El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Detalles técnicos
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Detalles técnicos

Jenks oyó el sonido de los estimuladores de ruido mientras deambulaba por los pasillos de la sala de máquinas.

Las notas percutantes resonaban a través de las tuberías repletas de fluido instaladas por el techo.

Siguió el sonido de las baterías, las flautas, las cuerdas chirriantes, los gemidos de varios harmagianos…

y el de una humana que desafinaba con descaro y que no formaba parte de la grabación.

Accedió a una amplia sala. Era la guarida de Kizzy, un espacio bien iluminado repleto de bancos de trabajo con montones de piezas de recambio, contenedores con etiquetas escritas a mano y juguetes olvidados.

Una caja de herramientas montaba guardia en una de las entradas, repleta de todo tipo de instrumentos imaginables.

Dos sillones verdes, con la tela pelada cubierta de parches, estaban dispuestos de forma estratégica junto a las cálidas tuberías que bombeaban el combustible usado hacia los tanques de procesamiento.

Entre las sillas había una destilería mek, conectada chapuceramente a uno de los cables de alimentación del motor. Necesitaba una buena limpieza.

La técnica mecánica estaba en lo alto de una escalera de trabajo, con la cabeza y las manos metidas dentro de un panel abierto del techo. Movía las caderas al ritmo de la música mientras trabajaba.

—¡Puñetazo en la cara! ¡A los monos también les gusta!

—Oye, Kizzy —llamó Jenks.

—¡Me comí una ar-mónica! ¡Estos calcetines… pegan con… mi gorro!

—Kizzy.

Una herramienta golpeteó contra el suelo. Las manos de Kizzy se cerraron en puños cuando la música subió hasta un crescendo atronador. Bailó sobre la temblorosa escalera, con la cabeza todavía metida en el techo.

—¡Calcetines! ¡Pegan con… mi gorro! ¡Calcetines! ¡Pegan con… mi gorro! ¡Pisa… una… tostada… dulce! ¡Calcetines! ¡Pegan con… mi gorro!

—¡Kizzy!

Kizzy sacó la cabeza del panel. Pulsó el mando que llevaba enganchado a la cintura para bajar el volumen del altavoz.

—¿Qué passsa?

Jenks arqueó una ceja.

—¿Tienes la más mínima idea de qué estás cantando?

Kizzy parpadeó.

—«Calcetines pegan con mi gorro». Eso es socks match my hat , ¿no? —contestó. Volvió de nuevo su atención al techo y se puso a tensar algo con las manos enguantadas.

— Soskh Matsh Mae’ha . Está prohibida en el protectorado harmagiano.

—No estamos en el protectorado harmagiano.

—¿Sabes de qué trata esta canción?

—Sabes que no hablo hanto.

—Va de follarse a la familia real harmagiana. Con todos los detalles.

—¡Ja! Toma ya, ahora me gusta muchísimo más.

—Se le atribuye haber provocado los disturbios del año pasado en Sosh’ka.

—Huh. Bueno, si esta banda odia tanto el orden establecido, dudo que les preocupe que me invente las palabras. No pueden oprimirme con sus «letras correctas». Que le den por culo al sistema. —Gruñó mientras se peleaba con una válvula atascada—. ¿Y qué te cuentas?

—Necesito el acoplador de circuitos axiales y no tengo ni idea de dónde lo has metido.

—En el lado izquierdo del banco de herramientas.

Jenks miro de lado a lado.

—¿Mi izquierda o tu izquierda?

—La mía. No. Espera. La tuya.

Jenks se acercó al banco, arrastró un contenedor vacío, se subió a él y echó un vistazo.

Los montones de trastos que cubrían el banco se habían mezclado y habían creado una nebulosa omnipila.

Rebuscó en ella. Un fardo de calibradores triples de combustible.

Una bolsa de langostinos de fuego a medio comer («¡Devastadoramente picantes!

» anunciaba la etiqueta). Un surtido de tazas sucias.

Varios juegos de diagramas con notas y garabatos añadidos.

Una caja sin abrir de… Jenks paró y levantó la cabeza hacia Kizzy.

—Por curiosidad —preguntó—. ¿Qué estás haciendo?

Kizzy le mostró las palmas de las manos. Los guantes de trabajo estaban cubiertos con un denso limo verde.

—La trampilla de la basura está atascada.

Jenks volvió a mirar la caja del banco.

—Podrías hacerlo en tres tics si usaras reparabots.

—No tengo bots.

—Ya veo… Entonces, ¿qué es esta caja de bots que tengo justo delante?

La cabeza de Kizzy reapareció. Echó un vistazo al banco.

—Ah, esos bots. —Volvió a desaparecer en el techo.

Jenks pasó un dedo por la caja. Estaba cubierta de polvo.

—No los habías abierto antes. —El logo de la empresa le llamó la atención—. Hostia puta, Kiz, son bots Tarcska. ¿Te das cuenta de que son de primerísima gama?

—Los bots son aburridos —respondió ella.

—Aburridos.

—Mhm.

Jenks sacudió la cabeza.

—Hubo un tiempo en que la raza humana habría matado, literalmente, por el poder computacional almacenado en estos bichines, y tú los dejas aquí enterrados bajo chucherías caducadas. ¿Por qué los tienes, siquiera?

Un pegote de porquería verduzca rebosó por el borde de panel del techo y salpicó el suelo.

—Si en algún momento nos encontramos en una situación tan jodida que no puedas echarme una mano y Lovey no pueda apagar los sistemas, entonces los necesitaré.

Por suerte, eso nunca ha ocurrido. —Cogió otra herramienta del cinturón y se estiró de puntillas.

Algo metálico gimió en protesta. —Me cago en… ; funciona de una vez, asco de…

Jenks puso a un lado una lata de pegamento vacía y encontró el acoplador. Se lo enganchó en el cinturón de herramientas.

—Por cierto, el filtro de aire está arreglado. Voy a ver cómo le va a Lovey. ¿Quieres fumar antes de ir a la cama?

Hubo una respuesta incomprensible entre los golpes y las maldiciones y la porquería que goteaba. Jenks se rio y se marchó de la habitación. Kizzy se quedó en el techo, sucia y profana. Él sabía que se lo estaba pasando genial.

Había otras Lovelaces ahí fuera, por supuesto.

La plataforma del núcleo de su software podía comprarse a través de cualquier distribuidor de IA.

Era muy probable que hubiera docenas de versiones de ella viajando por la galaxia; quizá cientos, a saber.

Pero no eran Ella. La Lovey que Jenks conocía había adquirido en la Peregrina su carácter único.

Su personalidad se había moldeado con cada experiencia que había tenido con la tripulación, con cada lugar que habían visitado, con cada conversación que habían compartido.

Y Jenks pensó que, para ser sinceros, ¿acaso no se podía decir lo mismo de las personas orgánicas?

¿No nacían todos ejecutando la Plataforma de Inicio Básica Humana, la cual se modelaba y cambiaba según crecían?

Para Jenks, la única diferencia real en el desarrollo cognitivo entre los humanos y las IA era la velocidad.

Él había tenido que aprender a caminar, a hablar, a comer y todo tipo de tareas básicas antes de empezar a tener sentido de la identidad.

Lovey no había tenido que preocuparse de aquello.

No había tenido la necesidad de malgastar años aprendiendo a monitorizar sistemas o a apagar circuitos.

Había empezado la vida con toda la madurez y conocimientos que necesitaba para cumplir con su trabajo con eficacia.

Pero en los tres estándares transcurridos desde que la instalaron se había convertido en mucho más que una simple IA de una nave.

Se había convertido en alguien maravilloso.

—Hola, tú —dijo Lovey cuando Jenks entro en la cámara de la IA.

—Hola, tú también —contestó Jenks, inclinándose para desatarse las botas.

Se las quitó y se puso un par de sandalias que nunca habían salido de aquella sala.

Le parecía que caminar por allí con calzado sucio y mugriento era bastante maleducado.

Las paredes estaban cubiertas con paneles de circuitos, cada uno un componente vital de la infraestructura de Lovey; a efectos prácticos, su cerebro.

En el centro de la sala estaba su núcleo central, que descansaba en un pedestal dentro de un pozo a temperatura regulada.

Jenks pasaba mucho tiempo en el pozo, aunque su trabajo no lo requiriera, y entrar con las botas le parecía como besar a alguien por la mañana sin haberse lavado los dientes.

—¿Has tenido un buen día? —preguntó ella.

Él sonrió.

—Ya sabes cómo ha sido mi día. —Lovey tenía cámaras y sensores por toda la nave.

Mantenía una mirada protectora en ellos a todas horas.

Era reconfortante saber que un accidente o una lesión no pasarían inadvertidas, incluso en el rincón más recóndito.

Lovey siempre estaba allí para pedirle ayuda.

Pero era el tipo de detalle que hacía que un hombre se contuviese de rascarse las pelotas o meterse el dedo en la nariz.

Tener una IA rondando obligaba a comportarse.

—Aun así, me gusta que me lo cuentes.

—Está bien. Ha sido un buen día. Creo que estamos listos para la perforación de mañana. Todo funciona correctamente, según mis estimaciones.

—¿Qué opinas de Rosemary?

—Parece simpática. Es difícil decirlo. Es un poco callada, y aún estaba bastante embotada para soltarse. Nos hará falta a todos algo de tiempo para conocerla.

—Me sentí fatal al tener que darle un fogonazo cuando subió a bordo. Parecía molesta después. No es muy amable hacerle algo así a alguien que acabas de conocer.

—Estoy seguro de que comprendió que solo estabas haciendo tu trabajo.

—Jenks caminó a lo largo de los paneles murales, atento a las lucecitas rojas que indicaban problemas.

Lovey no le había alertado de ninguno, pero si algo iba realmente mal, quizá ella no estuviera en condiciones de decírselo.

Hacía la ronda dos veces al día, por si acaso.

—¿Crees que es guapa?

Jenks alzó una ceja hacia la cámara más cercana, y luego volvió la mirada a uno de los circuitos analíticos de Lovey. El filamento era antiguo; necesitaría un repuesto en diez o veinte días.

—Claro, supongo. No en plan para caerse de culo de guapa, pero si yo fuera una señorita, estaría satisfecho con esa apariencia. —Subió a una banqueta de trabajo y examinó la hilera de circuitos superiores—. ¿Por qué lo preguntas?

—Parecía el tipo que tú considerarías guapa.

—¿Y eso?