Demasiado tarde
El teléfono sonó cuando el coche ya llevaba unas horas en carretera.
Lucía lo miró un segundo antes de descolgar. Paula conducía en silencio, concentrada, con la vista fija en la carretera.
—¿Sí?
—Mamá… —La voz de Martina llegó al otro lado, más baja de lo habitual, contenida—. Ha pasado algo.
Lucía se incorporó ligeramente en el asiento.
—¿Qué ocurre?
Hubo un breve silencio antes de la respuesta.
—Han encontrado a un hombre muerto… en la casa de la dehesa.
Las palabras cayeron con un peso seco, difícil de asimilar en un primer momento. Paula giró apenas la cabeza, lo suficiente para captar la expresión de su madre, y algo en su rostro le hizo entender que aquello no era una llamada cualquiera.
—¿Cómo que un hombre muerto? —preguntó Lucía, tensando la voz sin poder evitarlo.
—No saben quién es —continuó Martina—. La Guardia Civil está aquí… dicen que llevaba allí un par de días.
Lucía cerró los ojos un instante, como si necesitara procesar demasiado en muy poco tiempo.
—Martina —dijo entonces, con un tono que ya no era solo preocupación—. Nosotras estamos en camino.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Cómo que en camino?
—Salimos hace unas horas ya —intervino Paula sin apartar la vista de la carretera—. Vamos hacia el pueblo.
Martina tardó un segundo en reaccionar.
—Pero ¿por qué…?
Lucía no la dejó terminar.
—Porque ya sabemos lo que ha estado pasando —respondió, esta vez con una firmeza que no ocultaba el reproche—. Hablé con Rosario hace un par de días.
El silencio al otro lado fue más largo esta vez.
—¿Qué te contó? —preguntó Martina, más despacio.
—La piedra —continuó Lucía—. El mensaje. Las pintadas en la casa.
Cada palabra parecía colocarse con intención.
—¿Y no pensabas decirnos nada?
Paula apretó ligeramente el volante, manteniendo la vista al frente, pero escuchando cada palabra.
—No era para tanto —empezó Martina, aunque su propia voz sonó menos convencida de lo que pretendía.
—«No era para tanto» —repitió Lucía, casi en un susurro incrédulo—. Martina, hay alguien muerto en esa casa.
El peso de la frase quedó suspendido en el aire.
—Y tú estás allí sola.
—No estoy sola —respondió Martina—. Está David… y la Guardia Civil.
Lucía dejó escapar el aire lentamente.
—Eso no cambia nada.
Hubo otro silencio.
El sonido del motor, constante, marcaba el ritmo de la conversación.
—Vamos a llegar en unas horas —añadió Paula esta vez, con un tono más calmado—. Y, por favor… no vuelvas a ocultarnos algo así.
Martina no respondió de inmediato.
—Está bien… —dijo al fin, en voz baja.
La llamada terminó poco después, sin necesidad de añadir nada más.
Lucía miraba al frente sin ver realmente la carretera. Había algo que no le encajaba desde el principio. Desde que recibió la notificación de aquella herencia. Desde que el nombre de su cuñada volvió a aparecer en sus vidas después de tanto tiempo.
Nunca había confiado en ella.
Y ahora, con todo lo que estaba ocurriendo, la sensación se hacía más fuerte, más incómoda, más difícil de ignorar. Como si, en el fondo, siempre hubiera sabido que nada bueno podía venir de allí.
Las palabras de Martina seguían resonando en su cabeza, mezclándose con otras mucho más antiguas, con recuerdos que hacía tiempo había decidido dejar en un rincón donde no molestaran.
Su cuñada. La hermana de Mauricio.
Apretó ligeramente los labios.
Nunca se habían llevado bien. Ni siquiera en los primeros años, cuando todo parecía más sencillo.
Había algo en ella que siempre le resultó incómodo, difícil de definir.
Una forma de mirar, de decir las cosas, de estar siempre presente, de los pequeños desprecios, de los comentarios ambiguos, de los silencios incómodos cuando ella hablaba…
De esa manera que tenía Leo de hacer sentir a los demás permanentemente evaluados, como si siempre supiera algo que el resto ignoraba.
Y luego estaba lo otro. Lo que nunca se decía.
Lo que quedó enterrado bajo el tiempo y las decisiones que nadie quiso cuestionar demasiado.
Lucía cerró los ojos un instante, apoyando la cabeza contra el respaldo.
Ahora su hija estaba en aquel pueblo. Heredando aquella casa. En el centro de algo que no alcanzaba a entender del todo, pero que no le gustaba en absoluto.
Y lo que más le inquietaba no era solo lo que estaba pasando.
Era la sensación, cada vez más clara, de que todo aquello no era casualidad.