El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 12
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Capítulo 12

El Pliego del Receptor Real

Isabel de Montemar

Al caer la tarde, el mensajero apareció por la portada con el estandarte desplegado y la bolsa de cuero colgando del brazo; el viento del norte le desordenó la capa y las antorchas arrojaron reflejos sobre la plata del emblema.

La plaza del castillo se llenó de un silencio que olía a piedra y a humo de cocinas.

Tras la última ronda de mensajeros, la guardia había vuelto a sus puestos.

Isabel permaneció en la antesala, la capa cruzada sobre el pecho, y dejó que el frío le llegara a las manos: una claridad sin brillo, de las que exigen decisiones.

El enviado descendió los peldaños con paso ceremonioso y detuvo la comitiva en el centro del patio.

Detrás, la escolta rigurosa, rostros curtidos por viajes y el ligero rumor de la seda y el metal.

Sostuvo en la mano un estuche de cuero, la cera del sello aún brillante en la tapa.

Antes de hablar, golpeó el cordón que ceñía el pergamino; el sonido fue breve y atinó a la piedra como una campana pequeña. Todos los ojos buscaron a Isabel.

—Por mandato del receptor real —, anunció con voz recia y medida, —vengo a notificar a doña Isabel de Montemar el acto de apertura de procedimiento a instancia de don Alfonso de Olmedo.

Este pliego contiene la demanda, las señas de los peritos designados por la corte y el emplazamiento para la audiencia.

Se fija término para la presentación de probanzas y documentos.

Abrió el estuche con un gesto que hacía del rito algo tangible y mostró el sello que, bajo la luz mortecina, parecía un cuerpo: la rueda del receptor hundida en cera.

La multitud sintió la presencia del juramento central, la autoridad que personificaba el sello.

Catalina, junto a la baranda, apretó la pluma contra el costado como si la tinta fuera ahora un instrumento de guerra.

El comisionado leyó en voz alta la fecha exacta de la audiencia y, con la misma modulación, las condiciones: presentación de originales de títulos, listas de testigos y la obligación de cotejo de sellos y rúbricas ante peritos eclesiásticos designados.

Anunció plazos para réplica y contrarréplica y, por último, dejó la posibilidad que toda corte reserva en la sombra: medidas provisionales si existiese riesgo cierto para la administración y los vasallos. La frase quedó suspendida en el aire.

A su alrededor los murmullos se encendieron; la tensión dejó de ser abstracta.

Doña Teresa, que observaba desde las arcadas, llevó las manos al pecho y su rostro mostró la urgencia que siempre contenía: gestiones en palacio, damas y favores.

Isabel la vio, reconoció el brillo de la ansiedad, y no le dio lugar a réplica inmediata.

Su voz, cuando habló, fue la que habían escuchado tantos años quienes dependían de ella: firme y corta, como una orden.

—¿Cuál es el término fijado? —preguntó, sin moverse del escalón donde se apoyaba.

—Quince días para presentar probanzas y testigos —, dijo el enviado.

Los peritos eclesiásticos designados son fray Raimundo, fray Diego de la Cancillería y el escribano del obispado señalado en la relación.

Las partes deberán señalar originales o copias certificadas; el receptor podrá ordenar, si procede, medidas cautelares si existe riesgo para bienes o personas.

Isabel escuchó cada palabra como quien mide la longitud de una cuerda. Quince días: la cifra cayó con la rudeza de una cuenta que convierte la contienda en carrera. La plaza dejó de murmurar; la disputa se resumía en un plazo.

Doña Teresa dio un paso adelante, la voz más afilada del temor.

—Mi sobrina —, dijo, —convendría negociar; una promesa, un arreglo menor, asegurará la protección del valle. No todo se gana en papeles; en Palacio hay manos que saben leer silencios.

El movimiento en la plaza siguió a sus palabras: rostros que se inclinaban hacia la idea de seguridad, viejos favores ofrecidos como rescate. Isabel la miró y dejó que la calma de su rostro fuera argumento.

—No venderé la administración del señorío por atajos —, respondió. —Si la corte exige prueba, la presentaremos. Si alguien ofrece garantías, que las ponga por escrito. Nada que no pase por folio, sello y testigo tendrá validez aquí.

Hizo una pausa en la que la plaza pareció medir su pulso con el suyo. Alzó la vista hacia el enviado con la intención de convertir la formalidad del acto en procedimiento que pudiera controlar.

—Exijo copia íntegra del expediente que don Alfonso presente —, dijo.

—Lista de documentos, nombres de testigos consignados y la relación de peritos que la corte pretende emplear.

Si el receptor ha recibido pliegos, que conste la hoja de entrada y el nombre del portador.

Todo lo que relacione esta demanda con actos escritos debe ser entregado o, si el protocolo lo impide, consignado en un inventario sellado con hora y testigos.

El enviado pestañeó y tocó el estuche. La ley en la boca de un representante era un cálculo que prefería la prudencia; no obstante, la costumbre obligaba también a la cooperación.

—La corte remite el original en este estuche —, replicó.

Entrego, a su petición, una relación inventariada de los documentos que acompañan la demanda y, asimismo, un ejemplar sellado que quedará en las cámaras de correo del castillo con recepción fehaciente.

La originalidad de ciertos títulos se comprobará en audiencia ante los peritos.

Isabel clavó la mirada en el pliego cerrado: la cera llevaba la impronta que delata cualquier alteración. No aceptó la alternativa de la demora.

—Entonces deje aquí la relación inventariada, con hora y testigos —, ordenó. —Que Hernán anote la recepción; que el escribano presente, firme y selle. Exijo, además, la identificación de los testigos que don Alfonso aporta; que se citen por nombre y oficios, para que podamos verificar su veracidad.

Hernán, junto a la mesa con el libro abierto, levantó la pluma con una precisión que Isabel aprobó con un gesto apenas perceptible.

Rodrigo respiró con la incomodidad contenida de quien ve la posibilidad de acción diluida en trámites; Mateo, en la galería, dejó la mano sobre la vaina y no intervino.

Isabel lo vio todo, como quien toma nota de las piezas en el tablero.

El enviado consultó su cuaderno y entregó al escribano un documento sellado con la relación de papeles y la nómina de peritos.

Las manos que la recibieron temblaron por la importancia de la tinta; Hernán selló con la gravedad de quien ejecuta un voto.

Catalina se inclinó un instante sobre la letra y asintió con la concentración de quien ya evaluaba márgenes, trazos y posibles lagunas.

—Que quede constancia —, añadió Isabel: toda copia que salga de aquí llevará sello temporal y dos testigos civiles. Los originales se depositarán en la cámara de correo bajo llave hasta la audiencia; nadie tocará los pliegos sin mi autorización y la firma de Catalina.

La plaza, que instantes antes latía entre resquemores, se volvió a ordenar por la sola gravedad de sus palabras.

Algunos en la muchedumbre respiraron aliviados; otros arqueaban la ceja como quien no acepta la demora.

Doña Teresa apretó los labios, midió el alcance de la medida y, con respeto calculado, bajó la mirada.

Su propuesta no había caído en saco roto, pero Isabel había transformado la voluntad en procedimiento y, con eso, en tiempo.

El comisionado observó la cadena de firmas y, tras comprobar la recepción, cerró de nuevo el estuche.

Antes de guardarlo, dio lectura a la cláusula que autorizaba al receptor a dictar medidas cautelares cuando existiera peligro para la renta o la seguridad: nombramiento temporal de receptor, intervención en cobros, suspensión de nombramientos. La frase reavivó el viento en la plaza.

Isabel sintió el frío de la cera aún cuando no la tocaba. Había un plazo, nombres peritados y la obligación de llevar hechos al papel. No era una victoria, pero era terreno conocido, uno donde sabía leer y escribir su defensa.

—Proclámese calma en el valle —, mandó después.

Rodrigo, ordene patrullas visibles en pasos y no columnas; nadie salga sin aprobación escrita.

Catalina, prepare la relación cronológica de hechos que presentaremos; Hernán, anote hora de entrega y nombres de testigos.

Quien necesite partir, que lo haga con copia sellada y dos testigos; quien ofrezca dinero por papeles, que anote su nombre y hora.

Las órdenes salieron con la sencillez de quien conoce la urgencia y la mide en actos. Doña Teresa caminó hacia ella, apenas rozando la manga de Isabel con la punta de los dedos.

—Haré gestiones —, susurró Teresa. —En palacio hay manos antiguas.

Isabel no prometió confidencias; su respuesta fue un encargo.

—Hazlo y tráelo por escrito —, replicó. No acepta la casa favores sin folio.

Cuando el enviado ajustó el estuche y se preparó a marchar, Isabel lo observó desde el umbral.

Por un instante pensó en la plaza donde, semanas atrás, devolvió el brazalete.

Ahora la devolución era menos simbólica: era procedimiento.

Sintió que las horas se plegaban en el libro de Hernán como hojas que quedarían marcadas por sellos y firmas.

Al caer la tarde, con la sombra de las almenas alargándose sobre los adoquines, mandó cerrar la cámara de correos bajo llave y pidió a Catalina que sellara la copia que había quedado allí con la marca temporal de la casa.

Luego, con la pluma en la mano, escribió en su cuaderno una sola palabra, seguida de la fecha: "Quince.

" Guardó la pluma con la misma medida con que había cerrado la sesión y apoyó la palma sobre la cera fría del sello dejado en la mesa, como quien toca la superficie de un juramento que, por primera vez desde la plaza, se ha hecho tiempo.