El juramento en el exilio CAPÍTULO X - El hombre que no pudo ser quebrado
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CAPÍTULO X - El hombre que no pudo ser quebrado

CAPÍTULO X

El hombre que no pudo ser

quebrado

l amanecer llegó sin luz. El cielo era una masa gris,

pesada, inmóvil. El viento soplaba desde el norte con

un rugido que parecía anunciar algo más que una

tormenta.

William Tagles lo sintió antes que nadie, un silencio

extraño, un silencio que no pertenecía al invierno, un silencio que

pertenecía a la guerra.

Estaba cortando leña junto a O’Rourke cuando el sonido

llegó: un cuerno, profundo, antiguo, salvaje. O’Rourke palideció.

—Tagles… eso no es un animal.

William dejó caer el hacha.

—No, es un aviso.

El segundo cuerno sonó más cerca, el tercero, aún más, y

entonces el bosque explotó.

Los Abenaki no atacaron como antes, no eran grupos

pequeños, no eran incursiones rápidas, ni eran flechas aisladas.

Era un ejército.

Más de doscientos guerreros surgieron entre los árboles,

pintados para la guerra, con plumas, lanzas, hachas y arcos. Sus

gritos llenaron el aire como un trueno.

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