9.El lenguaje del pasado
E l sol caía con suavidad sobre el pequeño jardín de Antón, envolviendo el aire en una calma casi irreal.
Sentado en una silla de madera, con las piernas apoyadas una sobre la otra, dejaba que la luz templara la piel mientras trabajaba con todas sus herramientas. La madera cogía formas en sus manos expertas.
A su alrededor, el canto de los pájaros y el leve susurro del viento componían una melodía tranquila que él acompañaba con un silbido desentonado y ruidoso.
Sobre la mesa cercana descansaban sus trozos de madera, recogidos en playas cercanas, bocetos y un libro abierto, olvidado por unos momentos.
Antón estaba absorto, concentrado en los detalles de su figura, como si el mundo se hubiera reducido en ese instante.
El sonido del teléfono rompió la armonía. Su frente se arrugó de la intriga y, sin levantarse de inmediato, dejó a un lado la pieza con cuidado, limpiándose las manos con un viejo trapo antes de alcanzar su móvil.
—¿Sí?
—¿Antón?... Buenos días. Le llamo desde Madrid en nombre de una fundación privada vinculada a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Hemos tenido acceso a ciertas referencias sobre su trabajo y necesitamos hablar con usted. No es una propuesta habitual, quizás le interese.
Su expresión cambió al instante, una mezcla de sorpresa y atención. Se sentó en la silla del comedor.
—Dígame, le escucho.
—Nos gustaría contar con un usted para algo importante, Antón... y tendría que ser en los próximos días. Sabemos que es precipitado —añadió la voz, con una pausa medida—, pero su trabajo encaja perfectamente con lo que estamos organizando aquí.
Antón guardó silencio unos segundos. Miró la escultura a medio hacer, luego el jardín, como si intentara mantener ese momento intacto.
—¿En estos días? —preguntó, más para sí mismo que para el interlocutor.
—Sí. En Madrid. No solemos hacer este tipo de llamadas —continuó—.
Pero en su caso ha habido una cierta insistencia.
Se trata de una exposición colectiva en el Palacio de Cristal, en el Retiro —especificó la voz al otro lado del teléfono—.
El Ministerio quiere reunir a los artistas que mejor están trabajando la materia y el vacío.
Sería un honor contar con su obra para la inauguración de invierno, a principio de diciembre.
La palabra “Madrid” quedó suspendida en su mente. Una parte de él sintió emoción inmediata, ese impulso creativo que siempre le empujaba hacia nuevos retos. Pero por otra parte pensó en su amiga Laura.
Exhaló despacio.
—Es... muy justo de tiempo —respondió—. Necesitaría pensarlo.
Al otro lado del teléfono hubo una pausa breve que para Antón fue incómoda.
—Lo entendemos, pero necesitamos su respuesta lo más rápido posible, tenemos que organizar este evento, es una exposición bastante importante. Podemos darle una hora de cortesía y así se lo piensa, y en una hora exacta le volveremos a llamar. ¿Le parece bien?
Antón apretó la mandíbula ligeramente.
—De acuerdo. En una hora exacta le daré una respuesta.
Colgó.
Se quedó inmóvil, con el teléfono aún en las manos, mirando hacia el infinito, su mente estaba en otro lugar: pensaba en Laura, el incunable, el manuscrito y en cómo el peso de los siglos en Florencia parecía tirar de él con más fuerza que la gloria que le ofrecían en Madrid.
Aquella hora de cortesía que le habían concedido no era para decidir sobre una exposición, sino para elegir entre su carrera y la lealtad a una amiga que estaba a punto de romper sus propias cadenas.
Sin pensarlo dos veces, marcó el número de su amiga. Laura respondió al segundo tono.
—¡Antón!
—Laura, ¿qué tal vas? Me acaban de llamar de Madrid. Quieren que participe en una exposición. Tendría que irme en estos días.
Hubo un pequeño silencio al otro lado.
—¿En estos días? —repitió ella con asombro.
—Sí. Me han dado una hora para decidir.
Hizo una breve pausa.
—Si no te viene bien, digo que no —dijo, en un tono más serio—. Sin problema.
Laura, no dudó ni un segundo en responderle.
—Aquí se ve tu lealtad, Antón; ni se te ocurra rechazarlo.
Antón frunció el ceño, sorprendido.
—Pero Laura..., ¡es cuando más me necesitas!
—Escúchame —lo interrumpió ella, con una calma firme—. Esto es muy importante para ti. Y además... a mí me viene muy bien.
—¿Muy bien? —preguntó él.
—Sí. —Su voz se suavizó—. Necesito meterme de lleno en la lectura para poder sacar conclusiones, tener perspectiva, leer, concentrarme, conectar con Balbina, con el incunable y pasar unos días sola.
Antón guardó silencio; sabía que no lo decía por quedar bien, conocía muy bien a su amiga.
— ¿Estás segura, Laura?
—Completamente. –Hizo una pequeña pausa—. De hecho, creo que es lo mejor que puede pasar ahora mismo.
Antón respiró con calma soltando una tensión que no sabía que llevaba encima.
—Vale —dijo finalmente—. Entonces me iré tranquilo.
—Claro que sí.
—En cuanto vuelva, me cuentas todo al mínimo detalle.
Laura sonrió al otro lado, aunque él no podía verla.
—Te vas a sorprender.
Colgaron.
Antón bajó el teléfono poco a poco, sintiendo cómo la inquietud se transformaba en determinación.
Miró de nuevo el jardín: la luz del sol cayendo sobre la escultura, el silencio en la casa...
Todo seguía en su sitio. Pero ya no era lo mismo.
Sabía que no podía ignorarlo. No después de aquella llamada.
No después de lo que le habían dicho. Tomó aire.
Y entonces, sin más, decidió. Iría a Madrid.
Mientras, al otro lado, Laura ya no pensaba en la despedida. Pensaba en los libros. En todo lo que estaba a punto de revelarse.
Dejó el teléfono sobre la mesita del salón y permaneció unos segundos en silencio, sin fijar la mirada en ningún punto en concreto. La casa parecía distinta. Más callada. Más suya.
Escuchó el leve eco de sus propios pasos al caminar, como si el espacio se hubiera ensanchado de repente.
Antón ya no estaba para acompañarla en esa aventura, y esa ausencia, lejos de incomodarla, le ofrecía algo que no había tenido hasta ahora: tiempo.
Tiempo sin interrupciones. Tiempo para entender.
Tiempo para mirar de frente lo que empezaba a abrirse ante ella.
Se acercó a la mesa donde descansaban los libros y los observó sin tocarlos aún, como si necesitara prepararse antes de dar el siguiente paso. Respiró hondo.
—Ahora sí… —murmuró para sí.
No era sólo leer. Lo sabía. Era entrar en las entrañas de la historia y sentirla… dejar que la atravesara.
Se recogió el pelo con un bolígrafo y comenzó a ordenar el espacio con intención. Apartó todo lo innecesario, dejando únicamente lo esencial: el incunable, el manuscrito de Balbina, su cuaderno y un lápiz. Después ajustó la luz, buscando una claridad limpia, sin sombras.
Cerró los ojos dejando que viniera a su mente la frase en latín: «la humildad abre las puertas». Respiró lentamente, más consciente. Cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba la prisa de antes. Había algo distinto en su mirada. Atención y, sobre todo, respeto.
Extendió primero el manuscrito de Balbina, y luego, a su lado, el incunable; paralelos. Como si, por fin, se encontraran uno con el otro. Laura abrió el manuscrito de Balbina y un soplo de nostalgia la recorrió.
Al deslizar los dedos por las páginas que ya conocía, revivió la imagen de la niña, la mujer que la recogía con cuidado, la mirada de Balbina desde la distancia, llena de amor silencioso.
Sabía que alguien la cuidaría bien, que había surgido un amigo fiel para Balbina: fray Bernardo. Era un hilo, pequeño pero firme, que la conectaría con su hija. Laura siguió leyendo, y las palabras la transportaron a la inquietud de Balbina.
Heme aquí, sola, sin consuelo. Meses han pasado desde que posé a la niña en la puerta.
La amo por ser mía y la rechazo por ser engendrada de aquel malnacido.
Y, aun así, deseo con toda mi fuerza que sea sana y guardada, aunque mi amor no sea cumplido.
Fíome del fraile Bernardo. Me ha jurado, por la santa fe, que la criatura quedará seis inviernos en aquella casa.
Después la llevará al convento, donde guiará cada paso de su vida.
Yo tendré algún contacto con ella, más nunca sabrá que soy su madre.
Seis inviernos con temor y esperanza entrelazados en el pecho.
Dejé de escribir. Mis manos no sostenían tanta ausencia.
Seis inviernos han pasado como seis cuchillos.
Entregué el anillo de ónice y oro a Fray Brenardo, envuelto en lino manchado. Él lo escondió en un cofre viejo bajo la cama.
Y allí, por primera vez, vi escrito su nombre: Beatrice De Médici, hija de Balbina de Fiesole, y de Petrus filius Magnifici Laurentii. Mi tripa dio un vuelco solo con verlo.
Pedí a Fray Bernardo ocultar su identidad hasta que la niña fuera mayor.
He de escribir una carta a mi hija Beatrice, y la dejaré aquí, entre estas páginas, para que, al leerlas, sepa que fray Bernardo guardará esta verdad.
A mi amada hija Beatrice.
Hija mía, si estas palabras llegan a tus manos, es porque ha llegado el momento de que conozcas la verdad que durante tantos años guardé en silencio.
Te alejé de mí no por falta de amor, sino para protegerte.
Viví dividida entre el rechazo y el amor, porque en tus ojos almendrados creía ver el rostro de quien me hirió. No era hacia ti, sino hacia el dolor que moraba en mis entrañas. Y por ello he cargado una culpa que me ha acompañado toda la vida.
Perdóname, hija mía. La vida, en su sabiduría, puso en tu camino aquello que yo nunca tuve.
Creciste entre una familia sencilla, numerosa, animales, naturaleza, y aprendiste lo esencial: la sencillez, el calor humano y la verdad de las pequeñas cosas.
Después, Fray Bernardo cultivó en ti el arte, las letras, la filosofía, las matemáticas y, ante todo, tu parte espiritual. Allí donde yo fallé, él supo darte lo que necesitabas.
Debo confesarte algo que me oprime el alma.
No eres quien te han hecho creer.
Tu origen no nació del amor, sino de la violencia.
Aquella noche, mi dueño y señor me tomó por la fuerza sin que ningún grito mío importara.