El Laberinto de Toledo (Los Secretos de España 3) PREFACIO Las líneas que nunca existieron juntas #2
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PREFACIO Las líneas que nunca existieron juntas #2

El corredor estaba vacío.

Al fondo, una lámpara iluminaba parcialmente la escalera. No había nadie junto a las puertas ni se escuchaba movimiento en el piso inferior.

Lucía salió.

—¿Hola?

Su voz recorrió el pasillo y regresó debilitada.

Nada.

Volvió al despacho y cerró.

No sintió miedo.

Sintió irritación.

El cansancio empezaba a convertir cualquier ruido en una distracción.

Guardó la lupa.

Decidió que esperaría a Adrián.

Comenzó a ordenar la mesa y entonces descubrió algo que no recordaba haber visto.

Sobre la fotografía del muro había una pequeña hoja.

Lucía la tomó.

No pertenecía a ninguna de las carpetas que había abierto.

Era una reproducción de mala calidad, posiblemente obtenida de una copia anterior. Mostraba una inscripción sobre piedra.

Cinco palabras.

Las dos primeras podían leerse.

Las demás estaban demasiado deterioradas.

Lucía acercó la hoja a la lámpara.

NO SIGAS...

El resto desaparecía bajo una mancha oscura.

Permaneció observándola.

Después soltó una breve risa sin humor.

—Claro.

Una advertencia.

Era casi demasiado conveniente.

Buscó en las carpetas intentando averiguar de dónde había salido. Ninguna tenía una hoja faltante ni una numeración que permitiera relacionarla con aquella reproducción.

Volvió a mirar la puerta.

Esta vez no había pasos.

Tomó el teléfono.

Llamó a Adrián.

Respondió después del segundo tono.

—Estoy a cinco minutos.

Lucía miró la inscripción.

—Necesito que veas algo.

Hubo un silencio breve.

—¿Encontraste el plano?

—Encontré demasiadas cosas.

—Eso no suena bien.

—Todavía no sé cómo suena.

Adrián debió percibir algo en su voz.

—No toques nada hasta que llegue.

Lucía miró la mesa.

—Llegás tarde para eso.

Cortó.

Durante los minutos siguientes no volvió a sentarse.

Permaneció junto a la ventana observando cómo Toledo terminaba de entrar en la noche. Las luces comenzaban a encenderse entre las calles y la catedral se elevaba sobre la ciudad con una presencia que parecía diferente desde aquel pequeño despacho.

Sabía que era una impresión.

Solo eso.

Los documentos no habían cambiado la ciudad.

Las calles seguían exactamente donde habían estado.

Los muros no se habían movido.

Las puertas no habían aparecido de repente.

Sin embargo, algo había cambiado en la manera en que ella los miraba.

Lucía regresó a la mesa cuando escuchó abrirse la puerta exterior del edificio.

Esta vez reconoció inmediatamente los pasos.

Adrián apareció en el corredor unos segundos después.

Entró al despacho sin saludar.

Miró la mesa.

—¿Qué pasó?

Lucía señaló los documentos.

—Quiero que los mires sin que yo te explique nada.

Adrián dejó su bolso sobre una silla.

—Eso nunca es buena señal.

—Precisamente.

Se acercó.

Lucía permaneció detrás.

No quería dirigir su atención hacia ningún punto concreto.

Adrián examinó primero el plano grande. Después observó las fotografías, el croquis, la documentación relacionada con Salvat y finalmente la reproducción de la inscripción.

No dijo nada durante varios minutos.

Lucía esperó.

—¿Y?

Adrián levantó la reproducción.

—¿De dónde salió esto?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabés?

—Estaba sobre la mesa.

Adrián frunció el ceño.

—¿Cuando llegaste?

—No.

Lucía señaló la puerta.

—Después.

Él la miró.

—¿Entró alguien?

—No que yo haya visto.

Adrián volvió a observar la inscripción.

NO SIGAS...

Dejó la hoja sobre la mesa.

—¿Qué pensás?

Lucía negó lentamente.

—No quiero pensar todavía.

—Eso sí es preocupante.

Ella ignoró el comentario.

Tomó el croquis y lo colocó frente a él.

—Mirá esto.

Adrián lo estudió.

Después levantó la vista hacia el plano.

Lucía vio el instante exacto en que percibió la semejanza.

No necesitó señalarla.

—¿Quién hizo este dibujo?

—No figura.

—¿Fecha?

—Tampoco.

—¿Procedencia?

—Todavía no la encontré.

Adrián volvió a inclinarse.

—Entonces no tenemos nada.

Lucía asintió.

—Exactamente.

Él sonrió apenas.

—Pero no me llamaste para mostrarme nada.

—Te llamé porque quiero saber por qué alguien conservó esto.

Adrián dejó el croquis.

—Esa es una pregunta diferente.

—Lo sé.

Durante unos segundos ninguno habló.

Afuera, las campanas comenzaron a sonar.

El sonido atravesó Toledo y llegó amortiguado hasta el despacho, extendiéndose sobre tejados, callejones y muros que habían escuchado campanas durante generaciones.

Lucía observó nuevamente el plano.

Había líneas.

Puertas.

Referencias.

Nombres.

Un croquis sin fecha.

Una advertencia cuya procedencia desconocía.

Nada de aquello demostraba que existiera un secreto.

Nada demostraba siquiera que todos aquellos elementos tuvieran relación entre sí.

Y, sin embargo, alguien los había reunido.

Eso era lo único que Lucía podía afirmar.

Adrián cerró una de las carpetas.

—Empezamos mañana.

Lucía negó.

—Empezamos ahora.

—El archivo está cerrando.

—Entonces empezamos afuera.

Adrián miró hacia la ventana.

—¿Dónde?

Lucía tomó el plano y lo dobló cuidadosamente.

Por primera vez desde que había comenzado a trabajar aquella tarde, no observó las líneas.

Observó Toledo.

—Por el primer lugar que aparezca dos veces.

Adrián guardó silencio.

Lucía apagó la lámpara.

El despacho quedó iluminado únicamente por la claridad que entraba desde la calle.

Cuando salieron, ninguno de los dos volvió a mirar la inscripción.

Sobre la mesa quedaron las carpetas abiertas, las fotografías y aquella reproducción incompleta.

NO SIGAS...

Debajo, casi perdida dentro de la mancha oscura, había una última marca que ninguno de los dos había alcanzado a distinguir.

No parecía una palabra.

Tampoco un número.

Era apenas una línea.

Una línea que, por sí sola, no conducía a ninguna parte.