El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Kedrium #7
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Kedrium #7

—Lo sería, seh, pero no pasará. Aunque me llevará mogollón de tiempo.

Idiotas. —Suspiró. Encajó una punta más pequeña en el punzón térmico y bajó la temperatura.

Durante un rato, no dijeron nada. Empezaba a agarrotársele el cuello de estar encorvada—.

Oye, eh… Escucha, sé que no te conozco de nada, pero ¿puedo hacerte una pregunta?

—Teniendo en cuenta lo que estás haciendo por mi nave, diría que tienes todo el derecho a preguntar lo que quieras.

—Cierto. —Mantuvo la mirada fija en el sellador—. Vale, verás; lo de las armas. Hemos acordado que esto es algo que haces a menudo.

—¿Te refieres a usar armas o que me apunten con ellas?

—Las dos cosas, supongo. Me refiero más bien a estar en situaciones donde la gente está cabreada y encima tienen armas.

—No estoy segura de que me ocurra a menudo. Pero sí más que a la mayoría, quizá.

—Suficiente para que no tengas miedo.

—Yo no he dicho eso.

—Sí lo has dicho.

—Dije que estaba familiarizada con ello. Es muy diferente.

—Pero ¿cómo dejas de estar asustada? O sea, cuando está ocurriendo.

—No te entiendo.

El borde superior del sellador empezó a brillar.

—Bueno, más o menos has dicho que era algo que podías tener bajo control. Quiero decir, si tienes un arma apuntando a alguien que te está apuntando a su vez, tienes que estar lo bastante serena para manejar la situación antes que el otro, ¿no?

—Esto… no funciona así. —Pei hizo una pausa—. ¿Es por elas akaraks?

—Te lo han contado.

—Sí. ¿Todavía te agobia?

Kizzy se lamió los labios. «A la mierda. Puede que estemos muertas en una hora».

—No he sido capaz de dormir mucho desde que pasó, y no encuentro la forma de sacar el tema con la tripulación.

Y estoy cansada, vamos, tan cansada que me crujen los huesos, pero me da tanto miedo despertarme ante extraños que me apuntan con armas que no puedo dormir.

Tengo que aturdirme con gotas, o trabajar trabajar y trabajar hasta que caigo rendida.

Y sé que es estúpido. Sé que lo que nos pasó es muy inusual, y puede que no nos pase nunca más.

Pero me asusta más eso que este muro de la muerte al que estoy mirando ahora mismo.

Yo solo… No me aclaro, y estoy un poquito cabreada conmigo por ello.

—El olor acre del sellador fundido le cosquilleó la nariz.

Hurgó con el dedo en la junta. Viscoso, pero todavía pegado.

Torció el gesto—. Estrellas, deshazte de una vez.

—Se colocó tras la oreja un mechón de pelo suelto—.

Perdona. No debería estar dándote la brasa. Debo sonar muy tonta.

—No suena a tontería. Aunque me pregunto por qué me lo estás contando a mí.

—Porque tú sabes de esto. Pensé que quizá… Solo quiero saber cómo puedo vivir sabiendo que este tipo de mierda está ahí fuera y no tenerle miedo.

Pei no dijo nada durante un instante.

—Kizzy, tengo miedo de todo, todo el tiempo.

Tengo miedo de que derriben mi nave cuando tengo que aterrizar en un planeta.

Tengo miedo de que se quiebre el chaleco armadura durante un combate.

Tengo miedo de que la próxima vez que tenga que sacar el arma, el otro tipo sea más rápido.

Tengo miedo de cometer errores que podrían hacer daño a mi tripulación.

Tengo miedo de que los biotrajes tengan fugas.

Tengo miedo de que las verduras no estén bien lavadas. Tengo miedo de los peces.

—¿De los peces?

—No has visto los peces en mi colonia nativa. Dientes diminutos.

—Pero ¿cómo lo afrontas?

—¿Afrontar el qué?

—Tener miedo a todo eso.

—Quieres decir que cómo es que yo puedo dormir y tú no. ¿Eso es lo que preguntas?

—Seh.

—No lo sé. Quizá es distinto para nosotros.

Al fin y al cabo, somos especies diferentes.

—Se detuvo—. O quizá porque nunca pensé en preguntarle a alguien lo que tú me preguntas.

Nunca pensé en el miedo como algo que pueda eliminarse.

Simplemente está ahí. Me recuerda que quiero seguir viva. Eso no me parece algo malo.

—Un momento, pausa —dijo Kizzy. El sellador derretido empezó a gotear en el suelo.

«Al fin». Cogió del cinturón unos alicates finos y sacó el cable por el pringue transparente.

Se puso las lentes y examinó el fulminante.

Caliente, pero no tanto como para causar problemas.

Asintió satisfecha, cortó el cable y se limpió la porquería en los pantalones—.

Vale, ya está. —Alzó la mirada hacia el pasadizo, donde pequeñas lucecitas amarillas parpadeaban expectantes—.

Esto puede sonar raro, pero es muy agradable saber que te dan miedo los peces. Y el resto de cosas.

A Kizzy no le resultaba demasiado fácil leer el rostro de Pei, pero la mujer parecía divertida.

—Me alegro, aunque no estoy segura de entenderlo. No creo que haya respondido a tu pregunta.

—Lo has hecho. —Chasqueó los nudillos y retiró el fulminante—.

Me da mucha rabia que esta sea la primera vez que te vemos.

Sobre todo, dadas las circunstancias. —Desvió la mirada hacia Pei—.

Sé que es difícil para ti, pero puedes venir y quedarte con nosotros cuando quieras.

Pienso en cierto capitán exodano al que le encantaría.

—A mí también me encantaría —dijo Pei. Guardó silencio un instante. Las mejillas se le pusieron naranja—. Quizá en alguna ocasión. —Suspiró e hizo un gesto con la cabeza hacia el pasadizo—. Pero antes, evitemos que mi nave salte por los aires.

Jenks se echó para atrás, dejando que el peso de la caja de tornillos que llevaba en brazos cayera contra su pecho.

Salió del montacargas cargando la caja con los brazos doloridos y lo llevó por el pasillo hasta la Pecera.

Ashby estaba sentado en un banco del jardín, mirando por la ventana la manchita que era la nave de Pei.

Jenks rodeó el banco y se quedó de pie donde Ashby podía verlo.

—Hola —saludó.

Ashby lo miró.

—Hola.

Jenks volcó la caja. Los tornillos repiquetearon por el suelo como una lluvia pesada.

—Hay varios cientos de tornillos. Todos tienen diferentes formas y tamaños, y Kizzy siempre los guarda en una sola caja. Me vuelve loco.

Ashby parpadeó.

—¿Por qué están en el suelo?

—Porque vamos a ordenarlos. Vamos a ordenarlos en estupendas y pulcras pilas. Y luego vamos a coger esas pilas y las vamos a poner en cajas más pequeñas, para que cuando necesite un tornillo no tenga que estar rebuscando.

—Ya veo. —Ashby volvió a parpadear—. ¿Por qué estamos haciendo esto?

—Porque algún imbécil los ha desparramado por todo el suelo y hay que recogerlos.

Y si hay que recogerlos, mejor que los ordenemos, ya que estamos.

—Jenks se sentó apoyado cómodamente contra un tiesto.

Empezó a escoger los tornillos—. Verás, mi mejor amiga en toda la galaxia se encuentra en otra nave, encajada tras una pared, desarmando explosivos caseros.

Está oscuro ahí dentro, y seguro que tiene los dedos doloridos tras toquetear todos esos cablecitos, y yo estoy cagado de miedo por la posibilidad de que algo vaya mal, porque de verdad que no sabría qué hacer sin ella.

Y no puedo ayudar. No puedo hacer nada. Ni una maldita cosa.

Sé que es la mejor para esa tarea y sé que no necesita mi ayuda.

Pero, al mismo tiempo, está enfrentándose a una mierda peligrosísima, y está totalmente fuera de mi alcance.

Quiero hacer algo, lo que sea, y me está sacando de mis casillas de una manera muy bestia no poder.

Ni siquiera puedo fumar porque tenemos aeluones por aquí.

Así que estupendo. Voy a ordenar tornillos.

—Alzó los ojos hacia Ashby—. Y creo que alguien que se siente de una forma parecida debería ayudarme.

Ashby se rascó la barba.

—¿Por qué?

Jenks apartó con la mano un montón de tornillos, dejando espacio para trabajar.

—Porque esto nos va a llevar horas y es algo que podemos hacer. Y es mejor que mirar por la ventana.

Ashby se sentó en silencio unos instantes. Se inclinó hacia delante y juntó las manos con aire decidido.

—¿Los ordenamos por tamaño o por forma?

—Primero por formas. Luego haremos submontones por tamaño.

—¿Traigo un poco de kick?

—Me parece genial.

Kizzy y Pei volvieron a la Peregrina un par de horas más tarde .

Había cuarenta y seis minas tras la pared, ahora todas desmontadas.

Habían arrojado el kedrium al espacio, para disgusto de Kizzy, y Pei había realizado dos escáneres más a la nave, por seguridad.

Kizzy tenía la manos doloridas y la espalda, agarrotada, y la cabeza le martilleaba después de tanto tiempo forzando la vista en la oscuridad. Se alegraba de estar de vuelta en casa.

Todos le saltaron encima cuando entró por la escotilla.

Sissix le acarició la cabeza tan fuerte que le deshizo el peinado, a Rosemary se le empañaron los ojos, y Jenks le dio el mejor abrazo de todos los tiempos.

Lovey parloteaba sobre lo preocupada que había estado, e incluso Ohan bajaron renqueando sobre sus flojas piernas y se inclinaron respetuosamente ante ella.

Se sentía como una heroína.

Doctor Chef cocinó para todos una cena opípara: bichos de la costa roja y raíces espina fritas y guisantes salados crujientes.

Los aeluones se habían mostrado un poco reticentes con los bichos al principio (los costa roja eran una plaga para ellos, al fin y al cabo), pero se animaron, quizá más por ser una novedad que por cualquier otro motivo.

Todos charlaban y tragaban, y al cabo de un rato, casi habían podido olvidar que en un universo paralelo, podrían haber estado muertos.