11.La hora de la verdad
A ntón llegó con la maleta todavía en la mano. Laura le estaba esperando en la puerta de la Trattoria Zàzà con el incunable dentro de la bandolera.
Cuando le vio doblar la esquina con ese paso suyo, largo y tranquilo, sintió algo que no había sentido en esos tres días de encerramiento en casa: alivio.
Se abrazaron sin decir nada. Él la conocía demasiado bien como para preguntar en mitad de la calle.
—Abajo —dijo ella simplemente.
Stefano, dueño de la Trattoria, los vio entrar y con una sola mirada entendió que no era día de charla. Les señaló su mesa en el sótano con una sonrisa discreta y desapareció sin hacer ruido. Eso era lo que Laura amaba de él.
Se sentaron. La luz cálida del sótano los envolvió como siempre, como si aquel rincón existiera fuera del tiempo.
Pidieron dos cafés. Y Laura comenzó a hablar.
Habló durante mucho tiempo. Le contó todo desde un principio. Sin saltarse nada.
—Antón, esto es mucho más que un libro de reflexiones —dijo ella, bajando la voz—.
Beatrice era la hija ilegítima de Pedro de Médici.
Su padre era un tipo que controlaba toda Florencia, pero Beatrice lo usó para enterarse de lo peor.
En el manuscrito de Balbina, su madre, ya se hablaba de que la familia estaba metida en cosas turbias.
Balbina veía a Leonardo da Vinci y a Miguel Ángel pasear por el palacio como si fueran familia.
Laura tomó un sorbo de café, mirando a su alrededor para asegurarse de que Stefano estaba lejos.
—Balbina cuenta que Leonardo dejaba diseños de máquinas de guerra y Miguel Ángel escondía figuras que hoy serían un escándalo.
Pero lo más oscuro eran los documentos, los nombres, las familias, los secretos que Beatrice había guardado, y que han permanecido ocultos durante quinientos años, porque sabía que eran dinamita.
Antón no la interrumpió ni una sola vez. Cuando Laura terminó, el café llevaba frío un rato.
—¿Sabes qué es lo más escalofriante de todo esto que me has contado? —preguntó Antón.
Laura lo miró fijamente.
—Que no ha cambiado nada —dijo él, en voz baja—. Nada.
Pedro de Médici robaba, manipulaba, compraba voluntades, se aprovechaba de su poder, abusaba de las mujeres, aplastaba a quien se le ponía delante.
Y hoy, ahora mismo, aquí, en este país, en el mundo entero, hay miles de Pedros de Médici haciendo exactamente lo mismo.
Con otros nombres y apellidos, con otros trajes y corbatas, con otros despachos. Pero lo mismo que hace quinientos años.
El poder corrompe en la actualidad de la misma manera que lo hacía en el siglo quince. La codicia no pasa de moda. El miedo tampoco. —Hizo una pausa—. Y los que pagan el precio siempre son los mismos: los de abajo, los que no tienen apellido.
Laura asintió con la cabeza.
—Beatrice lo sabía —dijo ella—. Por eso lo documentó todo.Porque si no quedaba escrito, desaparecería. Como siempre desaparece la verdad cuando es incómoda.
—Y aquí estamos nosotros, quinientos años después, con esos documentos en una bandolera —murmuró Antón—: dos personas normales sentadas en un sótano de Florencia con cafés fríos, con algo que puede hacer temblar a familias enteras.
Se miraron un momento en silencio.
—Hay algo más —dijo Laura.
Le volvió a hablar de Chantal, la mujer que había visto entre las estanterías el primer día, que había desaparecido como un fantasma y que le intentó arrebatar el manuscrito; de lo que la señora Sanna le había insinuado sin decirlo del todo, y de la sensación, que llevaba días creciendo, de que ella estaba en peligro.
El rostro de Antón cambió.
—Hay que tener cuidado —dijo él, con una seriedad que Laura pocas veces había visto en su amigo—. Mucho cuidado. Si esos documentos son los que dices, hay gente que no va a quedarse quieta.
—Lo sé.
—¿Y el incunable está seguro?
Laura lo miró, luego miró la bandolera a su lado.
—De momento no se separa de mí.
Stefano pasó junto a su mesa con una jarra de agua y los miró con discreción. El sótano estaba casi vacío a esas horas. Solo ellos dos y el peso de todo lo que acababan de decirse.
Fue entonces cuando Laura, sin saber muy bien por qué, pensó en el señor Barrio.
Quizás fue porque llevaba días leyendo a Beatrice.
Quizás, porque tenía delante al único hombre que nunca le había hecho sentir pequeña.
Quizás, porque en ese sótano, con la verdad encima de la mesa, ya no había espacio para medias tintas…
—Voy a dejar al señor Barrio —dijo.
Antón no se sorprendió. La miró con esa calma suya de siempre.
—¿Estás segura?
—Llevo días leyendo a unas mujeres que vivieron siglos atrás y que entendían el amor mejor que yo.
Guardó silencio un momento.
—Beatrice escribió que no hay que aceptar migajas: consejo de su madre. Y que el amor verdadero no duele ni te hace pequeña. Y yo llevo demasiado tiempo sintiéndome pequeña.
Antón no dijo nada. Alargó la mano sobre la mesa y la apoyó sobre la de ella un momento.
Laura sintió que algo se aflojaba en el pecho. Uno de esos nudos que llevas tanto tiempo cargando que ya ni los notas hasta que desaparecen. Los frentes se estaban cerrando. Despacio, uno a uno, pero se estaban cerrando.
—Nos queda una semana —dijo Antón, mirando el cuaderno que Laura había sacado sobre la mesa, con los trazos de los leones.
—Siete días —dijo ella.
—Mañana empezamos con los leones —dijo Antón.
Se levantó despacio, con ese cansancio de quien ha cargado demasiado en muy poco tiempo.
—Necesito dormir—dijo él.
Se abrazaron en la puerta de Trattoria.
Stefano les despidió con un gesto desde la barra.
El día estaba pasando deprisa.
—Laura —la llamó Antón antes de doblar la esquina.
Ella lo miró.
—Lo vamos a encontrar —dijo él con calma.
No era una pregunta. Era una certeza dicha en voz baja, con la tranquilidad de quien ha decidido algo sin necesidad de pensarlo más.
Laura sonrió por primera vez en días.
—Lo sé.
Cuando Antón dobló la esquina y desapareció, Laura se quedó sola un momento en la calle.
De pronto, el teléfono cobró vida en su mano, vibrando con una insistencia que le recorrió el brazo como una descarga eléctrica.
Miró el nombre del señor Barrio parpadeando en la pantalla, una exigencia que no le apetecía atender.
“No. Ahora no”, susurró. Guardó el móvil en el bolsillo, enterrando en él la urgencia de los demás.
“Después. Ahora quiero respirar” dijo en baja voz.