JURAMENTO DE SANGRE #2
Tardó un poco en darse cuenta de que algo andaba mal. Ella había hundido el rostro en el pecho de Livier y sus manos temblorosas lo sujetaban de las solapas de su gabardina. Pero Livier estaba rígido. Sus brazos descansaban a sus costados.
Dara se separó un poco para mirarlo.
En los ojos de Livier había una tempestad. Su expresión era tan sombría, tan desconocida, que Dara tuvo que retroceder un par de pasos.
—¿Qué sucede? —preguntó; su voz salió como el más débil susurro.
Él la miraba, pero no decía nada.
—Livier, ¿qué sucede? —Esta vez fue casi como un grito.
—Vine a despedirme.
Dara creyó no haber escuchado bien.
—¿Qué?
—Vine a despedirme —repitió Livier con firmeza—. Porque cuando sepas lo que hice, no querrás volver a verme.
Dara se tambaleó un poco. Las palabras de Livier la desestabilizaron y tuvo que aguardar unos segundos antes de hacer cualquier cosa. El corazón le golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado.
—¿Despedirte? —exclamó ella, con la voz temblorosa—. ¿De qué hablas? ¿Qué hiciste?
Quiso retirar la última pregunta. No sabía si estaba preparada para escuchar la respuesta. El mismo jardín parecía contener la respiración.
La expresión de Livier se quebró, pero solo durante un parpadeo. Su rostro se endureció de una forma que Dara no estaba acostumbrada a ver. No le gustaba. Sabía que algo malo venía, pero nada la preparó para la siguiente declaración.
—Me uní a la Sociedad del Alma y la Rosa.
Las palabras fueron claras, pero tardaron un instante insoportable en adquirir significado.
No.
No podía ser.
El aire se volvió ceniza y comenzó a ahogarla. Era espeso y no le pasaba por las vías respiratorias. Dara volvió a retroceder mientras negaba con la cabeza, como si eso fuera a deshacer lo que Livier acababa de decir.
—No es verdad —exclamó, porque era lo único que tenía sentido para ella.
—Dijimos que no habría secretos entre nosotros. Preferí que te enteraras de mi propia boca —contestó Livier.
Dara volvió a negar con la cabeza, esta vez con más vehemencia. Su corazón la atacaba con tanta violencia que amenazaba con atravesarle el pecho. Quería ayudarlo y arrancarlo ella misma.
¿Qué había ocurrido? ¿Qué lo orilló a eso?
—Ella te obligó, ¿no es cierto? —exclamó Dara; era lo único que tenía sentido.
Conocía a Livier. A su Livier. El jamás se habría unido a la Sociedad del Alma y la Rosa, no por voluntad propia. Esto tenía que ser un juego sucio de la archimaga.
—Eso no es relevante.
—¡Claro que lo es! —gritó Dara—. Si la archimaga te obligó, podemos enfrentarla juntos. No tienes que…
—Ya hice el juramento de sangre —la interrumpió Livier.
El impacto no cayó sobre Dara como un golpe. Se abrió paso lentamente, como una espada atravesándole las entrañas. El jardín se estaba tiñendo de rojo. La herida era tan grande que era capaz de pintar toda la tierra de carmesí.
Un juramento de sangre no podía romperse con nada. Solo la muerte podía deshacerlo. Era lo más sagrado que existía en Liyia. Era una magia ancestral que forzaba a los involucrados a cumplir con lo pactado.
¿Por qué?
Se dio cuenta de que no había hecho la pregunta en voz alta y tuvo que buscar su voz para expresarla.
—¿Por qué? —dijo y sonó desgarrada, como toda ella se sentía.
—Nunca te dije que no me iba a unir. Tú lo asumiste —respondió él.
Livier estaba siendo deliberadamente cruel. Él jamás era así, no con Dara.
Tenía la certeza de que algo había ocurrido durante su ausencia. Algo grande. Algo horrible. Pero ¿qué sentido tenía entender las razones de Livier si ya era demasiado tarde? El juramento de sangre estaba hecho. Cualquiera que hubiera sido su motivo, no tenía importancia. Ya no había vuelta atrás.
Esa verdad la hizo quebrarse.
El suelo bajo sus pies desapareció, como si el mundo hubiera decidido dejar de sostenerla.
Buscó algo a lo qué aferrarse: rabia, odio, rencor, cualquier emoción conocida para ella.
Cualquier cosa para no caer. Pero no lo encontró.
En su interior solo había dolor en su estado más visceral.
Un dolor vivo que la consumía desde adentro.
Dara era experta en dolor.
Pero no así, no de esta forma.
Acababa de perder el lugar donde había permitido dejar descansar a su corazón.
—Tienes razón —exclamó Dara con toda la entereza que pudo conjurar—. No quiero volver a verte.
Livier asintió. Sus ojos lucían muertos.
—Cuídate mucho —dijo él.
Esas palabras sellaron el adiós.
El alma de Dara se hizo añicos.
Sin decir nada más, Dara se arrancó a correr. Tenía que salir del jardín porque todo ahí era Livier. Porque respirar ceniza era insoportable. Porque no iba a permitir que la viera llorar. Él acababa de perder ese derecho.
Pudo escuchar los maullidos de Penélope y la sintió aterrizar en su hombro justo antes de cruzar el umbral.
La rodeó con su brazo libre y corrió. Corrió por la azotea de la catedral, por las escaleras, por los jardines de la academia.
Corrió hasta llegar a su dormitorio porque necesitaba dejarse caer.
Tan pronto cerró la puerta, su cuerpo dejó de responder y se desmoronó.
Cayó de rodillas al suelo y un sollozo se le escapó de la garganta, seguido de un grito que la desangró por completo. Ya no pudo contener las lágrimas y las dejó salir. Lloraba y Penélope trataba de consolarla, pero no había nada que la nebelum pudiera hacer por Dara.
Nadie podía hacer nada por ella.
—¿Dara? ¿Qué pasó?
Catriona entró al dormitorio y se arrodilló frente a ella. Al ver su estado, no le hizo más preguntas; solo la rodeó con sus brazos y la dejó llorar sobre su hombro. Dara lloró mientras Catriona le acariciaba el cabello y le repetía que todo iba a estar bien.
Pero eso no era cierto. Nada iba a estar bien. Su corazón, aferrado, apenas estaba entendiendo la gravedad de lo que Livier había hecho. Y Dara sabía cómo se sentía un corazón roto, pero Livier le había destrozado el alma entera.
Cuando Dara se quedó sin lágrimas, tomó una decisión.
—Voy a ir contigo a Finvelle.
Iba a alejarse de la Academia Valrose para darle tiempo a su corazón de endurecer esa parte que le había entregado a Livier. Y si todo el órgano se volvía piedra, que así fuera.
No iba a permitir que esa traición la detuviera. Iba a continuar con sus estudios mágicos como aprendiz de segundo año. Iba a seguir trabajando con la resistencia. Iba a cumplir con la venganza que llevaba años en espera.
El dolor tendría que ser aplastado por la ira. La ira era lo que siempre había impulsado a Dara a seguir. A salir adelante. Y, tal como ya lo había decidido, esta vez no solo iba a sobrevivir. Ya no quedaba nada de esa Dara a la que no le importaba dejar de existir.
Iba a vivir.
Iba a tomar su alma rota y con ella iba a convertirse en la rompealmas que era.
Iba a ver a la archimaga arder.
Esa noche, antes de dormir, Dara se quitó el relicario de su madre. Lo dejó a un lado de su almohada y cerró los ojos. Si quería dominar su magia de alma, tenía que aceptar los sueños. Era momento de reconocer quién era.
¿La Sociedad del Alma y la Rosa planeaba exterminar a todos los rompealmas? Que lo intentaran.
De ahora en adelante, Dara Rennai iba a soñar.
FIN DEL PRIMER LIbrO