Capítulo 5 #2
Eso debería aliviarme. A cualquiera lo aliviaría: el deudo que no quiere cobrar es la mejor noticia que puede recibir un reo.
A mí me hunde. Porque yo no he bajado a este sótano a salvarme.
Bajé a pagar, y llevo tres días esperando la única factura de mi vida que tenía esperanza de saldar entera.
Tres años cargando una deuda que me deshacía por dentro, y el sábado era la fecha de vencimiento, la única factura de mi vida que iba a poder saldar entera.
Si Iván duda, si la familia se ablanda, si me dejan vivir, entonces la deuda de Marina se queda abierta para siempre, y yo me quedo con ella dentro hasta que me muera de viejo, que es la peor condena que existe: la cadena perpetua de deberle algo a un muerto.
Hay una palabra para deberle algo a un muerto que nunca podrás pagar: ninguna, no la hay, y esa ausencia es justo el problema.
A los vivos se les paga. A Nikolai le pago el sábado.
A Viktoria le pago manteniéndome lejos. Pero a Marina, ¿cómo?
No puedo devolverle la vida, no puedo devolvérsela a Iván, no puedo ni pedirle perdón porque no está.
La única factura que el sábado saldaba, de refilón, era esa: morir era lo más parecido a ponerme yo en el platillo donde la puse a ella sin querer.
Una vida por una vida. No justo, pero al menos simétrico.
Y la simetría es lo único que un hombre de cuentas tiene en lugar de paz.
El verdugo que se niega a serlo no me perdona. Me deja la cuenta abierta para siempre, y una cuenta que no cierra es lo único que de verdad me da miedo. Más que el sábado. Mucho más.
Cierro los ojos. Desde que me encerraron aquí, es la primera vez que lo que quiero no es que esto termine. Es que termine como debe. Que alguien, arriba, tenga el valor de cobrarme lo que debo.
No sé cuánto tiempo paso así. En el sótano no hay reloj y yo dejé de contar el día que bajó Viktoria; algo se me descuadró entonces en la maquinaria y no he vuelto a ponerla en hora.
Lo que me saca no es un pensamiento. Es un sonido.
Arriba, lejos, fuera de la casa: sirenas.
No las de la dacha —la dacha no tiene sirenas, tiene hombres y perros—.
Sirenas de ciudad, de las que no deberían oírse a tres horas de Nueva York.
Tardo un segundo en entender que no las oigo de fuera.
Las oigo de dentro, por un teléfono, por una radio, multiplicadas, subiendo por el hueco de la escalera con el ruido de pies que de pronto corren arriba.
Una casa en calma y una casa en peligro suenan distinto. Lo aprendí bajo una escalera de Brighton Beach con quince años. Lo que oigo ahora es lo segundo.
Alguien baja la escalera del sótano. Rápido, pesado, sin cuidado ninguno. Boris.
Boris no baja nunca. Boris vigila puertas, conduce coches, guarda secretos de pie. Que Boris baje corriendo a este sótano significa que arriba ha dejado de haber alguien más importante a quien proteger, y eso solo pasa cuando la casa entera se ha puesto a arder a la vez.
Abre la puerta de un empujón. Trae el gesto de un hombre que acaba de ver el principio de algo.
—Han atacado el Nochnoy —dice, sin aliento—. Y la oficina de Midtown. Las dos. A la misma hora.
No me pregunta nada. No sé por qué me lo cuenta a mí, el preso, el traidor, el que sobra.
Quizá porque soy el que no está corriendo, y un hombre asustado necesita decírselo a alguien quieto.
O quizá —y esto es más probable, conociéndolos— porque alguien arriba, sin admitirlo, todavía me considera el que sabe leer estas cosas.
Y las sé leer. Es lo que no me han esposado.
Tres años dentro de la cabeza de Zakharov, pagando cada semana por mirar desde ahí, me dejaron algo de valor entre tanta ruina: sé cómo piensa.
Sé lo que hará antes de que lo haga, igual que él lo sabía de vosotros gracias a mí.
La diferencia es que ahora esa moneda juega de vuestro lado. Si me dejan gastarla.
Dos objetivos. A la misma hora. El club y la oficina.
Llamativos los dos, sangrientos los dos, y ninguno de los dos toca a la familia: ni la dacha, ni las cuentas reales, ni a nadie de sangre.
Un golpe doble, ruidoso y hueco. Lo miro y veo lo que vería cualquiera que haya pasado tres años dentro de la cabeza de los Zakharov pagando por mirar.
—No es un ataque, Boris —corrijo, y mi voz suena rara de tan tranquila en mitad de su pánico—. O no solo. Es una prueba.
—¿Qué?
—Quieren ver cómo respondéis. —Me incorporo todo lo que la cadena me deja, porque esto sí puedo pagarlo; esta lectura es una de las pocas monedas que me quedan—.
Piensa, Boris. Durante tres años Zakharov supo de antemano cada movimiento de esta familia, porque yo se lo contaba.
Sabía cómo reaccionaríais a un golpe antes de que reaccionarais.
Eso se le acabó hace una semana, cuando me cogisteis.
Ahora está ciego él también, cosa que no le pasaba en tres años.
¿Y qué hace un hombre listo cuando se queda ciego?
No ataca a fondo. Tira una piedra y escucha el eco.
Boris frunce el ceño. Me deja seguir, que es más de lo que esperaba.
—El Nochnoy y Midtown son la piedra. Dos sitios ruidosos, llenos de gente, lejos de la dacha y de las cuentas de verdad.
Si vais corriendo los dos, divididos, gritándoos por la radio, Zakharov aprende lo que necesita: que sin mí esta familia se rompe en pedazos y va a apagar fuegos como un pollo sin cabeza.
Y entonces, cuando os tenga medidos, vendrá a por la dacha o a por una persona.
A por lo que le importa. Esto de hoy no es la guerra.
Es la regla con la que va a medir la guerra.
Boris me mira. En diecisiete años no me había mirado así: como a alguien que todavía sirve para algo.
—Sube —le digo—. Diles eso. Diles que no persigan los dos incendios a la vez, que es justo lo que esperan. Y diles otra cosa.
—¿Qué?
Pienso en Viktoria, arriba, en mitad de una casa que se acaba de convertir en blanco. Pienso en media vida de mantenerla viva de lejos, y en que ahora la guerra ha cruzado el océano y se ha plantado en su propia casa, donde ya no puedo filtrar nada para apartarla.
—Que la cuiden. A Viktoria. Que no se separe de Roman ni para dormir. —Bajo la voz, y por una vez no me importa lo que delate—. Eso decídselo de mi parte. Les va a sonar raro viniendo de mí. Da igual. Que la cuiden.
Boris asiente, despacio, y algo se le mueve en la cara que no le había visto nunca. Sube los peldaños de dos en dos.
Me quedo solo otra vez. Arriba corren, gritan, una puerta golpea, el generador cambia de tono. La guerra ha llegado, y me ha pillado donde tenía que pillarme: encadenado a una tubería, sin poder hacer nada por la única persona por la que haría cualquier cosa.
Es casi justo. Llevo toda una vida protegiéndola desde la sombra, sin que lo supiera, decidiendo por ella lo que podía soportar.
Igual que Nikolai, exactamente igual, los dos creyéndonos con derecho a ahorrarle su propia vida.
Y ahora el mundo me ata a una tubería y me obliga a mirar, sin poder mover un dedo, cómo otros hacen a la luz lo que yo hice a oscuras.
Si hubiera un dios de las cuentas, sería este su sentido del humor: ponerme a ver, maniatado, el precio que cuesta amar a alguien sin pedirle permiso.
A lo mejor la deuda se paga así de verdad. No el sábado, no de un tiro.
Con esto.