CAPÍTULO 23 Intrusión durante la inspección #3
No bastaba para una identificación pericial.
Pero la semejanza era evidente.
—Parece la misma mano —dijo Inés—. Como hipótesis de trabajo.
Lucía aceptó exactamente esa formulación.
No más.
Marcos buscó la planta de origen.
Tardó pocos minutos.
El fragmento correspondía a una reproducción del plano donde se había restituido históricamente la antigua cámara.
Pero había algo extraño.
El recorte no incluía la nota que aclaraba que se trataba de una restitución.
Adrián observó.
—Otra vez.
Lucía miró el fragmento.
Otra vez una imagen había quedado separada de su explicación.
Solo que ahora alguien la había llevado hasta el edificio.
Inés comparó con la copia anotada.
La persona parecía haber trabajado sobre una reproducción incompleta.
Eso podía explicar por qué insistía en localizar físicamente la abertura.
No tenía delante toda la secuencia de reformas que demostraba que el espacio había cambiado.
Marcos señaló.
—Pero después corrigió parte de la hipótesis.
Sí.
Las notas mostraban que había encontrado documentación adicional.
Había dejado de creer en una cámara intacta.
Sin embargo, seguía interesado en la antigua puerta.
Lucía observó.
Quizá buscaba una evidencia arquitectónica.
Quizá creía que detrás podía existir un pequeño espacio residual.
Quizá esperaba encontrar algo más.
No lo sabían.
Inés buscó el registro de consulta de aquella reproducción.
Esta vez apareció un dato que antes no habían podido cerrar.
La copia había sido solicitada varias veces por una misma persona.
El nombre estaba consignado.
Lucía lo leyó.
No era Valera.
No era Serrano.
No era Elena Robles.
Tampoco aparecía entre los colaboradores conocidos del Grupo de Custodia Documental.
Era un investigador independiente que había consultado materiales sobre transformaciones históricas de la Catedral.
Adrián preguntó:
—¿Tenemos algo más sobre él?
Inés revisó.
Había realizado consultas legítimas durante meses.
Nada indicaba problemas.
Había solicitado planos.
Memorias.
Reproducciones.
Todo por los procedimientos ordinarios.
Lucía observó.
Eso era importante.
La historia no empezaba con un intruso.
Empezaba con un investigador.
En algún punto, si la persona de la dependencia era efectivamente la misma, había cruzado una frontera.
Había pasado de consultar documentos a entrar en un lugar sin autorización.
Y posiblemente a tocar una fábrica histórica.
Marcos miró la lista de consultas.
La última fecha era cercana.
Después no aparecían más solicitudes.
Adrián señaló.
—Quizá decidió comprobarlo por su cuenta.
Lucía no respondió.
Era posible.
Pero todavía no estaba demostrado.
El nombre les daba una línea de investigación, no una conclusión.
Inés siguió revisando la ficha.
Al final encontró una referencia que ninguno había visto antes.
En una de sus últimas consultas, el investigador había pedido específicamente documentación sobre accesos de servicio utilizados durante intervenciones históricas.
No había utilizado la expresión rutas reservadas.
Había formulado la búsqueda de manera técnica.
Lucía observó.
Eso demostraba que conocía suficientemente bien el problema como para evitar el lenguaje legendario.
No parecía alguien que creyera ingenuamente en un laberinto secreto.
Adrián frunció el ceño.
—Entonces ¿qué buscaba?
Lucía volvió a mirar el fragmento.
Eso era precisamente lo que debían averiguar.
Porque una persona podía saber que el laberinto era una construcción histórica y, aun así, estar convencida de que alguno de sus componentes reales conducía a algo importante.
No necesitaba creer en toda la leyenda.
Le bastaba creer en una parte.
Inés abrió la última solicitud asociada a su nombre.
Era breve.
El investigador había pedido consultar documentación sobre un conjunto de antiguos accesos que en una recopilación posterior aparecían descritos como «conocidos por los responsables de las obras.»
Lucía recordó inmediatamente las transformaciones lingüísticas que habían reconstruido.
Responsables.
Maestros.
Custodios.
La cadena de interpretaciones estaba allí.
Pero el investigador había pedido las fuentes tempranas.
Eso significaba que intentaba llegar detrás de la leyenda.
Marcos observó.
—Hizo lo mismo que nosotros.
—Hasta cierto punto.
Y eso volvía la situación más inquietante.
No estaban frente a alguien que hubiera seguido un mapa fantástico.
Podían estar frente a alguien que había comprendido que el laberinto no existía como unidad y había empezado a buscar únicamente aquellos tramos cuya existencia histórica sí podía demostrarse.
Lucía cerró la ficha.
La intrusión cambiaba la investigación.
Hasta ese momento habían preguntado cómo nació la leyenda.
Ahora debían preguntar algo diferente.
¿Qué podía encontrar alguien después de desmontarla?
Porque si el investigador había descartado los corredores imposibles, las cadenas de custodios y el archivo sellado, pero seguía buscando, significaba que había encontrado otra razón para continuar.
Y esa razón probablemente no estaba en el laberinto.
Estaba en las personas que habían conocido los accesos reales.