El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 23 — LA EXTRACCIÓN AÉREA EN HELICÓPTERO
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CAPÍTULO 23 — LA EXTRACCIÓN AÉREA EN HELICÓPTERO

A las diez de la mañana, mientras el carguero neutralizado terminaba de amarrar sus estachas en el muelle de Zierbena, una galerna cantábrica imprevista de fuerza nueve sacudió el litoral vasco con rachas de viento de cincuenta y cuatro nudos y olas rompientes de más de siete metros de altura.

—¡Mayday de la embarcación científica Itsas-Ikerketa II del centro tecnológico AZTI!

—transmitió la voz entrecortada del patrón a través de la estática de la radio—.

Hemos sufrido un fallo catastrófico del motor principal por contaminación del combustible diésel y la rotura del timón de popa.

El viento nos arrastra hacia los bajos rocosos de la ensenada de Armintza , a menos de trescientos metros de los cantiles.

¡Tenemos cinco tripulantes a bordo, una de ellas con traumatismo craneoencefálico grave y fractura abierta de fémur por el golpe de la botavara!

El oficial de guardia de Salvamento Marítimo evaluó la situación en la carta náutica digital.

—Las lanchas de salvamento no llegarán a tiempo antes de que el barco se estrelle contra las rocas sumergidas de Gaztelu. La única opción de supervivencia es la extracción aérea inmediata mediante helicóptero de rescate con grúa pesada.

En la base aeronaval de la Ertzaintza en Iurreta , el oficial Unai Etxebarria , como operador de rescate de grúa de operaciones especiales, y la doctora Miren Mendiluze , como médico de vuelo de soporte vital avanzado de Osakidetza, recibieron la orden de despegue inmediato.

—Tripulación de rescate aéreo Helis-01 , despegue autorizado con prioridad absoluta hacia la costa de Armintza —ordenó el centro de control.

A las diez y doce minutos, las dos turbinas Turbomeca Arrius 2B2 del helicóptero biturbina Eurocopter EC135 rugieron en la plataforma de Iurreta.

El comandante de vuelo despegó en ascenso vertical rápido, virando hacia el noroeste sobre el valle del Ibaizabal bajo un aguacero torrencial y techos de nubes bajas a solo doscientos metros de altitud.

En la cabina asistencial medicalizada, Miren Mendiluze y el enfermero especialista Gorka Larrazabal prepararon la bancada de soporte intensivo.

Comprobaron el respirador de transporte de alta gama Hamilton-T1 , el desfibrilador monitor Corpuls3 , el videolaringoscopio con pala de titanio GlideScope Ranger , las bombas de infusión presurizada y la mochila de cirugía de trauma aéreo.

Unai se colocó el arnés integral de rescate aéreo Petzl Falcon Mountain de cinco puntos de anclaje, el casco táctico de vuelo Gallet LH250 con visor antivaho y sistema de comunicación por cable de interfono, y revisó el mosquetón de triple seguridad del torno de salvamento.

Miren ajustó el enganche del arnés de Unai, mirándolo a los ojos con la complicidad y el amor sereno que los unía en cada misión.

—Unai... el oleaje en Armintza estará levantando roiones de más de ocho metros sobre la cubierta. La científica herida tiene una hemorragia activa en el muslo y un Glasgow de ocho puntos. Cada minuto cuenta.

Unai tomó las manos de Miren, transmitiéndole una seguridad inquebrantable.

—La sacaremos de esa cubierta antes de que el barco toque las piedras, Miren. Prepárame el material de intubación y la tracción fémoro-pélvica para cuando la subamos a la cabina.

A las diez y veinticuatro minutos, el helicóptero sobrevoló la rompiente de la ensenada de Armintza.

El espectáculo era dantesco: el mar Cantábrico hervía en una masa de espuma blanca y olas colosales que embestían con violencia salvaje contra los acantilados de roca caliza.

La embarcación Itsas-Ikerketa II , un pesquero científico de doce metros de eslora, rolaba descontroladamente con bandazos de más de treinta y cinco grados de escora , aproximándose peligrosamente a los arrecifes cortantes de la restinga.

En la toldilla de popa, cuatro tripulantes con chalecos salvavidas reflectantes sujetaban desesperadamente a la científica herida, la doctora Arrate Larrea , tendida sobre el suelo mojado.

—Contacto visual con el objetivo —anunció el piloto por el intercomunicador de vuelo—. Mantendré vuelo estacionario a veinte metros de altura sobre la vertical de popa. Tenemos rachas cruzadas de viento de cuarenta y ocho nudos. Oficial Etxebarria, descenso autorizado.

Unai abrió la puerta corredera lateral del helicóptero.

El viento ensordecedor y la lluvia marina azotaron la cabina con una fuerza descomunal.

Unai se sentó en el patín de aterrizaje, enganchó el cable de acero galvanizado del cabrestante Goodrich de noventa metros y levantó el pulgar hacia el operador de grúa.

—¡Operador listo! ¡Descenso en tres, dos, uno...!

El cabrestante soltó cable a una velocidad controlada de un metro por segundo.

Unai descendió suspendido en el vacío sobre el abismo de olas rugientes, balanceándose con precisión gimnástica para compensar las turbulencias del flujo descendente de los rotores ( downwash ).

A dos metros de la cubierta, esperó el momento exacto en que una ola levantó la popa del barco, soltó el pie del estribo y aterrizó con perfecta amortiguación sobre la cubierta resbaladiza.

Hizo firme el cabo guía en la cornamusa de estribor para evitar que el cable de rescate se enganchara en los obenques del mástil.

—¡Rescatador a bordo! ¡Procedo a la clasificación y evacuación de víctimas! —transmitió Unai por el micrófono de su casco.

Con movimientos rápidos y metódicos, Unai evaluó a los cuatro marineros y biólogos ilesos.

Desplegó dos triángulos de izado rápido de rescate Petzl Pitagor .

Enganchó al primer par de tripulantes por los arneses pectorales, conectó el mosquetón al cable de grúa y dio la señal de izado.

En menos de noventa segundos, los dos biólogos fueron elevados a la cabina del helicóptero, donde el enfermero Larrazabal los recibió y los aseguró en los asientos de transporte.

Unai repitió de inmediato la maniobra con el patrón y el motorista del buque, completando la extracción de los cuatro tripulantes en un tiempo récord de cuatro minutos.

—¡Cuatro rescatados a bordo del helicóptero! ¡Queda la víctima crítica en cubierta! —anunció el operador de grúa.

Unai se arrodilló junto a la doctora Arrate Larrea en el rincón más protegido de la popa.

La científica presentaba una pérdida de consciencia profunda con respuesta solo a estímulos dolorosos, respiración agónica y una deformidad masiva en el muslo derecho con fractura abierta de fémur y hemorragia arterial pulsátil por desgarro muscular.

Con sus tijeras tácticas, Unai cortó el pantalón impermeable y colocó de inmediato un torniquete de combate CAT Gen 7 en la raíz del muslo derecho, apretando el molinete hasta lograr el cese absoluto del sangrado arterial.

Rellenó la herida cavitaria con gasa hemostática impregnada de caolín QuikClot Combat Gauze , fijándola con un vendaje elástico presurizado Emergency Bandage .

Inmovilizó el miembro inferior con la férula de tracción Hare y colocó un collarín cervical rígido Ambu Perfit ACE .

Desplegó la camilla nido de rescate aéreo de titanio Ferno Titan Lite y transfirió a la paciente con técnica de bloque anatómico, asegurando su cuerpo con arneses de araña de cinco puntos y protegiendo su cabeza con el casco de rescate.

—¡Paciente inmovilizada y empaquetada! ¡Iniciando izado vertical de la camilla! —ordenó Unai por el intercomunicador.

El torno elevó la camilla nido suavemente hacia la panza del helicóptero.

Apenas la camilla superó la altura de los mástiles, una ola gigante de ocho metros embistió la proa del Itsas-Ikerketa II , partiendo las amarras de la caña y lanzando el casco del pesquero directamente contra la restinga de rocas de Gaztelu.

El barco encalló con un crujido espantoso de maderas y fibra de vidrio, comenzando a desintegrarse bajo la fuerza del oleaje.

Unai se enganchó al gancho de carga del cable auxiliar en el último segundo antes de que la ola barriese la cubierta por completo, siendo izado al aire mientras el agua marina cubría el pecio bajo sus pies.

—¡Rescatador y víctima a bordo! ¡Puerta cerrada y asegurada! —anunció el operador de grúa cuando Unai entró en la cabina del helicóptero.

El comandante de vuelo dio potencia máxima a las turbinas y viró de inmediato hacia el sureste, rumbo a la azotea del Hospital de Cruces.

En la cabina del helicóptero, a trescientos metros de altitud y a doscientos veinte kilómetros por hora, la doctora Miren Mendiluze inició las maniobras de soporte vital avanzado.

El monitor Corpuls3 reflejaba una situación crítica.

—Frecuencia cardíaca en ciento treinta y ocho latidos por minuto, presión arterial en setenta sobre cuarenta milímetros de mercurio, saturación periférica en setenta y seis por ciento con hipoventilación severa en el hemitórax derecho y timpanismo marcado a la percusión —dictaminó Miren con voz firme—.

Presenta un Neumotórax a Tensión Derecho secundario a fractura costal y shock hemorrágico Grado III.

Con un catéter de descompresión torácica ARS de catorce Gauge y ocho centímetros de longitud, Miren realizó una toracocentesis con aguja en el segundo espacio intercostal derecho sobre la línea medioclavicular.

Un silbido sordo de aire a presión escapó del tórax de la paciente, permitiendo la reexpansión pulmonar inmediata y la mejoría instantánea del retorno venoso al corazón.

—Tórax descomprimido. Procedo a la Intubación de Secuencia Rápida (ISR) —ordenó Miren.

Miren administró por vía intravenosa cien microgramos de Fentanilo, veinte miligramos de Etomidato y cien miligramos de Rocuronio.

Con el videolaringoscopio GlideScope , Miren visualizó las cuerdas vocales en la pantalla digital y deslizó un tubo endotraqueal del número siete con guía rígida a través de la glotis al primer intento.

Insufló el neumotaponamiento y conectó el tubo al respirador Hamilton-T1 en modalidad de ventilación protectora controlada por volumen.