El Laberinto de Toledo (Los Secretos de España 3) PREFACIO Las líneas que nunca existieron juntas
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El Laberinto de Toledo (Los Secretos de España 3)

El Laberinto de Toledo (Los Secretos de España 3)

Por Daniel Enrique Chicote

© inepub.com

PREFACIO Las líneas que nunca existieron juntas

Toledo parecía distinta cuando la ciudad comenzaba a vaciarse.

Durante el día, las calles próximas a la catedral recibían el movimiento constante de visitantes, grupos que avanzaban detrás de un guía, conversaciones mezcladas en diferentes idiomas y pasos que se detenían ante fachadas que habían sobrevivido durante siglos.

Pero al caer la tarde, cuando las puertas de algunos comercios empezaban a cerrarse y las últimas luces descendían sobre los tejados, la ciudad recuperaba algo que resultaba difícil percibir entre la multitud.

No era silencio.

Toledo nunca estaba completamente en silencio.

Era otra cosa.

Una sensación de permanencia.

Como si las calles continuaran recordando incluso cuando nadie las recorría.

Lucía Herrera lo había pensado varias veces desde que llegó aquella mañana, aunque se había negado a formularlo con demasiada precisión.

Las ciudades antiguas producían esa clase de impresiones con facilidad, especialmente cuando uno pasaba demasiadas horas examinando documentos mientras afuera las piedras parecían conservar una edad imposible de medir.

Apartó la mirada de la ventana y regresó a la mesa.

Había comenzado a trabajar hacía casi seis horas.

El pequeño despacho que le habían facilitado cerca del archivo no estaba preparado para contener la cantidad de material que había terminado reuniendo.

Sobre la mesa se acumulaban reproducciones de planos, fotografías, copias de inventarios, informes de intervenciones arquitectónicas y varias carpetas que había solicitado después de encontrar referencias cruzadas que, en principio, no deberían haber llamado su atención.

Sin embargo, lo habían hecho.

En el centro permanecía extendida una reproducción de gran formato.

Lucía llevaba casi veinte minutos sin tocarla.

La había observado primero de pie, después sentada y finalmente desde el otro extremo de la mesa, como si modificar la distancia pudiera alterar aquello que estaba viendo.

No había ocurrido.

Las líneas seguían allí.

Recorrían una parte del casco histórico con una precisión que resultaba difícil atribuir al azar.

Algunas atravesaban sectores próximos a la Catedral Primada; otras parecían desviarse hacia calles estrechas, patios interiores o puntos donde la trama urbana se volvía demasiado irregular para seguirla con facilidad.

A simple vista, no había nada extraordinario.

Un plano antiguo podía contener errores.

Una copia podía deformar proporciones.

Una restauración podía introducir interpretaciones posteriores.

Lucía conocía todas esas posibilidades y precisamente por eso no había llamado todavía a nadie.

No quería convertir una anomalía documental en un descubrimiento antes de saber siquiera si existía algo que descubrir.

Acercó una de las fotografías.

Mostraba una intervención realizada décadas atrás sobre un muro lateral. La imagen tenía poca definición, pero permitía distinguir una abertura parcialmente descubierta detrás de una superficie que había permanecido cerrada durante un período imposible de determinar a partir de la fotografía.

Lucía buscó nuevamente el informe correspondiente.

Lo había leído tres veces.

La primera con rapidez.

La segunda buscando una descripción que explicara la abertura.

La tercera intentando comprender por qué el documento evitaba hacerlo.

No decía que hubiera sido una puerta.

Tampoco afirmaba que no lo fuera.

Utilizaba una expresión técnica suficientemente prudente para no comprometer ninguna interpretación y después continuaba describiendo materiales, consolidaciones y trabajos realizados en el sector.

Lucía apoyó el informe junto a la fotografía.

Entonces volvió a mirar el plano.

La abertura aparecía marcada.

No con un símbolo especialmente llamativo.

No con una indicación que pudiera considerarse excepcional.

Simplemente estaba allí.

Se levantó y caminó hasta la ventana.

A esa hora, Toledo comenzaba a oscurecer bajo un cielo limpio.

Desde donde se encontraba podía distinguir una parte de los tejados y, más allá, la presencia dominante de la catedral elevándose sobre el entramado de calles.

Había algo extraordinario en aquella ciudad construida sobre sí misma durante siglos, donde cada generación había recibido muros levantados por otras manos y había dejado nuevas huellas para quienes llegaran después.

Lucía conocía bien esa clase de lugares.

Había trabajado con Adrián Vega en investigaciones donde una inscripción mal interpretada, una reforma olvidada o una tradición repetida durante generaciones había terminado adquiriendo un significado que nunca había tenido originalmente.

La experiencia le había enseñado a desconfiar tanto del entusiasmo como del escepticismo.

Los dos podían hacer invisible una evidencia.

Regresó a la mesa.

Tomó otra carpeta.

En la cubierta figuraba un apellido que había encontrado por primera vez aquella mañana.

Salvat.

No sabía todavía qué importancia tenía.

Podía no tener ninguna.

El documento más antiguo donde aparecía el nombre no hablaba de pasadizos ni de recorridos ocultos.

Era una referencia administrativa, casi insignificante, relacionada con trabajos realizados en un sector próximo al templo.

Sin embargo, varias décadas después, el mismo apellido volvía a aparecer asociado a una descripción distinta.

Lucía había marcado ambos documentos con pequeños papeles adhesivos.

No había escrito ninguna conclusión.

Todavía no.

Buscó una tercera referencia.

La encontró después de varios minutos.

Esta vez el apellido aparecía junto a una palabra que la había obligado a detenerse cuando la leyó por primera vez.

Custodio.

Lucía apoyó lentamente el documento.

No era suficiente.

Ni siquiera estaba segura de que las tres referencias hablaran de la misma familia.

Toledo estaba llena de apellidos que habían atravesado generaciones y de documentos donde una coincidencia podía parecer importante únicamente porque alguien deseaba que lo fuera.

Miró el reloj.

Las siete y doce.

Adrián debía estar llegando.

Habían acordado encontrarse esa tarde después de que él terminara una consulta relacionada con otra documentación conservada fuera del archivo. Lucía había pensado inicialmente esperar a que estuviera allí antes de revisar las reproducciones, pero la curiosidad había podido más.

Ahora lamentaba haber comenzado sola.

No porque tuviera miedo.

Porque necesitaba una segunda mirada.

Alguien capaz de observar aquellos papeles sin haber pasado seis horas construyendo relaciones entre ellos.

Tomó el teléfono.

Buscó el nombre de Adrián.

No llegó a llamar.

Sobre la mesa había una carpeta que todavía no había abierto.

La había recibido poco antes del cierre del archivo, cuando uno de los responsables regresó al despacho para entregarle material solicitado durante la mañana.

Lucía había preguntado qué contenía y el hombre respondió que eran reproducciones de documentos sin catalogación específica dentro del conjunto que estaban consultando.

Después se marchó.

La carpeta no tenía título.

Solo una anotación escrita a lápiz en una esquina.

Lucía se acercó.

Había supuesto que era un número de inventario.

Ahora, observándolo con atención, comprendió que no.

Eran dos letras y una cifra.

S. 17.

Se quedó inmóvil.

Miró la carpeta de Salvat.

Después volvió a observar la anotación.

La coincidencia era demasiado débil para significar algo.

Podía ser una sección.

Una clasificación antigua.

Una referencia interna.

Cualquier cosa.

Lucía abrió la carpeta.

Dentro había seis reproducciones.

Las primeras cuatro mostraban fragmentos de documentación que no consiguió identificar de inmediato. La quinta era una fotografía tomada durante una intervención arquitectónica. La sexta era un dibujo.

Lucía la sacó.

Durante varios segundos no comprendió qué estaba viendo.

Parecía un croquis realizado a mano, posiblemente copiado de un original mucho más antiguo. No había escala ni indicación de orientación. Varias líneas atravesaban el papel formando ángulos irregulares, interrumpidos por pequeñas marcas cuya función no podía determinar.

En uno de los extremos había una cruz.

En otro, una palabra casi ilegible.

Lucía acercó la lámpara.

Leyó nuevamente.

Santiago.

Sintió una incomodidad difícil de explicar.

No porque aquella palabra resultara extraordinaria. Santiago aparecía innumerables veces en documentación histórica española y podía referirse a una iglesia, una calle, una persona, una advocación o cualquier otra realidad completamente ajena a lo que tenía delante.

Lo inquietante era otra cosa.

Había visto una forma semejante aquella tarde.

Buscó entre los planos.

Apartó dos fotografías, desplazó una carpeta y encontró la reproducción que necesitaba.

La extendió junto al croquis.

No coincidían.

Al menos, no completamente.

Lucía respiró con alivio durante un instante.

Después giró el dibujo.

Una de las líneas quedó orientada hacia el norte.

Volvió a mirar.

La semejanza era mayor.

No perfecta.

Pero suficiente para que dejara de pensar en el cansancio.

Tomó una regla.

La apoyó sobre uno de los trazos.

Se detuvo antes de medir.

No.

Aquello era exactamente lo que no debía hacer.

Forzar una coincidencia.

Había visto investigadores cometer ese error demasiadas veces: encontrar dos formas vagamente semejantes y comenzar a modificar escalas, orientaciones y proporciones hasta conseguir que una confirmara a la otra.

Dejó la regla.

Entonces escuchó pasos en el corredor.

Lucía levantó la cabeza.

Esperó que la puerta se abriera.

Los pasos continuaron.

Después desaparecieron.

El edificio estaba prácticamente vacío.

Volvió al croquis.

Había algo escrito en el margen inferior.

La reproducción era demasiado oscura para leerlo con claridad. Acercó nuevamente la lámpara y modificó el ángulo del papel.

Tres palabras.

La primera resultaba ilegible.

La segunda parecía una preposición.

La tercera estaba incompleta.

Lucía buscó una lupa dentro de su bolso.

Cuando volvió a inclinarse sobre el documento, escuchó otra vez los pasos.

Esta vez se detuvieron frente a la puerta.

Lucía permaneció quieta.

—¿Adrián?

Nadie respondió.

Esperó.

La manija no se movió.

Después de unos segundos, se levantó y abrió.