

La tormenta rugió con más fuerza.

Y entonces sonrió con una ternura devastadora.

—Te traje queso con pan…

Sus labios temblaron apenas.

—Tu comida favorita.

El silencio se rompió de repente.

Porque desde el fondo oscuro del Magdalena…

el agua comenzó a temblar.

No como tiemblan las aguas por el viento.

No.

Era otra cosa.

Parecía que algo gigantesco estuviera despertando lentamente debajo del río.

Las corrientes comenzaron a girar formando remolinos profundos.

La lluvia rebotaba violentamente sobre la superficie negra del agua.

Y entonces…

una luz apareció.

Verde.

Profunda.

Ancestral.

Una luz imposible comenzó a ascender lentamente desde las profundidades del Magdalena.

El agua oscura del Magdalena comenzó a agitarse con una precisión imposible.

No eran olas comunes.

Parecía que el río estuviera respirando.

La lluvia caía con violencia sobre la superficie negra mientras aquella luz verde del fondo continuaba intensificándose cada vez más.

El resplandor atravesaba el agua como si una estrella antigua hubiera despertado en las profundidades del Magdalena.

Rafael apenas podía respirar.

Sara seguía abrazándolo por la espalda mientras ambos observaban aquella revelación imposible.

Entonces algo emergió lentamente desde el fondo del río.

Primero no pudieron distinguir qué era.

Solo vieron dos orbes verdes abriéndose paso entre la lluvia y la oscuridad.

Dos ojos.

Antiguos.

Profundos.

Ojos que parecían haber contemplado siglos enteros de memoria ribereña.

Las aguas se apartaban suavemente a su paso.

Y aquellos orbes comenzaron a desplazarse hacia Rosaluna.

La anciana continuaba suspendida sobre la orilla mientras danzaba bajo la tormenta.

Sus movimientos seguían siendo fluidos.

Hipnóticos.

La lluvia parecía obedecer el ritmo de sus caderas.

Entonces aquellos ojos verdes llegaron finalmente frente a ella.

Y ocurrió algo todavía más imposible.

Comenzaron a bailar.

Los ojos se movían siguiendo exactamente el mismo compás de Rosaluna.

Como si ambos cuerpos recordaran una danza aprendida muchísimo antes de que existieran las palabras.

Rosaluna giraba lentamente suspendida en el aire mientras las aguas del Magdalena se elevaban apenas alrededor de aquella presencia gigantesca.

Y entonces…

el cielo se rasgó.

Un relámpago brutal atravesó la tormenta iluminando el mundo entero por una fracción de segundo.

Y Rafael finalmente lo vio.

Un caimán colosal.

Legendario.

Hermoso en una forma imposible de explicar.

Sus enormes escamas verdes y doradas reflejaban la luz del rayo como si estuvieran hechas de río, de musgo y de memoria.

El agua resbalaba lentamente sobre su cuerpo inmenso mientras sus ojos verdes permanecían clavados únicamente en Rosaluna.

No había monstruosidad en él.

No había terror.

Solo majestuosidad.

Solo eternidad.

Solo amor.

El gigantesco caimán comenzó a elevar lentamente parte de su cuerpo fuera del agua siguiendo el ritmo serpenteante de la danza de Rosaluna.

Y entonces ocurrió la visión que partiría el alma de cualquiera que la presenciara.

Rosaluna y el caimán comenzaron a bailar juntos bajo la tormenta.

Ella suspendida en el aire.

Él emergiendo desde el río.

Sus movimientos eran suaves.

Precisos.

Sagrados.

No parecía una danza aprendida.

Parecía el reencuentro de dos almas que llevaban demasiado tiempo buscándose.

Rosaluna giraba lentamente mientras el cuerpo inmenso del caimán acompañaba cada movimiento como si las corrientes del Magdalena estuvieran hechas para seguirla únicamente a ella.

La cola gigantesca del animal dibujaba remolinos sobre el agua mientras la anciana movía las caderas con aquella elegancia ancestral que Rafael ya había visto en sus sueños, en la reina del Carnaval, y en las memorias ocultas del río.

Todo estaba conectado.

Todo venía de ellos.

La lluvia caía atravesando ambos cuerpos como si el cielo estuviera llorando de felicidad.

Y por momentos era imposible distinguir dónde terminaba Rosaluna…

y dónde comenzaba el caimán.

Porque no parecían dos seres distintos.

Parecían una misma esencia bailando dividida entre agua y carne.

El viento rugía alrededor de ellos formando pequeños torbellinos de lluvia y hojas.

Los relámpagos iluminaban fragmentos de aquella danza imposible:

una mano arrugada acariciando el aire,

una cola gigantesca moviéndose con delicadeza,

los ojos verdes brillando llenos de amor antiguo,

las ropas blancas de Rosaluna flotando como fantasmas de río.

Rafael sintió cómo la piel se le erizaba completamente.

Porque comprendió algo aterrador y hermoso al mismo tiempo.

Aquello no era un espanto., no era una maldición.

Era amor sobreviviendo incluso al tiempo.

Era el Magdalena negándose a olvidar.