Capítulo 19
Sage
Tres días después, sigo sin poder explicar la humedad que me encuentro en los muslos en los peores momentos posibles.
Tampoco puedo explicar los mensajes.
Rhys envió uno a las siete de la mañana del domingo.
¿Has llegado bien a casa?
Contesté que sí y vi los puntitos de «escribiendo» aparecer y desaparecer cuatro veces antes de que enviara:
Bien.
Gabe envió una fotografía del gatito dormido dentro de su casco. Debajo escribió:
Sigo peligrosamente encariñado con las hembras difíciles.
Guardé la foto y mandé un mensaje:
El gatito es más mono que yo.
Callum no envió nada el domingo.
En lugar de eso, llamó el lunes por la mañana: confirmó que el Dr. Kellerman había aceptado el traslado, preguntó si había comido, si había que curarme los pies; no hacía falta. Luego dio por terminada la conversación antes de que ninguno de los dos dijera para qué llamábamos en realidad.
Su contención me irritó hasta que comprendí que me estaba dando espacio para arrepentirme del laberinto sin que yo tuviera que pedirlo.
No me arrepiento. Y aun así, ese espacio me molesta.
El lunes por la noche, el recuerdo se niega a llegar como una escena completa.
Me alcanza a través de sensaciones aisladas mientras estoy tumbada en mi cama limpia: el heno que me raspaba el dorso de la mano, la lengua de Gabe, Rhys muy dentro de mí, los dedos de Callum en mi mandíbula.
Me he despertado dos veces con la mano entre los muslos y me he parado antes de empeorar el ansia.
Mi propia mano es un pobre sustituto. Lo sé porque lo he intentado dos veces, y las dos veces acabo con la mejilla pegada a una almohada que no huele a nadie, con ganas de una voz que me ordene dejar de pensar.
El martes ya tengo el cansancio instalado detrás de los ojos como un moratón profundo, y estoy segura de que arrastro algo de fiebre desde el domingo. Lo achaco a un resfriado que viene de camino.
Y ahora, para empeorarme aún más el día, Poppy Fookster aparece a la hora de comer sin avisar.
Está plantada en la puerta de la cocina, con un abrigo rojo y una botella de champán bajo el brazo. El tiempo le ha afilado el rostro, pero no ha cambiado su manera de ocupar una habitación: planta los pies como si cada suelo fuera suyo hasta que alguien demuestre lo contrario.
—Tienes una pinta horrible.
—Enhorabuena otra vez.
—Gracias. Sigues teniendo una pinta horrible.
Honey me quita el champán antes de que pueda usarlo como arma.
—Lo guardo en un sitio seguro.
—Ábrelo —dice Poppy—. Lo he traído para beberlo.
—¿A la hora de comer?
—Las estrellas no entienden de horarios de oficina.
—Después del jaleo de las comidas.
Nos sentamos en la barra cuando acaba el servicio. Poppy come el plato de cordero de mi menú reescrito y guarda silencio durante los tres primeros bocados, lo cual, viniendo de otra chef, es el único elogio que importa.
—Esto está mejor —dice por fin.
—¿Mejor que qué?
—Que esa cosa tan ingeniosa que serviste en la cena de primavera. Aquello sabía a que querías que la sala entera supiera lo mucho que habías trabajado. Esto sabe a que lo sabes tú.
La crítica da en el blanco porque es verdad.
Mira por el pase hacia el comedor vacío.
—El Inspector vendrá. Puede que ya haya venido. Así que deja de cocinar para él. Empieza a cocinar para tu corazón.
—Qué fácil es dar consejos cuando ya tienes una estrella.
—Pasé seis años cocinando para un hombre imaginario con abrigo gris. Cuando llegó el de verdad, pidió la hamburguesa.
Sonrío sin querer.
Poppy entrecierra los ojos.
—Estás colorada.
—He estado trabajando en una cocina que es un horno.
—Estás sentada junto a una puerta abierta en un día frío de noviembre.
—¿Ahora eres médica?
—No. Tengo suficiente sentido común para no hacerme médica.
No insiste, pero me toca la muñeca antes de marcharse. Un gesto de los tiempos de la escuela, para comprobar que sigo ahí debajo de la rivalidad.
—Sea lo que sea lo que persigas —dice—, la estrella no te va a castigar por tener una vida.
Veo su abrigo rojo cruzar el comedor y me pregunto si todo el mundo ha recibido un guion menos yo.
Esa noche, tres hombres ocupan su sitio en mi barra.
El servicio de la cena del martes está en pleno apogeo. El pase va cargado de comandas, el extractor pierde la batalla contra seis fogones y un camarero acaba de informarme de que el cliente de la mesa doce es alérgico a los lácteos, después de comerse media langosta escalfada en mantequilla.
Siento que me muero.
Emplato una pechuga de pato y aprieto las rodillas debajo de la barra.
El calor se concentra en la parte baja de la pelvis, un dolor sordo y persistente que convierte el roce de las bragas en algo intencionado.
La sensación me acompaña desde el laberinto y sube cada vez que un recuerdo me pilla desprevenida.
Dije que solo sería una noche, pero no consigo olvidar las manos de Rhys agarrándome las caderas, la boca de Callum, ni a Gabe mirándome desde arriba mientras yo le tenía la polla en la boca.
—Salsa —dice Luis a mi lado.
Me doy cuenta de que tengo la cuchara inmóvil sobre el plato.
—Sé lo que es la salsa.
—Chef, preguntaba si necesita más.
—No. Llévatelo.
Lleva el plato al pase con la expresión cautelosa de quien se aparta de una máquina inestable.
Por la ventanilla del pase veo a tres hombres sentados en la barra, frente a mi cocina. Rhys tiene una mano alrededor de un vaso de agua, algo que parece una indirecta aunque no lo sea. Gabe lee el menú como si hubiera cambiado mucho desde ayer. Callum no finge interés por nada que no sea yo.
Deberíamos habernos quedado en el anonimato.
Aun así, llevo tres días intentando mantener esa ficción.
Rhys me observa mientras corto la siguiente pechuga. La mirada de Gabe se engancha cuando me humedezco los labios. Callum no pierde de vista cómo cambio el peso de una pierna a otra; probablemente le gustaría sentarme en un taburete y vendarme los pies, que aún me duelen.
¿O es esta la nueva normalidad?
Ninguno de ellos ha aparecido por mi casa. Simplemente se han presentado en el restaurante cada noche, han ocupado los mismos sitios y han esperado con la exasperante paciencia de hombres que ya saben que acudiré a ellos cuando esté lista.
No estoy lista.
Mi cuerpo opina lo contrario.
—Esa la has cortado demasiado gruesa —dice Honey.
Bajo la vista. Tiene razón.
—Para la comida del personal —digo, y la aparto.
Honey sigue mi mirada hacia la barra.
—Llevan aquí tres noches seguidas.
—Son clientes habituales.
—Normalmente hablan.
—Quizá estén desarrollando una vida interior.
—¿Tú conoces a Gabe?
Sonrío.
—En eso tienes razón.
Suena la campanilla de la puerta. No levanto la vista. Mirar a todo el que entra en el restaurante se ha convertido en una costumbre que debería cortar antes de que acabe conmigo.
—Sage.
La voz de Saint llega desde el comedor, tranquila y familiar.
El cuchillo me resbala en la tabla. No lo suficiente para cortarme. Lo justo para que Callum se levante a medias del taburete antes de volver a sentarse.
Saint no tenía que volver hasta el domingo siguiente. No tengo tiempo para pensar en él ni en que la culpa llegue tarde, pero con mucho entusiasmo.
—Hola, ¿qué tal tu amigo? —digo en voz alta.
Ocupa el taburete libre junto a Gabe. Los cuatro hombres se saludan con esa incomodidad tan particular de quienes manejan información desigual. Saint pasa la mirada de una cara a otra.
—¿Qué me he perdido? —pregunta.
Corto la carne y finjo que su conversación no me interesa.
—A Rhys le ha surgido un interés por el agua —dice Gabe.
Rhys aparta un poco más el vaso.
Me vuelvo hacia los fogones antes de que mi cara nos delate a todos.
Honey entra por la puerta de la pastelería con un platito en equilibrio sobre la palma. El chocolate reluce bajo las luces, rojo oscuro en el centro.
—Prueba esto. Si te gusta, entra en el nuevo menú de Navidad. Dime que no es perfecto.
—Halloween fue hace tres días.
—Exacto. Vamos con retraso.
No espera a que le dé permiso: me acerca el tenedor a la boca mientras tengo las dos manos ocupadas. Saboreo ganache, cereza ácida, almendra y el ligero amargor de los nibs de cacao. La textura es impecable.
—Le faltan fresas.
Honey baja el tenedor despacio.
—Lleva cerezas.
—Lo sé. Pero le faltan fresas.
—Esas cerezas las conseguí yo misma. De un huerto de verdad. Acabé con tierra en los zapatos.
—El plato pide fresas.
—¿Te lo ha dicho el plato?
—Tenemos una relación profesional.
—Te equivocas.
—Soy la chef.
—Y yo, la que ha hecho el postre.
Seguimos discutiéndolo en voz baja mientras la cocina se mueve a nuestro alrededor. Es una discusión de siempre, tan cómoda que no me doy cuenta de inmediato de que la sala se inclina.
La barra se desplaza medio centímetro hacia un lado bajo mi mano y luego vuelve a su sitio. Me empieza un zumbido agudo detrás de las orejas. El calor de la cocina cambia de naturaleza: ya no está fuera de mi piel, sino debajo.
Honey se corta a mitad de frase.
—¿Estás bien?
—Bien. Semana larga.
Me agarro a la barra. El acero inoxidable me presiona la palma, frío. Los dedos me dejan una huella húmeda.
—Te estás balanceando.
—Estoy de pie.
—Esas dos actividades no se excluyen mutuamente.
Mira hacia el pase. Tres hombres se han quedado callados. Saint sigue contando algo de Jonah, sin enterarse de que todos los demás de la barra me observan con la concentración de un equipo de emergencias que oye una alarma.
—¡Callum! —llama Honey—. Ven un segundo.
—Honey, estoy bien.
—Estás pálida y sudando. Si te caes de bruces sobre mi ganache, seré muy comprensiva después de matarte.
Callum ya ha cruzado la portezuela lateral antes de que ella termine. No me toca de inmediato. Su mirada me recorre la cara, el cuello, las manos, catalogando señales.
—Tienes las pupilas dilatadas —dice—. Sage, ¿cuándo fue la última vez que comiste algo que no fuera una cata de la cuchara de otro?
—Esta mañana.
—¿Qué?
Rebusco en la memoria. Café. Medio cruasán de pie, encima de una factura. Una cucharada de sopa a las cuatro.
—Comida.
—Eso no es una respuesta.
Honey se cruza de brazos.
—Solo ha tomado café.
—Traidora.
—Traidora viva.
Callum me apoya un dedo en la muñeca. El contacto me recorre el brazo con un pulso ardiente, inmediato y humillante. Sus ojos buscan los míos.
—Tienes el pulso demasiado rápido.
—Tienes ese efecto en las mujeres.
La broma me sale sin aliento.
—Sage.
Baja la voz.
—Tu olor ha vuelto a cambiar.
Rhys y Gabe ya están de pie al otro lado del pase. Saint se gira por fin y sigue sus miradas.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—Nada —digo.
Cuatro hombres reaccionan a la vez a la mentira.
Callum busca las lazadas de mi delantal. Sus nudillos me rozan la cintura al aflojarlas y mi cuerpo se contrae en torno a la nada.
—Por hoy has terminado.
—Tengo un restaurante que llevar.
—Honey puede llevar la sala. Luis puede aguantar la cocina.
Luis, con buen criterio, se queda mirando una sartén.
—El venado…
—Sobrevivirá sin ti.
—No puedes saberlo.
—Sé que tienes fiebre y que el corazón se te oye desde aquí.
Aparta el delantal. El gesto, tan simple, resulta indecente después del laberinto. Ahora Callum vuelve a desnudarme, pero esta vez bajo las luces brillantes de la cocina, mientras todos finjen que es algo médico.
—Vas a venir conmigo.
Abro la boca para protestar. Una oleada de mareo pliega la habitación hacia dentro. El sonido que se me escapa es pequeño, indefenso y no se parece en nada a una palabra.
El brazo firme de Callum me rodea la cintura. Mi cuerpo se vuelve hacia él antes de que el orgullo pueda protestar y la frente le roza el hombro.
El olor a sábanas limpias que he intentado no recordar se instala a mi alrededor y, por un segundo, dejo de temblar.
Quiero esconder la cara en su pecho y quedarme ahí. Lo deseo con tantas ganas que me escuecen los ojos.
Entonces Rhys aparece a mi otro lado, con una mano bajo mi codo, y Gabe se coloca detrás de nosotros y despeja el paso. La cercanía de todos juntos me arranca un dolor más hondo.
Saint observa y la confusión se le endurece hasta volverse sospecha.
—¿Por qué tenéis todos esa cara?
Nadie responde.
Honey grita hacia la sala que la cocina cierra antes de lo previsto. Luis dice que puede ocuparse del pase. En alguna parte, un cliente protesta.
Lo último que registro con claridad antes de que la habitación se vuelva borrosa es a Saint diciendo mi nombre y a Callum contestando: «La tengo yo».
Me conducen por la sala a través del pasillo de servicio y me ahorran así la curiosidad de cuarenta comensales. En la puerta de atrás nos alcanza el aire frío de la noche. Aspiro una bocanada y saboreo lluvia, cubos de basura y el romero plantado junto a los escalones.
—¿Quién tiene el coche más cerca? —pregunta Callum.
—El mío está aparcado delante —le digo.
Me mira como si me hubieran salido dos cabezas.
—No vas a conducir.
—Tengo una percepción espacial excelente.
Me doy de lleno contra el canto de la puerta.
Gabe la detiene antes de que rebote.
—Demostración convincente.
Rhys se quita el abrigo y me lo pone sobre los hombros. El forro conserva el calor de su cuerpo. Hundo un instante la cara en el cuello de la prenda antes de poder evitarlo. Él me aprieta la nuca con más fuerza. Me estremezco, reconociendo lo que ambos sentimos.
Saint lo ve y su sospecha se convierte en algo más duro.
—¿Por qué se calma cuando la tocas? —le pregunta a Rhys.
Nadie responde con la suficiente rapidez.
Callum abre la puerta del copiloto de su coche.
—Porque está mareada y Rhys la sujeta firme. La charla familiar la tendremos cuando no corra el riesgo de caerse por los escalones.
El tono de médico sigue funcionando con Saint. Me ayuda a acomodarme en el asiento y me abrocha el cinturón cuando los dedos me fallan dos veces.
Rhys se agacha junto a la puerta abierta.
—¿Quieres que te sigamos?
Debería decir que no. Mi cuerpo ya se tiende hacia la presencia que se agrupa detrás de él.
—Sí.
La palabra apenas se oye. Los tres alfas la escuchan.
Callum cierra la puerta. A través del cristal, los veo repartirse entre los coches, organizándose otra vez a mi alrededor sin mediar palabra.
Camino a casa, la calefacción echa aire frío porque Callum ha bajado la temperatura. Las farolas le cruzan la cara en franjas regulares.
—Sabías que esto iba a pasar —digo.
—Sabía que podía pasar.
—Es lo mismo.
Tiene la mano abierta sobre la consola. Pongo la mía encima. No aparta la vista de la carretera, pero sus dedos se cierran con cuidado alrededor de los míos.
Me agarro a su mano como una niña al borde de un precipicio, y estoy demasiado ida para que me dé vergüenza.
—Esta noche me quedo contigo —dice.