Capítulo 4
Los consejos de mi familia tienen una coreografía.
La aprendí de niña, espiando por la rendija de esta misma puerta: mi padre sentado a la cabecera, los demás de pie, las decisiones bajando de arriba abajo como baja el agua, sin preguntarle al suelo si le apetece mojarse.
Un consejo Sokolov no es una conversación.
Es un hombre pensando en voz alta mientras los otros aprenden de memoria lo que ya ha decidido.
No dormí bien. A las ocho ya estaba mi madre en la cocina, que rehacía por tercera vez una masa que no pensaba cocer, y al preguntarle qué se decidía arriba me contestó sin volverse: «Lo que tengan que decidir los hombres.
Yo solo cuento los platos que sobran». Mi madre lleva cuarenta años fingiendo que no manda en esta casa.
Es la mentira mejor sostenida de la familia, y la que todos respetamos.
Por eso, cuando entré en el salón a las once de la mañana sin que nadie me llamara, lo primero que vi no fueron las caras. Fue la geometría.
Estaban sentados. Todos. Nikolai no presidía de pie: ocupaba el sillón de papá, sí, pero echado hacia delante, los codos en las rodillas, en postura de escuchar, no de dictar.
Dimitri no paraba quieto delante de la chimenea, de la pared al sofá y vuelta, que es lo que hace cuando estar sentado le quema por dentro.
Alexei, en el sofá, con una carpeta cerrada sobre las piernas y las gafas en la mano, que limpiaba con un pañuelo, que es lo que hace Alexei cuando lo que va a decir no le gusta ni a él.
Roman, de pie en el rincón más alejado de la ventana, donde la pared le cubre la espalda; ese hombre no se sienta en una habitación con ventana desde que volvió de donde volvió.
E Iván, el pequeño, en el otro extremo del sofá, encogido dentro de un jersey que le venía grande, con la vista perdida en el regazo.
Una composición rota. En una sala bien colgada, la mirada del que entra va sola hacia el centro. Aquí no había centro. Cada uno tiraba de la vista hacia un rincón distinto, y eso, en mi oficio, significa una sola cosa: que la pieza está mal montada porque el que la montó no tenía clara la historia.
Mi familia no tenía clara la historia. No los recordaba así jamás.
—Llegas a tiempo —saludó Nikolai, y no me echó. Esa fue la segunda señal. La primera había sido la silla de papá usada para escuchar.
Me quedé de pie junto a la puerta. La distancia de Sasha, pensé, y aparté el pensamiento.
—Estábamos decidiendo —siguió mi hermano— qué hacemos el sábado.
—No —dije—. Estabais decidiendo si la regla cuatro aplica. Que no es lo mismo.
Alexei levantó la vista de sus gafas. Dimitri dejó de andar.
—Mira la galerista —dijo Dimitri, sin malicia, casi con alivio de tener algo que no fuera el silencio—. Seis años en Londres y vuelve sabiéndose el reglamento mejor que nosotros.
—El reglamento me lo sé desde antes de Londres. Lo recitabais en la mesa como otros rezan.
—Pues entonces te lo sabes entero. —Dimitri se plantó, abriendo los brazos, los nudillos todavía marcados—. Regla cuatro. Traicionar a la familia es sentencia de muerte. Sin excepciones. Lo dijo papá, lo dice Kolya, lo digo yo. No hay debate. Hay un calendario.
—Hay un debate —apuntó Alexei, suave, sin levantar la voz—, porque si no lo hubiera, no llevaríamos tres días sin votar.
Y ahí estaba la grieta, dicha en voz alta por el más frío de todos. Vi a Dimitri encajarla como un golpe bajo.
—¿Tú también, contable?
—Yo no tomo partido. —Alexei se puso las gafas, por fin: su manera de armarse—. Yo expongo. ¿Queréis que exponga?
Nadie dijo que no. Alexei abrió la carpeta.
—Hechos. Uno: Sasha Morozov no es Sokolov de sangre.
La regla cuatro dice «la familia». Si la interpretamos en sentido estricto, no le aplica, porque no es familia: es un soldado, y para los soldados que traicionan hay otra cosa, que tampoco es bonita, pero no es esta mesa.
Dos: si la interpretamos en sentido amplio, lo es más que cualquiera, porque lleva diecisiete años en esta casa y le confiamos cosas que no le confiamos ni a los primos.
No podemos tener las dos cosas. O es familia para morir y entonces lo era para todo, o era soldado para todo y entonces no le toca esta muerte.
—Le toca —soltó Dimitri—. Y os voy a decir por qué, sin carpetas.
Yo metí a dos hombres en la tierra el martes.
A Lyova le escribí yo la carta a su madre, porque no había nadie más que supiera hacerlo sin faltar.
¿Sabéis lo que es eso? Y por encima de mis dos muertos, está Marina.
Iván sin Marina. Eso no lo arregla ninguna interpretación de Alexei.
La cuatro existe justo para esto: para que no tengamos que mirarnos a los ojos y decidir a quién queremos más.
Se cumple y se acabó. Por eso papá la dejó escrita: para ahorrarnos esta sala.
—Espera. Tres. —Alexei pasó una página que no necesitaba pasar; es su manera de mandar callar sin mandar callar—.
Lo que sabe. Sasha conoce rutas, cuentas, nombres, tres cajas de seguridad y dos jueces.
Vivo y fuera, es el hombre más peligroso para nosotros que existe sobre la tierra.
Muerto, ese peligro se entierra con él. Legalmente, esto no es una cuestión de justicia.
Es una cuestión de contención. Y la contención más limpia es la definitiva.
Lo digo porque es verdad, no porque me guste.
—Por fin algo sensato —concedió Dimitri.
—No he terminado. —Alexei cerró la carpeta—.
Cuatro, y este no está en ningún papel. Si lo matamos por traición, sentamos que en esta familia se mata al que rompe la regla cuatro.
De acuerdo. Pero hay alguien en esta sala que también la ha rozado por una mujer, y no doy nombres porque no hace falta.
El día que matemos a Sasha por elegir a una persona por encima de la familia, le estaremos firmando la sentencia, por adelantado, al próximo de nosotros que haga lo mismo.
Y en esta familia, por lo visto, lo hacemos todos.
Silencio. Roman, en su rincón, no movió un músculo, pero todos supimos de quién hablaba Alexei, y Roman supo que lo sabíamos. Nikolai bajó la vista a sus manos. Hasta Dimitri se quedó sin réplica, porque Dimitri también tiene su nombre en esa lista, aunque el suyo acabara en boda y no en sótano.
Mi hermano Alexei mata con cuentas. Acababa de poner sobre la mesa la que nadie quería ver: que la regla cuatro, aplicada a Sasha, se volvía un cuchillo apuntando hacia dentro de la propia familia.
Cada uno de ellos había rozado esa regla por una mujer.
Dimitri escondió a Sara de los Zakharov cuando aún era una desconocida.
Alexei mató un artículo por una periodista.
Roman… de Roman mejor no hablar. Y Nikolai, el que dictó la regla con más dureza, había entregado pruebas de su propio imperio a una fiscal federal porque se había enamorado de ella.
La cuatro la habían incumplido todos. Solo que a ellos les había salido bien, y al que no era de sangre le había salido sótano.
Esa asimetría flotó en la sala sin que nadie la nombrara. La vi pasar por la cara de cada uno como pasa una nube por un campo: y los fue oscureciendo por turnos.
Nikolai no había hablado apenas. Lo miré con mi ojo de tasar y vi lo que nunca le había visto: el pakhan que decide guerras entre plato y plato, parado.
Le daba vueltas al reloj de nuestro padre, adelante y atrás sobre la muñeca, ese tic suyo de cuando una decisión no termina de cuajarle.
Dos veces, por lo menos, Sasha le había sacado el cuerpo de en medio de una bala.
Una en el muelle de Red Hook, lo sé porque lo contó Dimitri borracho una Nochevieja.
La otra no la sé, pero la llevaba mi hermano en la cara.
Un hombre no manda matar fácil a quien le ha regalado los años que lleva viviendo de más.
—Roman —dijo Nikolai por fin—. No has dicho nada.
Roman tardó. Cuando habla, la sala se inclina hacia él sin querer; es el de la familia que consigue que el silencio trabaje a su favor en vez de en su contra.
—Sasha me sacó de un edificio en Grozni con la pierna abierta —respondió—.
Cargó conmigo cuatro kilómetros. No le debo el voto.
Le debo no fingir que esto es fácil. —Una pausa—.
Matadlo si hay que matarlo. Pero que nadie diga en esta sala que es un traidor cualquiera, porque mentiríamos, y no quiero empezar a mentirnos entre nosotros. Eso sí que nos mata a todos.
Y volvió a su silencio, habiendo dejado claro, sin necesidad de levantar el brazo, que no pensaba levantarlo. Lo noté. Lo archivé con el resto del inventario de la sala: Roman no votaría muerte. Solo se negaba a votar la mentira.
Quedaba Iván.
Todos lo sabíamos, aunque nadie lo dijera.
Las miradas, que un momento antes tiraban cada una hacia su rincón, empezaron a recalar despacio en el chico del jersey grande, el más joven, el que escribe libros que ninguno entiende y que ahora tenía los ojos clavados en sus propias manos como si guardaran una respuesta que no terminaba de salir.
Porque Iván era el hermano de Marina. Y la información de Sasha, medida, dosificada, vendida a plazos para mantenerme a mí respirando en Londres, había sido el hilo que llevó a los Zakharov hasta ella.
—Vania —dijo Nikolai, con una suavidad que no le había oído nunca, una suavidad que daba más miedo que sus susurros—. Nadie te va a pedir que decidas hoy.
—Pues alguien debería. —Iván habló por primera vez, y la voz le salió ronca de no usarla—.
Soy yo, ¿no? Al final soy yo. Todos estáis mirándome.
Lleváis tres días mirándome de reojo y haciendo como que no.
Soy el que tiene que decir si lo mato o lo perdono, porque es mi…
—Se le rompió la palabra. La dejó rota—. Porque era ella.
Nadie respiró.