9.El lenguaje del pasado #2
Apreté las manos con tanta desesperación, con tanto terror, que sin saberlo le arranqué el anillo del dedo.
Cuando todo acabó, lo encontré en la palma de mi mano, temblorosa. No lo busqué. Llegó a mí como llegan las verdades que nadie quiere: sin permiso y para siempre.
Ese anillo es tu herencia, Beatrice. Y también es la prueba de dónde vienes, hija.
Porque el nombre de tu mal llamado padre es Pedro. De apellido Médici. Sí, hija mía:
Eres una Médici.
Y yo, que era su sirvienta y conocía cada recoveco de palacio, hice después algo que jamás pensé ser capaz de hacer. La rabia, el dolor y el amor desesperado que sentía por ti me dieron la valentía que no sabía que poseía.
Me adentré en sus estancias más privadas, en las que ninguna sirvienta debía poner pie, y tomé lo que guardaba como su mayor tesoro.
Hallé obras de Leonardo: diseños de máquinas de guerra tan terribles que hielan el ánimo, pensadas para destruir vidas con una precisión que estremece.
De Miguel Ángel, la prueba de una escultura secreta que desafiaba el poder de los Médici.
De Botticelli, bocetos con simbolismos paganos peligrosos donde se insinúa el sodomismo dentro de los muros de palacio, un secreto tan peligroso que la Santa Inquisición no habría dudado en actuar.
Y aún hallé, de Brunelleschi, los planos originales de la cúpula del Duomo de Florencia, con fallos ocultos que nadie debía descubrir jamás.
Todo eso guardé para ti. No como venganza, sino como verdad. Estaba desesperada hija, fue fruto del miedo y el dolor.
Y ahora, hija mía, escúchame bien en esto que voy a decirte, porque quizás sea la mayor herencia que puede dejarle una madre a una hija.
Escucha y léeme bien: te suplico que cuando ames lo hagas con toda tu entrega. No desde la falta, sino desde la plenitud. Porque quien ama desde el vacío busca en el otro lo que nunca tuvo, y esa búsqueda solo lleva a repetir dolor.
Nunca aceptes migajas de amor, Beatrice. Nunca.
Quien te dé poco es porque poco tiene que dar, y tú mereces mucho más que las sobras de alguien que no sabe quererte. Las migajas no alimentan el alma, la vacían despacio, tan despacio que cuando te das cuenta ya no recuerdas cómo era estar llena.
Levanta tu vida sobre cimientos de amor verdadero. Uno que no llegue con miedo ni con condiciones. Uno que no te haga pequeña.
Elige a alguien que te elija cada día, no solo cuando le conviene.
Y si alguna vez dudas entre quedarte por miedo a la soledad o marcharte hacia ti misma, escoge lo segundo.
La soledad honesta duele menos que el amor a medias.
Yo no supe amar. Me quedaba donde no debía, aguanté lo que no merecía, y pagué un precio demasiado alto. No quiero eso para ti.
Cuando el dolor te visite, escucha lo que el silencio viene a enseñarte, y a tus entrañas, que hablan por sí solas.
Cierra los ojos, toma aliento, y piensa en el cielo nocturno cuajado de estrellas. Despréndete de todo lo que pesa y quédate con una sola: la más luciente del firmamento. Háblale, pues escucha. Y en ese recogimiento, hallarás tu esencia.
Sabes ya tu legado, hija mía.
Mas recuerda: el poder sin juicio es peligroso. Úsalo con prudencia y sabiduría, y sabrás honrar tu linaje y tu destino. Que este signo te guíe y te haga fuerte, mas nunca te cieguen sus dones.
B. de Fiesole.
P.S. (Post scriptum). Fray Bernardo cuida de cuanto aquí se contiene: la carta, el cofre que guarda el anillo, el pergamino que acredita tu linaje, los trazados y láminas de los hombres sabios. Él te los hará conocer cuando llegue el momento.
Ya mi cuerpo se halla cansado y enfermo, y mis días me son contados. Pondré en manos de fray Bernardo mi diario, donde se halla todo cuanto no pude decirte.
Y así, cuando te sea entregado, comprenderás mi camino y todo cuanto he callado. Perdóname no solo por mi ausencia, sino por lo que sentí y no supe cambiar a tiempo.
No temas la verdad. La verdad duele, pero libera.
Y tú, hija mía, eres más fuerte de lo que crees.
Que la vida te conceda el amor que a mí me fue negado.
Tu madre.
Balbina de Fiesole.
Laura se quedó sin palabras. Su boca se secó y el aire le faltó.
Cada palabra del manuscrito de Balbina traía consigo un dato que derrumbaba el anterior, y ella no daba abasto para asimilarlos todos de un golpe.
Comenzó a tomar notas casi darse cuenta, con la mano moviéndose sola sobre los folios de su mesa, porque necesitaba que aquello quedara escrito y bien escrito, sin perder detalle.
Quería que Antón estuviera al tanto de todo. Que él también pudiera comprender, cuando volviera, la magnitud de lo que acababa de leer.
Las horas pasaron sin que ella las sintiera.
Cuando las páginas de Balbina empezaron a escasear, Laura notó que tenía las mejillas mojadas. No recordaba haber empezado a llorar.
Las palabras de aquella mujer le habían llegado de una manera que no sabía explicar, como si no estuviera leyendo la historia de otra persona, sino reconociendo algo que siempre había sabido y nunca había podido nombrar.
Se veía en Beatrice, en el vacío, en la búsqueda, en esas heridas antiguas que no terminan de cerrarse. Pero también veía a su madre en Balbina, en ese amor roto que no supo darse, en esa mujer que quiso y no pudo, que hirió sin querer y pidió perdón a destiempo.
Al llegar a la última página, las lágrimas no eran de tristeza. Eran de una despedida. Porque cerrar aquel manuscrito significaba dejar ir a Balbina, y Laura no estaba segura de estar preparada para ello.
Cerró el manuscrito despacio, con cuidado, como quien cierra algo sagrado. Las lágrimas seguían cayendo, silenciosas, sin que ella hiciera nada por detenerlas.
Balbina se quedaba allí, entre aquellas páginas, y Laura tenía que seguir adelante sin ella.
Miró el reloj: las tres de la madrugada.
Se levantó sin hacer ruido, se puso el abrigo sobre el pijama y cogió la correa de Violetta, que ya la esperaba en la puerta con esa paciencia antigua que tienen los perros cuando saben que algo importante acaba de ocurrir.
Salieron a la calle.
Florencia dormía. Las piedras estaban mojadas y el aire olía a río. Laura alzó la cabeza y buscó el cielo. Entre los tejados de la ciudad, una estrella. La más luciente del firmamento. Se quedó mirándola un momento, con Violetta pegada a sus piernas.
—Ya lo sé —murmuró, sin saber muy bien a quién se lo decía.
Después, dio media vuelta y volvió a casa.
Desde allí, la ciudad toscana se desplegaba como un mar de terracota que parecía no tener fin.
Aquellos tejados, curtidos por siglos de sol y fríos inviernos, no eran solo una protección contra los elementos naturales, eran más que eso: eran el alma cromática de la ciudad.
Se decía que el color de sus tejas —ese color rojo siena tan particular— se debía a la arcilla de las colinas de Impruneta, la misma que Brunelleschi había exigido para realizar su imponente cúpula.
Laura se quedó absorta con el relieve irregular de las chimeneas y las buhardillas que sobresalían como pequeñas islas.
Había algo profundamente reconfortante, casi mágico…