El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Una queja
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El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1)

El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1)

Por Becky Chambers

© inepub.com

Una queja

Vivir en el espacio era de todo menos silencioso.

Era algo que nunca se esperaban los que venían de un planeta.

Cualquiera que se hubiera criado en una superficie planetaria necesitaba cierto tiempo para acostumbrarse a los clics y a los zumbidos de una nave, el omnipresente ruido de fondo asociado a vivir dentro de un pedazo de chatarra.

Pero para Ashby, esos sonidos eran tan normales como el de su propio pulso.

Sabía cuándo era hora de levantarse por el susurro del filtro de aire sobre su cama.

Cuando las rocas golpeaban contra el casco exterior con su familiar repiqueteo, sabía cuáles eran bastante pequeñas para poder ignorarlas y cuáles significaban problemas.

Era capaz de adivinar por la cantidad de estática que chisporroteaba por el ansible a cuánta distancia estaba de la persona al otro extremo.

Aquellos eran los sonidos de la vida del habitante del espacio, que enfatizaban la vulnerabilidad y el distanciamiento.

Eran un recordatorio de lo frágil que era estar vivo.

Pero esos sonidos también significaban seguridad.

Una ausencia de sonido quería decir que ya no fluía el aire, que los motores estaban apagados, que las redes artigravitatorias ya no mantenían los pies pegados al suelo.

El silencio pertenecía al vacío del exterior. El silencio era muerte.

También se oían otros sonidos; unos que no producía la propia nave, sino la gente que la habitaba.

Incluso en los pasillos infinitos de las naves nodriza se oía el eco de conversaciones cercanas, pasos sobre suelos metálicos, el golpeteo sordo de un pequeño robot al trepar por las paredes de camino a reparar algún circuito oculto.

La nave de Ashby, la Peregrina , tenía espacio suficiente, pero era minúscula comparada con la nave nodriza en la que se había criado.

Al principio, cuando adquirió la Peregrina y la llenó de tripulación, incluso él había tenido que acostumbrarse a la estrechez de los habitáculos.

Pero el ruido constante de los trabajos, de las risas y de las discusiones a su alrededor se había vuelto algo reconfortante.

El exterior era un lugar vacío, y había momentos en los que incluso el explorador espacial más veterano contemplaría la nada salpicada de estrellas con humildad y reverencia.

Ashby dio la bienvenida al ruido. Era tranquilizador saber que nunca estaba solo ahí fuera, sobre todo teniendo en cuenta a qué se dedicaba.

Construir agujeros de gusano no era una profesión glamurosa.

Los pasadizos interespaciales que recorrían la Confederación Galáctica eran tan comunes que se daban por sentados.

Ashby dudaba que la gente de a pie pensara en la tunelación mucho más de lo que cualquiera pensaría en un par de calzoncillos o en un plato de comida caliente.

Pero su trabajo requería que pensara en túneles, y que pensara en ellos a conciencia.

Si uno se sentaba y cavilaba sobre ellos demasiado tiempo, imaginaba su nave flotando dentro y fuera del espacio como una aguja cosiendo…

Bueno, ese era el tipo de ideas que hacían que alguien diera las gracias por tener una compañía de lo más ruidosa.

Ashby estaba en su oficina, leía las noticias mientras tomaba una taza de mek, cuando un peculiar sonido que conocía lo hizo encogerse.

Pasos. Los pasos de Corbin. Los pasos de un Corbin furioso que se dirigía directamente hacia su puerta.

Ashby suspiró, se tragó la irritación y se convirtió en el capitán.

Mantuvo el rostro sereno y los oídos atentos.

Hablar con Corbin siempre requería un instante de preparación y una buena cantidad de impasibilidad.

Artis Corbin era dos cosas: un algólogo talentoso y un imbécil integral.

El primer rasgo era esencial en una nave de largo recorrido como la Peregrina .

Un lote de combustible amarronándose podría marcar la diferencia entre llegar a puerto o quedar a la deriva.

La mitad de uno de los muelles inferiores de la Peregrina estaba ocupada exclusivamente por tinas de algas, las cuales necesitaban a alguien que ajustase de forma obsesiva el contenido de nutrientes y la salinidad.

Esta era un área en la que la falta de habilidades sociales de Corbin era, de hecho, una ventaja.

Aquel tipo prefería estar enjaulado en el muelle de las algas todo el día, murmurando sobre las lecturas, metido de lleno en la búsqueda de lo que llamaba «condiciones óptimas».

Condiciones que a Ashby siempre le parecían lo suficientemente óptimas, pero no pensaba inmiscuirse en los asuntos de Corbin referentes a las algas.

Los gastos de combustible de Ashby habían descendido un diez por ciento desde que subió a Corbin a bordo y, todo fuera dicho, había muy pocos algólogos dispuestos a aceptar un puesto en una nave tuneladora.

Las algas ya podían ser bastante delicadas en un viaje corto, pero mantener el lote en buenas condiciones durante una travesía larga requería meticulosidad, y también aguante.

Corbin odiaba a la gente, pero amaba su trabajo y se le daba de maravilla.

Eso, a ojos de Ashby, lo convertía en alguien valiosísimo. Un dolor de cabeza valiosísimo.

La puerta se abrió de golpe y Corbin se precipitó al interior.

Tenía la frente perlada de sudor, como de costumbre, y el pelo canoso de las sienes parecía grasiento.

La Peregrina debía mantenerse cálida por el bien del piloto, pero Corbin había expresado su desagrado por la temperatura estándar de la nave desde el primer día.

A pesar de que llevaba años a bordo de la nave, su cuerpo había rechazado aclimatarse, al parecer por puro rencor.

Las mejillas de Corbin también estaban enrojecidas, aunque no había forma de adivinar si se debía a su estado de ánimo o a subir las escaleras.

Ashby no se había llegado a acostumbrar a ver unas mejillas tan enrojecidas.

En la actualidad, la mayoría de los humanos eran descendientes de la Flota Éxodo, la cual había navegado mucho más allá de la zona de influencia de su sol ancestral.

Muchos, como el propio Ashby, habían nacido dentro de las mismísimas naves nodrizas que habían pertenecido a los refugiados terrícolas originales.

Sus espesos rizos negros y su piel ambarina eran el resultado de generaciones de cruces y mezclas a bordo de naves titánicas.

La mayoría de los humanos, ya hubieran nacido en el espacio o en colonias, compartía esa mezcla exodana desligada de cualquier nación.

Corbin, en cambio, era inequívocamente material del sistema Sol, a pesar de que la gente de los planetas había comenzado a parecerse a los exodanos en generaciones más recientes.

Con la mezcolanza que suponía la genética humana, de vez en cuando aparecían tonos más claros aquí y allá, incluso en la Armada.

Pero es que Corbin era prácticamente de color rosado.

Sus ascendientes habían sido científicos, exploradores pioneros que construyeron los primeros satélites de investigación alrededor de Encelado.

Habían estado ahí siglos, vigilando las bacterias que prosperaban en los mares helados.

El Sol era apenas una tenue marca en los cielos de Saturno, por lo que los investigadores perdieron más y más pigmento con el paso de las décadas.

El resultado final fue Corbin: un hombre rosado criado para el tedioso trabajo de laboratorio y un cielo sin sol.

Corbin arrojó su escrib sobre el escritorio de Ashby.

El fino y rectangular aparato atravesó la pantalla de píxeles nebulosos y se detuvo con un repiqueteo ante Ashby.

El capitán, con un gesto de la mano, hizo que los píxeles desaparecieran.

Los titulares que flotaban en el aire se disolvieron en volutas coloridas.

Los píxeles se escabulleron como enjambres de diminutos insectos hacia las cajas de proyección a cada lado de la mesa.

Ashby observó el escrib y miró a Corbin alzando las cejas.

—Esto —dijo Corbin, señalando el escrib con un dedo huesudo— tiene que tratarse de una broma.

—Déjame adivinar —dijo Ashby—. ¿Jenks ha vuelto a meter la mano en tus notas?

—Corbin frunció el ceño y negó con la cabeza.

Ashby se concentró en el escrib, intentando contener la risa al recordar la última vez que Jenks había hackeado el aparato de Corbin; había reemplazado las cuidadosas notas del algólogo por trescientas sesenta y dos variaciones fotográficas del propio Jenks, desnudo como el día en que nació.

Ashby había pensado que una en la que aparecía Jenks portando una bandera de la Confederación Galáctica era especialmente buena.

Lo cierto es que tenía cierta dignidad dramática.

Ashby cogió el escrib y le dio la vuelta para colocar la pantalla hacia arriba.

Para: Capitán Ashby Santoso (Peregrina, licencia tuneladora CG n. 387-97456)

Asunto: Currículum de Rosemary Harper (certificado administrativo CG n.  65-78-2)

Ashby reconoció el documento. Era el currículum de su nueva asistente, cuya llegada estaba prevista para el día siguiente. Lo más probable es que ahora estuviera amarrada en una procápsula, sedada durante todo su largo y confinado viaje.

—¿Por qué me enseñas esto? —preguntó Ashby.

—Vaya, así que sí que lo has leído —respondió Corbin.

—Por supuesto que lo he leído. Os dije a todos que leyerais este documento hace la tira de tiempo para que os hicierais una idea de quién es ella antes de que llegara.

—Ashby no tenía ni idea de adónde quería ir a parar Corbin, pero este era el método operativo estándar del algólogo: quejas primero, explicaciones después.

La respuesta de Corbin fue predecible incluso antes de que abriera la boca: