El laberinto anudado (Anudados y enmascarados 1) Capítulo 1
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El laberinto anudado (Anudados y enmascarados 1)

El laberinto anudado (Anudados y enmascarados 1)

Por Evie Ellis

© inepub.com

Capítulo 1

Sage

Honey entra por las puertas de la cocina con una bandeja de pasteles en equilibrio sobre un hombro y una sonrisa de oreja a oreja pegada a la cara.

La sonrisa me preocupa más que el tambaleo de la bandeja.

Honey es capaz de cruzar un comedor lleno de codos con doce postres emplatados sin que se mueva una fresa.

Lo que no sabe es guardarse un cotilleo: lo suelta al primero que pille a tiro.

—Adivina quién ha ganado su primera estrella.

—No juego a las adivinanzas antes del servicio.

Estoy metida hasta el codo en una salsa que hay que reducir, no en una conversación.

El vapor me humedece el pelo de las sienes. La mantequilla y la chalota se me pegan al fondo de la garganta. Es tan intenso que saboreo la noche entera antes de que el primer cliente haya levantado siquiera el tenedor.

Honey deja la bandeja en la encimera de acero inoxidable. Todos los pastelitos de chocolate llevan un glaseado que brilla como un espejo, lo que significa que ha venido a molestarme a propósito, no porque necesite ayuda.

Entonces dice:

—Poppy Fookster.

Se me para el cuchillo a medio camino de una chalota.

Las sartenes chocan contra los fogones, la campana extractora ruge sobre nuestras cabezas y Luis pide más perejil de la cámara frigorífica, pero yo me quedo clavada en el sitio.

—Poppy Fookster —digo por fin—. La del colegio.

—A menos que la guía haya descubierto a otra chef llamada Poppy Fookster.

Dejo el cuchillo con cuidado, aunque lo que me apetecía era estamparlo.

—Con un apellido así, me sorprende que no rechazara la estrella.

—Celosa.

—Claro que estoy celosa. —Vuelvo a coger el cuchillo porque las chalotas no se van a picar solas y su uniformidad es, ahora mismo, lo único de mi vida que controlo—. Ella hace hamburguesas.

Honey sonríe.

—Muy buenas hamburguesas.

—¿Y porque pica la carne a mano y le pone gouda ya es una especialidad?

—Ella lo llama hamburguesa gourmet.

—Y yo hago la mejor comida en cientos de kilómetros a la redonda. Hago cocina francesa. Hago una salsa que requiere dos días, tres reducciones y la entereza emocional de una viuda de guerra. Ya debería haber una estrella colgada en este restaurante.

Señalo la pared donde no cuelga ninguna estrella.

Honey roba fresas de la bandeja de guarnición y parte una por la mitad de un mordisco. La fruta está destinada a veinticuatro clientes que pagan, pero por lo visto las reposteras están exentas de los costes de materia prima.

—Si los inspectores de Michelin te oyeran decir «viuda de guerra», te quitarían media estrella de forma preventiva.

—Menos mal que no tengo ninguna que puedan partir por la mitad.

La impresora de comandas se pone en marcha antes de que pueda seguir con la autocompasión.

Una tira fina de papel se enrosca hasta el suelo, seguida de otra.

La primera reserva ha llegado con doce minutos de antelación, lo que significa que la mesa cuatro se quejará de que su vino no respira y, al mismo tiempo, se negará a esperar.

—¡A los puestos! —anuncio.

La cocina se tensa en torno a la palabra. Luis se pasa a la carne. Mina revisa las sartenes en la zona del pescado. Honey devuelve dos fresas a la bandeja de guarnición con una demostración de conciencia tan teatral que casi aplaudo.

Me paso la manga por la frente. Somos siete en una cocina diseñada para cinco y de los fogones sale tanto calor que podría ablandar las velas al otro lado del pase.

Tengo que ponerme a trabajar.

Pruebo la salsa de chalota. Primero el ácido, después la mantequilla; el fondo reducido lo justo para napar el dorso de la cuchara. Correcto. Añado sal, no porque le haga falta, sino porque el nombre de Poppy sigue dando vueltas en mi cabeza.

Luis me observa desde su puesto mientras cojo el cuchillo.

—¿La reseña ha salido hoy?

—Por lo visto, todo el mundo en esta cocina recibe alertas de noticias menos yo.

—Tiras el móvil a un cajón durante el servicio.

—Una decisión que esta conversación justifica constantemente, igual que el hecho de que soy una profesional.

Baja la cabeza con una sonrisa. Luis trabaja conmigo desde que el restaurante tenía las sillas desparejadas y un problema de fontanería que sonaba a disparos y nos hacía dar un bote cada vez. Sabe el tamaño del préstamo que arrastro.

También sabe que no conviene darme ánimos mientras tengo un cuchillo en la mano.

—Nos la merecemos —dice de todos modos.

La certeza, así de simple, se me asienta bajo las costillas. Limpio el cuchillo, lo dejo y repaso la primera hilera de platos.

—Entonces cocinemos como si un alfa importante se hubiera olvidado de reservar.

—¿Porque es imposible que él o ella sea omega? —dice Honey al pasar a mi lado.

—A los omegas siempre se les pasa por alto en el mundo profesional.

Las palabras me salen más afiladas de lo que pretendía.

—Ahora estás siendo cínica. Poppy es...

—Un alfa. —Cojo una comanda del suelo—. Ahora tenemos que ponernos a trabajar.

El personal responde moviéndose más deprisa. Las sartenes llamean. La mantequilla espumea. Durante unos minutos, la ambición pasa a ser lo más importante de mi vida.

La sonrisa de Honey se ablanda en los bordes.

Sabe lo que esto me cuesta. No solo los años en cocinas donde los hombres me llamaban cariño hasta que acabé por encima de ellos, sino también el préstamo por el que Saint y yo discutimos durante tres meses, las mañanas en que la entrega del pescado llega antes del amanecer y las noches en que me duermo con los cálculos del menú corriendo detrás de los párpados.

También sabe que la compasión me da ganas de arrancarme la piel, así que hace lo más amable que puede: no ofrecerme ninguna.

En vez de eso, coge otra fresa.

—Tienes que pensar en otra cosa.

—Ya lo hago. En el trabajo. Tú también deberías.

Sonríe.

—Ah, sí. Los amigos buenorros de tu hermano están en la sala. Uno ha pedido el tartar. —Me señala con la baya antes de comérsela—. Pero no llores encima. Lo dejarás salado.

—El tartar está sazonado como debe. A diferencia de tus pasteles, a los que ahora les falta una fresa.

—Incorpora la pérdida a tus márgenes.

No me digno a contestar, pero sí miro por el pase.

El comedor está casi lleno, aunque apenas son las seis.

El terciopelo rojo oscuro atrapa la luz de las velas a lo largo de los reservados.

Los manteles blancos están tan tiesos que aún se les ven las marcas del doblez, y las lámparas de latón dibujan pequeños círculos de intimidad sobre cada cubierto.

Diseñé la sala para que resultara cálida sin caer en lo rústico, íntima sin invitar a nadie a pasarse cuatro horas con una sola botella de vino.

La barra de cócteles da directamente a mi cocina porque quería que los clientes vieran cómo se prepara su cena. Las noches difíciles, aquello parece más bien un acuario construido para una sola chef de mal humor.

Rhys y Gabriel ocupan los dos taburetes más cercanos al pase.

Gabe va por la mitad de una historia, con un brazo musculoso flexionado como si se presentara a un casting para echar un pulso.

Las gafas de montura negra se le resbalan por la nariz cada vez que se ríe y se las vuelve a subir con un dedo sin abandonar la ridícula pose que haya decidido adoptar.

Incluso con un jersey azul marino consigue parecer Clark Kent en su día libre.

Me gusta. Me fastidia que me guste, pero esa distinción nunca ha logrado que mi cuerpo se comporte de otra manera cuando Gabe o Rhys andan cerca.

Rhys está sentado a su lado, con la cabeza echada hacia atrás, riéndose con tanta fuerza que la barba corta que le cubre la mandíbula no consigue disimular lo ancha que es su sonrisa.

Se ríe pocas veces y, cuando lo hace, se ríe sin freno, como si la hubiera estado ahorrando.

El sonido de su risa no me llega a través del cristal y del ruido de la cocina, pero sé exactamente cómo suena.

Lo sé porque me hace algo. Primero es grave; después, inesperadamente cálida.

Aprieto los muslos y confío en que los supresores sigan funcionando.

Gabe me pilla mirándolo y me saluda con un gesto exagerado de la mano.

Le contesto con el gesto universal de cocina que significa «lárgate».

Se lleva una mano al corazón y frunce el ceño.

Entonces Rhys gira la cabeza y me encuentra observándolo. Su sonrisa cambia; de algún modo se vuelve más personal, como si esa mirada fuera para una sola persona y no para toda la sala.

Me da un vuelco el estómago, igual que cuando el ascensor arranca antes de que me haya preparado.

Bajo la cabeza y echo mano de la siguiente sartén, molesta por el calor que me sube bajo el cuello de la chaqueta.

A los veintinueve años ya debería tener inmunidad a que me miren los hombres guapos.

O, como mínimo, debería ser capaz de recordar que Rhys conoce a mi hermano desde que eran niños y que, por tanto, entra en la categoría de ni de broma .

Tengo que quitarme a Rhys y a Gabe de la cabeza. Tengo calor, pero esta mañana me acordé de los supresores y de los bloqueadores de olor, así que solo es la cocina.

Agarro el mango de la sartén y lo suelto al instante.

—Ay.

Abro los ojos de par en par cuando el naranja sube a toda velocidad por el algodón blanco de la muñeca. Al principio no noto el calor y, durante medio segundo, hasta resulta precioso: el mismo rizo azul y naranja que veo cada noche bajo una sartén de cobre. Entonces el calor me alcanza la piel.

—¡Fuego! —grita Honey a mi espalda.

Una bandeja se estrella contra el suelo. El estruendo revienta por toda la cocina, pero no consigo mover el cuerpo. No grito. Abro la boca y no sale nada. El aire se me atasca en lo alto del pecho; cada respiración es más corta que la anterior, y la llama sigue trepando.