El Linaje del Río El Reencuentro con la memoria #3
27%

El Reencuentro con la memoria #3

—¿Saúl?... ¿Cuál Saúl? —respondió con cautela.

Entonces Rafael dio un paso más hacia ella.

La desesperación ya no cabía dentro de su voz.

—El de la leyenda.

El silencio alrededor pareció endurecerse de repente.

Entonces una carcajada ligera rompió la tensión.

La reina soltó la cabeza hacia atrás mientras reía con naturalidad, todavía envuelta en brillo, maquillaje y lentejuelas verdes que parecían escamas bajo las luces cálidas de la casa carnavalera.

—Sí, claro… todos conocemos a Saúl —respondió entre risas—. El Hombre Caimán… míralo en la carroza, míralo en los disfraces… Saúl está en todas partes.

Abrió los brazos señalando el lugar lleno de músicos y bailarines.

—Es la leyenda que nos une con los pueblos del río.

Pero ella no entendía la gravedad de aquella pregunta.

Para ella, Saúl era símbolo.

Folclor.

Carnaval.

Tradición.

No parecía existir ninguna conexión real entre aquella reina danzante y el verdadero Saúl Montenegro que Rafael buscaba desesperadamente.

Entonces la decepción comenzó a dibujarse lentamente en el rostro de Rafael.

Y fue doloroso.

Porque parecía verse cómo cada parte de su expresión se derrumbaba poco a poco.

Sus ojos perdieron fuerza.

La tensión de su mandíbula cedió.

Los hombros se le hicieron pesados.

Como si nuevamente el destino le hubiera mostrado una puerta… solo para cerrársela en la cara.

Bajó lentamente la mirada.

Y se fue.

Sin decir nada más.

Sara intentó sujetarlo del brazo, pero el paso de un hombre decepcionado pocas veces tiene freno.

Rafael atravesó la casa perdiéndose entre tamboras, disfraces y voces alegres.

Entonces Sara decidió dejarlo ir.

Tal vez necesitaba aire.

Tal vez necesitaba silencio dentro de todo aquel bullicio imposible de Barranquilla.

La reina observó la salida de Rafael con cierta confusión todavía pintada en el rostro.

Y entonces Sara volvió a mirarla.

Esta vez con más calma.

Más estratégica.

Porque Sara entendía algo que Rafael aún no:

a veces las respuestas no aparecen en las preguntas desesperadas… sino en las conversaciones pequeñas.

Entonces sonrió suavemente y dijo con educación:

—Bailas muy bien, reina… quiero ofrecerte disculpas por lo que acaba de pasar.

La muchacha volvió a sonreír con inocencia.

—Tranquila… a muchos seguidores les pasa lo mismo.

Y soltó otra pequeña risa despreocupada.

Pero Sara era distinta.

Más observadora.

Más intuitiva.

Y sobre todo… mujer.

Había notado demasiado bien aquellos movimientos imposibles de ignorar.

Así que inclinó apenas el rostro y preguntó con aparente curiosidad inocente:

—¿Podrías decirme quién te enseñó a bailar así?...

Sonrió apenas antes de continuar:

—A ver si me da unas clases a mí también.

La reina dejó de reír por un instante.

La reina volvió a sonreír con naturalidad.

Se acomodó un poco la enorme cola brillante que caía desde su espalda y luego respondió señalando hacia una de las calles del Barrio Abajo:

—A dos cuadras de aquí… en una casa de pretil alto.

Hizo una pequeña pausa, como intentando describirla mejor.

—Es una casa oscura… de esas que parecen abandonadas, aunque todavía respiran.

Sara escuchaba atentamente.

La reina continuó:

—Ahí vive una señora viejita… pero alegre. Muy alegre.

Y soltó una risa divertida antes de agregar:

—Esa mujer sabe mover las caderas mejor que cualquiera, imagínate… y eso que ya está bastante mayor.

Después inclinó apenas el rostro acercándose un poco más a Sara, como compartiendo un secreto pequeño entre mujeres.

—Pero te advierto algo… está un poquito ciega.

Levantó un dedo juguetonamente.

—Así que, si quieres aprender, debes tener paciencia.

El corazón de Sara dio un pequeño salto.

Tal vez aquello no era nada.

Tal vez solo otra casualidad nacida del carnaval y las ilusiones.

O tal vez…

era la primera pista real que los acercaba al verdadero Saúl Montenegro.

Porque en ese momento cualquier pequeño hilo parecía suficiente para seguir tirando de la verdad.

Entonces Sara sonrió agradecida.

—Muchas gracias, reina…

Y enseguida preguntó:

—¿Sabes cómo se llama la señora?

La reina levantó la mirada hacia el cielo como si buscara el nombre escondido entre las nubes calientes de Barranquilla.

Frunció un poco el rostro pensando.

—Ehhh…

Después volvió a mirar a Sara.

—Le dicen doña Rochi.

Sara sintió un extraño impulso recorrerle el cuerpo.

Agradeció nuevamente con rapidez y salió casi de inmediato de aquella casa llena de tamboras, maquillaje y alegría carnavalera.

Y afuera, sentado sobre un bordillo caliente por el sol, estaba Rafael.

Encorvado.

Silencioso.

Perdido en su propia decepción.

La fiesta seguía moviéndose alrededor de él, pero parecía completamente distante, como si el carnaval perteneciera a otro mundo diferente al suyo.

Entonces Sara se acercó, tomó su mano con firmeza y tiró suavemente de él hacia arriba.

—Vamos.

Rafael apenas levantó la mirada.

Ella sonrió apenas, intentando devolverle algo de esperanza.

—Acompáñame a conocer a quien le enseñó esos pasos a la reina.

Él no preguntó nada.

Simplemente se dejó llevar.

Pero la decepción todavía podía verse claramente en sus ojos.