El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 11 #3
45%

Capítulo 11 #3

—Si llega mandato legítimo, se recibe en la explanada ante testigos y se coteja; si no, se registra y se pide tiempo. Sus ojos buscaron las manos de los capitanes. —La ley es la que da abrigo a los hombres que protegemos. Si la pisamos, los dejaré sin abrigo.

Diego asintió; había practicidad en su asentimiento. Mateo, sin embargo, no quería que las medidas quedaran en letra muerta: necesitaba músculo leal, no solo obediencia escrita.

—Reasignaré mandos en los pasos —anunció—.

—Tomás, tú tomarás la Culebra hasta nueva orden; Luis, la ribera.

Diego, custodiarás las entregas y verificarás la presencia de dos testigos civiles por mensajero; dejarás constancia en nuestro libro y en el sello temporal.

—Pronunció los nombres como si entregara llaves.

Los hombres clavaron la mirada en él; reconocieron la autoridad no porque la reclamara, sino porque la hacía operativa con órdenes detalladas. Mateo añadió lo que compensaría la disciplina con ventaja palpable.

—Habrá reconocimiento público para los que mantengan la disciplina durante la audiencia —dijo—.

Prometo menciones en la lista de méritos, reparto de raciones adicionales para relevos y una licencia de tres días a quien sostenga el puesto sin falta.

No era mucho, pero bastaba para comprar horas de paciencia.

Tomás frunció el ceño, pero la promesa suavizó la tensión en su hombro. Las raciones y las menciones no eran solo pago; eran herramienta para mantener a los hombres en la contención que la ley exigía.

Mateo se levantó y pasó la yema de los dedos por la tapa del libro de la capilla. La cera aún olía a vela usada.

—Registraré todo en mi cuaderno: cada sanción, cada reconocimiento, cada entrega; si alguno pretende invocar otra forma, que lo haga sabiendo que su nombre quedará escrito —dijo—.

Hizo un gesto preciso: ordenó que dos hombres se presentaran en la puerta de la armería al amanecer para hacer constar los nombres de los retenidos y la causa.

Nombró también a un veterano de confianza —no quiso ofrecer su nombre en voz alta, lo reservó para Hernán— para encargarse de la cadena de custodia en la entrada del archivo.

Todo debía converger en papel sellado y testigos, no en rumores.

Mientras distribuía posiciones y promesas, un joven centinela se adelantó con respeto: los ojos enrojecidos, la capa húmeda por la niebla de la madrugada.

—Señor —dijo en voz baja—: un mensajero trajo palabra anoche. Dicen en la herradura que Rodrigo ha hablado a voces con unos cuantos; pretende tomar un puesto frontero si la corte tarda. Que reunirá a los belicosos en la posada y dará la señal.

La frase golpeó la piedra de la capilla como un golpe de asta. Mateo no cambió de postura; dejó que la noticia cayera y se asentara en la sala.

—¿Tiene nombre quien lo dice? —preguntó, sin incredulidad; preguntó para dar forma a la sombra.

El centinela mencionó dos rostros: Pedro Cortés y un par de cabos jóvenes. Había oído la voz de Rodrigo en las ventas, el valor arriba en la garganta de quien exige hambre de gloria.

Mateo repitió la información con la misma calma con que había distribuido mandos.

—Rodrigo podría intentar generar una excusa —musitó—. Si grita la consigna "piquete en la ribera", los veteranos que la oigan creerán que es orden mía.

El centinela tragó, sabiendo lo que aquello significaba.

Mateo cerró la mano en torno a un banco y dejó que el gesto fuera su única respuesta durante un latido.

—Entonces lo evitaré —dijo al fin—. Movilizaré hombres leales a los puntos que Rodrigo podría elegir y dejaré un cordón que impida reforzamientos improvisados.

—Nombró a dos veteranos de confianza, discretos, para que releven en los puestos que daban acceso a la posada y al puente del molino; no eran vistos como guardias sino como hombres de paso.

—Daré órdenes de no responder al grito sin mi firma en el cuaderno.

No dijo que pensaba confrontar a Rodrigo con palabras, con la oferta de mando ceremonial o reconocimiento público; aquella negociación, si llegaba, sería privada y debía proteger la autoridad de Isabel. Por ahora había que tapar la brecha que el impulso del capitán podría abrir.

Pidió al centinela que anotara hora y lugar exactos de la advertencia y ordenó que el libro de salidas se actualizara con esa entrada: "Informe de posibilidad de sublevación.

Testigo: el centinela." La anotación le pareció acto de contención: dejaría que el papel trabajara donde la espada podía quebrantarlo todo.

—No quiero que se entienda esto como persecución —dijo después, dirigiéndose a los capitanes—. Quien muestre disciplina será reconocido; quien enturbie el servicio será apartado. —Sus palabras fueron medida y programa.

Diego, con la mirada baja, habló entonces por primera vez con la franqueza que le convenía.

—Si Rodrigo actúa, su gente podrá dividirse —dijo—. Podemos perder a los que prefieren la acción y con ellos algo de músculo; podemos perder también la confianza del pueblo si ejecutamos castigos duros.

Mateo no lo negó. Sabía el precio de la contención: perdía favores y la admiración de los belicosos; ganaba, quizá, la preservación del señorío. La decisión no le resultaba cómoda: era cálculo y también renuncia.

—Haré que las sanciones sean públicas y proporcionadas —contestó—.

Retiraré mando, sí; reduciré ración, sí; pero no mandaré colgar cabezas ni escarnio.

Si algunos se van, que lo hagan con nombre escrito y sin manchar la casa.

Dejó la frase con la firmeza de quien no quiere añadir a la pena la humillación.

Movió la vista hacia el altar. La vela lanzaba una llama larga que tembló cuando alguien cerró la puerta a hurtadillas.

Mateo respiró y trazó en su mente el mapa de relevos: Tomás en la Culebra, Luis en la ribera, Diego en los envíos, dos veteranos en la posada y, sobre todo, anotación de cada movimiento en el cuaderno.

—Enviaré dos mensajeros a la cámara de Isabel y a Hernán —dijo—. Que sepan lo que les llega: advertencia sobre intento de precipitar acciones; registro hecho en la capilla. Quiero copias selladas en la caja del señorío.

Así lo ordenó y así se hizo: un veterano salió en silencio con la primera nota, otro con la segunda. Mateo les entregó a cada uno un pequeño lingote de cera con la marca de la casa: prueba de comisión y de que sus palabras volverían en escritura.

Cuando la capilla quedó otra vez en la penumbra, sólo quedó la levedad de los pasos que se desvanecían. Mateo apoyó la nuca en el respaldo del banco y, en voz baja que no alcanzó a nadie, pronunció la promesa que llevaba desde la muralla:

—Vigilaré esa traición sin convertirme en tirano.

No dijo cómo lo haría; apenas lo enunció como quien pone el sello a una resolución.

Afuera, la mañana aún no entregaba su luz; la cera de la vela dejó una mancha tibia en la madera.

En el silencio que siguió, la advertencia sobre Rodrigo se quedó como una sombra, lista para el riesgo que aún no se había elegido.