CAPÍTULO 21 — LA CIRUGÍA DE COMBATE EN LA SALA DE MÁQUINAS
A las tres de la madrugada, cuando el registro pericial de la cubierta principal del buque nodriza parecía concluido, una detonación sorda y una ráfaga de fuego automático sacudieron las entrañas de acero del carguero fondeado en la bocana exterior del puerto de Bilbao.
El suboficial artificiero Joseba Agirre , que encabezaba la revisión de los generadores auxiliares para descartar trampas explosivas secundarias, recibió de lleno el impacto de tres proyectiles perforantes en el flanco derecho y en el hipocondrio.
El impacto rompió las placas de blindaje compuesto de su chaleco y le provocó un traumatismo penetrante abdominal masivo con lesión hepática y hemorragia arterial activa en la sentina.
En el puente de mando, el oficial Unai Etxebarria y la doctora Miren Mendiluze escucharon la transmisión de alarma en sus receptores.
Unai cargó su arma y se ajustó el casco táctico con una expresión de determinación gélida.
—Miren, quédate en el puesto médico de cubierta hasta que la zona esté despejada.
Miren se colocó el chaleco quirúrgico balístico y cargó al hombro su mochila de cirugía de combate Tasmanian Tiger Tac Modular Pack .
—Unai, si Joseba tiene una herida abdominal con sangrado arterial a ocho metros bajo la línea de flotación, no sobrevivirá a los doce minutos que costaría izarlo a cubierta. Bajo contigo ahora mismo.
Unai la miró a los ojos, reconociendo la misma templanza inquebrantable que compartían en cada batalla por la vida.
—Bajamos juntos. Cúbrete tras mi hombro en cada escala.
Unai y Miren descendieron por las estrechas escalas verticales de gato hacia las entrañas del buque nodriza.
El ambiente era asfixiante: la temperatura superaba los cuarenta y dos grados centígrados , el aire estaba saturado de vapores densos de fuelóleo pesado IFO 380 y el ruido ensordecedor de los compresores auxiliares generaba una presión sonora de más de noventa decibelios que hacía vibrar las planchas de acero.
En el descansillo del nivel menos dos, Aldai y dos operadores de Berrozi mantenían una cortina de fuego de supresión sobre la escotilla estanca del túnel del eje.
Unai se deslizó con rapidez milimétrica hacia la esquina del mamparo, lanzó una granada aturdidora CTS 7290 hacia el interior del túnel y avanzó disparando con precisión quirúrgica.
Los dos asaltantes, aturdidos por la sobrepresión y la luz cegadora, arrojaron sus armas y cayeron al suelo metálico, donde fueron neutralizados y engrilletados por los operadores de apoyo.
—¡Sector asegurado! ¡Zona limpia para el equipo quirúrgico! —anunció Unai por radio.
Miren se arrodilló de inmediato sobre las planchas metálicas de la sentina, empapadas de lubricante industrial y sangre fresca, junto al cuerpo inmóvil de Joseba Agirre.
El suboficial presentaba una palidez cactácea extrema, respiración superficial a treinta y cuatro respiraciones por minuto, pupilas mióticas reactivas y frialdad distal generalizada.
Con sus tijeras de trauma Leatherman Raptor , Miren cortó el mono de faena ignífugo y el chaleco balístico destrozado.
Tres orificios de entrada penetrantes de nueve milímetros se localizaban en el hipocondrio derecho, entre el noveno y el undécimo espacio intercostal sobre la línea axilar anterior, con sangrado rojo rutilante a chorro continuo que no cedía con compresión externa.
Miren palpó el pulso carotídeo, filiforme y débil, y conectó el monitor multiparamétrico de rescate Corpuls3 .
—Frecuencia cardíaca en ciento cuarenta y dos latidos por minuto con taquicardia sinusal extrema; presión arterial no registrable por método oscilométrico; saturación periférica de oxígeno en setenta y dos por ciento —dictaminó Miren con voz firme y serena—.
Shock hemorrágico Grado IV descompensado por traumatismo hepático penetrante y probable lesión de la vena cava retrohepática o ramas de la arteria hepática derecha.
La enfermera especialista Maite Bilbao canalizó una vía intraósea en la meseta tibial izquierda con la pistola EZ-IO y colocó un introductor femoral derecho de ocho French con guía ecográfica.
—Iniciamos protocolo de transfusión masiva 1:1:1 —ordenó Miren—.
Conectamos dos unidades de concentrado de hematíes O negativo y dos unidades de plasma fresco congelado liofilizado a través del calentador presurizado EnFlow a cuatrocientos mililitros por minuto.
Administramos un gramo de Ácido Tranexámico intravenoso en bolo lento de diez minutos para frenar la hiperfibrinolisis traumática.
Consciente de que el paciente entraría en la tríada mortal (acidosis metabólica, hipotermia y coagulopatía) en menos de cinco minutos si no se cohibía la hemorragia interna, Miren tomó la decisión más audaz de la medicina de urgencias táctica: realizar una Laparotomía de Control de Daños ( Damage Control Surgery ) en el mismo suelo de la sentina.
Desplegó el campo quirúrgico adhesivo estéril Ioban 2 impregnado de povidona yodada directamente sobre el abdomen del artificiero.
Con un bisturí desechable de hoja número 20, Miren realizó una incisión xifopúbica media de veinticinco centímetros en un solo trazo firme y limpio a través de la piel, el tejido celular subcutáneo y la línea alba.
Al abrir el peritoneo, un chorro masivo de más de dos mil mililitros de sangre oscura y coágulos desbordó la cavidad abdominal.
Miren introdujo la cánula de aspiración de Yankauer conectada a la bomba de succión portátil mientras evisceraba el intestino delgado hacia el lado izquierdo con compresas tibias para exponer el hipocondrio derecho.
—Visualizo rotura hepática estrellada Grado IV que compromete los segmentos VI, VII y VIII del lóbulo derecho con avulsión de ramas portales secundarias —anunció Miren introduciendo su mano izquierda enguantada en el espacio subfrénico—.
Procedo a la Maniobra de Pringle para el control vascular del hilio hepático.
Miren deslizó sus dedos a través del hiato de Winslow, pinzando con un clamp vascular atraumático de Satinsky el ligamento hepatoduodenal que contenía la arteria hepática propia, la vena porta y el colédoco.
En el instante en que el clamp ocluyó el flujo aferente al hígado, el sangrado masivo en la sentina se redujo en un ochenta por ciento de forma instantánea.
—Hilio hepático clampado. Tiempo de isquemia caliente iniciado a las 03:22 horas —registró la enfermera Bilbao anotando el cronómetro quirúrgico.
Aprovechando el control temporal del sangrado, Miren introdujo seis compresas de laparotomía radiopacas Ray-Tec en los espacios perihepáticos.
Colocó tres compresas firmemente impactadas sobre la cúpula diafragmática en el espacio subfrénico derecho para comprimir la convexidad del lóbulo hepático, dos compresas en el espacio hepatorrenal de Morrison por debajo de la cara inferior del hígado, y una compresa directa en el lecho de la laceración parenquimatosa.
Al retirar parcialmente la presión del clamp vascular tras doce minutos de isquemia, el lecho hepático demostró una hemostasia compresiva excelente sin resangrado arterial activo.
—El packing hepático está funcionando a la perfección —confirmó Miren inspeccionando el resto de la cavidad abdominal—. No hay perforaciones gástricas ni roturas esplénicas asociadas.
Para evitar el síndrome compartimental abdominal y permitir una rápida reapertura en quirófano, Miren colocó un sistema de cierre temporal con bolsa de laparostomía de Bogotá estéril fijada con sutura continua de polipropileno Prolene 2-0 a la aponeurosis.
—Abdomen contenido y protegido. La presión arterial asciende a cien sobre sesenta y cinco milímetros de mercurio, frecuencia cardíaca en noventa y ocho latidos por minuto con ritmo sinusal estable.
Unai, que había custodiado la entrada a la sentina durante cada segundo de la intervención sin apartar la mirada de Miren, exhaló un suspiro de admiración profunda.
—Has hecho un milagro con tus manos, Miren. Joseba está vivo.
Miren secó el sudor de su frente con la manga de su bata quirúrgica, mirándolo con una sonrisa cansada pero luminosa.
—Ahora tenemos que sacarlo de este pozo de acero y llevarlo volando al quirófano central de Cruces, Unai.
A las tres y cuarenta minutos de la madrugada, Unai Etxebarria y el cabo Aldai instalaron un polipasto táctico con cuerda semiestática de rescate Kousoku de once milímetros en el cáncamo de izado de motores de la sala de máquinas.
Inmovilizaron cuidadosamente a Joseba Agirre en la camilla nido de titanio Ferno Titan , fijando el monitor Corpuls3 y las bombas de infusión presurizada a la estructura rígida de la camilla.
Con movimientos sincronizados y suaves para evitar cualquier desplazamiento del empaquetamiento abdominal, los cuatro buzos tácticos izaron la camilla a través de las tres escotillas verticales hasta la cubierta principal del carguero.
El aire fresco y salino de la noche cantábrica recibió al equipo de rescate, disipando el calor agobiante de los motores diésel.
En la vertical del buque, las aspas del helicóptero de rescate biturbina Eurocopter EC135 de SOS Deiak 112 rugían sobre el oleaje embravecido del Abra.
El piloto de la aeronave mantuvo un vuelo estacionario impecable a quince metros de altura sobre la toldilla de popa del carguero, compensando las rachas de viento de treinta nudos.
El rescatador aéreo descendió por el cable de acero del torno de salvamento, enganchó el mosquetón de triple seguridad al arnés de cuatro puntos de la camilla nido y elevó a Joseba Agirre hacia la cabina asistencial medicalizada.
Miren subió tras la camilla asegurada por el cable del cabrestante, tomando asiento junto al paciente para monitorizar la ventilación mecánica y las presiones arteriales durante el vuelo.
Unai saludó a Miren con el pulgar en alto desde la cubierta del barco, antes de que el helicóptero virara hacia el sureste rumbo al helipuerto del Hospital de Cruces.
—¡Nos vemos en el quirófano, Miren! —le gritó Unai por encima del estruendo de los rotores.