8. Amanda #2
Cuando actualizo mi correo electrónico, recibo un mensaje de un representante de Tide, preguntándome si me puede enviar detergente para limpiar los zapatos.
Me ofrecen tres mil sólo por promocionar su producto en relación con los zapatos sucios, pero quieren incluir una cláusula que me impida publicar si no quita todo el barro.
En ese caso, si no publico nada, sólo me pagarán la mitad de la tarifa.
¿Mil quinientos dólares por lavar los zapatos de mi hija apostando a que saldrán limpios? Me parece bien.
—¿Sigues enfadada por lo de internet? —pregunta Zoey.
Lo estoy, pero no tanto . —Creo que puedo trabajar así. Ahora, si puedo recuperar mi paquete de Lololime…
—¿Qué quieres decir?
—Al parecer, una anciana que vive al final de la carretera también se llama Amanda, y los muchachos del rancho creen que mi paquete probablemente fue llevado allí.
—Así que ese lugar puede ser diferente en casi todos los sentidos, pero el servicio postal es el mismo —Zoey se ríe—. Hablando de eso: si decides quedarte más de un mes, me encantaría subarrendar tu casa.
¿Está bromeando? —Vives en Los Ángeles.
—Lo sé, pero he estado pensando que un poco de viajes y una nueva ronda de chicos con los que salir tampoco van a perjudicar mi marca.
Por el amor…—Te avisaré, pero no te hagas ilusiones. Este es el tipo de lugar que funciona para aumentar el engagement como un truco a corto plazo. Pero no para todo un verano.
Voy a mitad de camino de vuelta a casa, con el perrito dando saltitos a mi lado, cuando Jeff pasa rugiendo y nos recoge. Ya tengo una ampolla en el talón izquierdo.
—Quizá quieras comprarte otro par de zapatos, si decides quedarte por aquí. Sé que Roscoe espera que te quedes.
¿Por qué todo el mundo me pregunta si me voy a quedar? ¿De verdad parece probable? —Gracias.
Me bajo del carrito y me dirijo al coche, con Roscoe siguiéndome como un guardaespaldas peludo, pero me detienen antes de llegar. —Mamá, esta tarde vuelven a dar clases de equitación —dice Emery—. ¿Nosotras también podemos?
—Los caballos son algo que lleva meses y meses aprender —digo.
—Saldrán dentro de dos semanas para llevar el ganado al bosque —Los ojos de Emery me suplican .
—¿Por qué van a llevar las vacas al bosque? —Sacudo la cabeza—. Parece una locura.
—Suben allí unos meses para que podamos cultivar heno aquí —dice Jeff.
Ahora sí me está molestando. —Sí, bueno, no creo que…
—¿Por favor, mamá? ¿Puedo tomar clases?
—No estoy seguro de que ni siquiera Steve pueda enseñar a más de cuatro principiantes a la vez —dice Jeff. Afortunadamente, tras lanzarme esa excusa perfecta, aparca el carro junto a la casa más pequeña y se aleja hacia el granero.
—Exacto —le digo—. Ahora ven conmigo. Iremos carretera arriba a buscar el paquete que me falta, y luego tengo que ir a la ciudad a comprar detergente Tide.
—Puedo comprártelo —Abby está de pie en la puerta de la casa, con el bolso colgado del hombro—. Voy a intentar encontrar a alguien, cualquiera, que me pueda instalar internet.
No hay muchas esperanzas de que el internet llegue antes de que nos vayamos, así que no me importa mucho. —Tiene que ser de un tipo de detergente muy concreto —digo.
Ella se encoge de hombros.
—Apúntalo. Si lo tienen en la ferretería, te lo traeré.
Si no, siempre me quedará Amazon, suponiendo que alguna vez reciba algún paquete. Dios mío, ¿y si ni siquiera Amazon puede dominar el desierto? —De acuerdo. Gracias.
Abby llama a sus hijos. —Izzy, Whitney, escuchad. Voy a ausentarme un rato. Hoy tengo que revisar otra ronda de documentos y tengo que enviar un escrito que he redactado esta mañana.
—Bueno— dice Izzy—. Está bien.
—Necesito que preparéis la comida y vigiléis a Gabe, y quiero decir que tenéis que vigilarlo de verdad. Hay muchos animales por aquí, y no puedo permitir que lo pisen o le den patadas .
—Lo haremos —dice Whitney.
—¿Dónde está Ethan? —pregunto.
—Fue con Kevin a mover el agua, lo que sea que eso signifique —dice Abby.
—¿Y Maren? —Hoy todavía no la he visto.
—La última vez que la vi aún dormía. —Abby baja trotando los escalones del porche, evitando como una profesional las cacas frescas de gallina, y abre la puerta de su monovolumen.
—Es casi mediodía.
Abby se encoge de hombros. —No estaba segura de si ella sabía cuáles eran tus normas durante el verano.
—Vamos a aprender a alimentar a todos los animales —dice Izzy.
—Y a cómo limpiar los establos —dice Whitney.
—Espera —digo—. No estoy segura…
—Definitivamente, Emery no necesita hacerlo —dice Abby—, pero Jeff se ofreció a enseñar a los míos cuando terminara de limpiar el prado de más allá.
Por lo visto, Jeff aún puede oírnos, porque responde gritando tras mencionar su nombre. —Lo haré mañana, pensé que un descanso para entrenar a ciertos ayudantes no estaría mal —Hace un gesto hacia el granero.
—¿Dónde está Gabe? —pregunta Abby.
—Está viendo La telaraña de Charlotte en la televisión —dice Izzy—. Ethan dice que se llama cinta VHS. El sonido y la imagen no son muy buenos, pero no parece importarle. Le he dicho que venga a buscarnos al granero cuando acabe.
—Estupendo. Bueno, utiliza el teléfono de casa para llamarme si tienes algún problema —dice Abby—. Cuando esté en el porche de Steve, debería tener cobertura. Al menos ayer la tuve.
—¿El tipo de los caballos? —pregunto.
—Me dijo que podía utilizar su porche y conectarme a su wifi si lo necesitaba —dice Abby—. Puede que estuviera bromeando, pero yo creo que hablaba en serio.
¿Cómo ha conocido ya a gente? Es más, ya tiene gente que se ofrece a hacerle favores. Es irritante.
Abro la puerta de mi ridícula furgoneta. —Emery, ve a despertar a Maren y dile que tiene que ayudar a limpiar los establos —Eso le enseñará a no dormir hasta el mediodía.
—¿Hablas en serio? —pregunta Emery.
—Sí. Dile que, si no lo hace, yo… —No se me ocurre nada peor que limpiar establos—. Se me ocurrirá algo terrible.
Emery baja la voz. —Oye, mamá, si conoces a alguien que pueda enseñar cosas de caballos, ¿puedes contratarlo para mí? Yo también quiero aprender de verdad.
Su tono serio y sus ojos suplicantes tiran de mi fibra sensible. —Intentaré encontrar a alguien.
Al verla correr para alcanzar a sus primos, me pregunto si deberíamos quedarnos más de una semana. Si Abby puede hacer magia y conseguirnos internet, puede que unas semanas más no sean tan malas.
Cuando me dirijo a la furgoneta, Roscoe me sigue de nuevo. Intenta saltar cuando subo.
—No, muchacho. No puedes venir.
Tiene cara de reproche, lo juro.
Cuando cierro la puerta, se arrastra paso a paso hasta el porche y se deja caer delante de la puerta como un saco triste.
De hecho, me siento culpable cuando me voy.
Subo por la carretera hasta que veo un camino lateral de grava.
Casi lo paso por alto, y me patinan los neumáticos al dar un volantazo para girar en el último momento.
Esta furgoneta es mucho más alta que cualquier otra que haya conducido y, durante una fracción de segundo, los neumáticos del lado derecho se levantan del suelo.
Siento que el corazón me va a fallar por un momento, pero cuando las ruedas vuelven a bajar, empieza a latir de nuevo.
Avanzo lentamente por el camino de entrada, aterrada ante la posibilidad de tener otro percance al volante.
Tardo lo que parece una eternidad, pero finalmente doblo la curva y veo una granja de madera destartalada.
Se nota que fue preciosa en otro tiempo, con unas bellas molduras verde oscuro sobre una casa color caramelo.
Las dos ventanas delanteras son vitrales, y parecen hechas por un maestro artesano.
Sin embargo, el césped está cubierto de maleza y una de las contraventanas cuelga torcida. Parece triste, incluso carente de amor. No estoy segura de que sea el lugar adecuado, Jeff no fue muy específico, pero aparco el coche delante y me dirijo a la puerta.
La casa parece aún peor de cerca. La pintura del porche está desconchada y la madera se está pudriendo en algunos sitios.
El cristal de una de las luces del porche tiene un nido de pájaros, y un pájaro de color rojo brillante grazna ruidosamente cuando me acerco.
Cuando pulso el timbre, suena un fzzt, como si la electricidad no funcionara del todo bien.
En lugar de eso, golpeo, tan fuerte como puedo.
Si esta mujer es realmente anciana, puede que sea dura de oído.
—Ya voy —grita una voz femenina.
Un momento después, la puerta se abre de golpe y una mujer muy bajita me mira entrecerrando los ojos. —¿Quién eres?
—Yo… bueno, me llamo Amanda…
—Me llamo Amanda.
—Claro, en realidad por eso estoy aquí. Soy Amanda Brooks y me alojo aquí al lado, en el rancho de Jedediah Brooks.
Ella frunce el ceño. —De acuerdo.
—Creo que un paquete mío podría haberle sido entregado por error… —Me doy cuenta de que lleva un chaleco acolchado de Lololime—. Se suponía que ayer iba a recibir un paquete ba stante grande, y nunca llegó, aunque el seguimiento muestra que fue entregado.
Me mira sin comprender durante un momento y luego suelta una carcajada. —Ah, ¿sí?
Asiento con la cabeza.
—Bueno, imagino que hubo una confusión, y también es culpa mía, por no comprobar la etiqueta. Tengo una sobrina muy ansiosa, ya ves, y siempre me está enviando cosas. Pero me imaginé que este era un paquete sorpresa extraño, incluso viniendo de ella.
Una especie de sonido extraño atrae mi atención y miro que detrás de la señora Amanda Saddler hay un cerdo blanco y negro. Lleva un pañuelo rosa Lololime alrededor del cuello.
Madre mía.
—Me temo que he esparcido la mayoría de las cosas por aquí y por allá —dice—. Déjame ver qué encuentro.
La sigo por la casa mientras me entrega cosas. Algunas son de estilo del oeste, pero muchas parecen de su nueva línea. —Había algo más que puse en algún sitio…