Capítulo 8 #3
—Cuaderno —mandó—: hora de la emboscada, lugar exacto, número aproximado de atacantes, signo distintivo en botas o ropas, rastro del caballo sangrado y donde hallamos indicios de hoguera.
Miró al escribiente improvisado y dijo: —Apuntad además la dirección en que huyeron y las descripciones de quienes pudieron verlos.
Tomás de la Vega, con la respiración todavía agitada, apoyó las manos en la pica antes de hablar; el polvo marcaba los surcos de su cara.
—Pasaron hace pocas horas —dijo—. No eran gente de la venta: suelas remachadas, capas limpias de la tierra del labrador; encendieron una hoguera corta y la apagaron con prisas. Vi rastro de sangre hacia el sur.
Mateo asintió en silencio. Las huellas que había leído en la piedra tomaban nombre: método, contrato, pago por herir. No nombró a nadie: la implicación debía conservarse en la forma apropiada, no en el rumor que arma hombres.
—Se lo llevaremos a Doña Isabel por escrito —ordenó—. —No es excusa para prender fuego; que vaya con hora, descripciones y testigos. No operación por orgullo.
Diego Vargas inclinó la cabeza y le ofreció la medida práctica que Mateo necesitaba.
—Enviaré dos mensajeros distintos —propuso—. Uno por la ribera y otro por la vereda del páramo. Cada uno llevará copia firmada por dos testigos civiles: Juana, la posadera, y el alcalde de la venta. No pernoctarán en la misma posada; irán sin insignias y con instrucciones precisas.
Mateo extrajo del saquillo un trozo de cera con la marca de la casa, lo mostró un instante y lo guardó de nuevo.
—Dadles mi sello temporal —dijo—. —Que firmen la salida y la hora en mi libro. El texto: "Emboscada en la Culebra. Dos muertos. Tres heridos. Posible mercenariado: botas remachadas; rastro hacia el sur. Entregar a Doña Isabel y a Hernán Ruiz. Pedir orden."
No pronunció la palabra que algunos querían escuchar —Olmedo—: la acusación directa sin prueba sería arma que heriría al señorío tanto como a sus enemigos.
Cogió entonces el cuaderno que el escribiente improvisado le había acercado, lo guardó un instante en la cartuchera y, al abrirlo, escribió con letra seca: nombres de los muertos, relación somera de los heridos, hora, testigos presentes, descripción del rastro y una nota al margen: "Posible contratación externa.
Investigar pagos en posadas y movimientos hacia el sur.
" Cerró el cuaderno y lo guardó bajo la chaqueta como quien aprieta una verdad contra el pecho.
Además envió dos hombres por la ladera sur con órdenes detalladas: seguir los rastros hasta donde la prudencia lo permitiera, tomar descripciones y regresar con testigos. No buscaba venganza; buscaba pruebas que resistieran la mirada de un notario.
Cuando los mensajeros ajustaron las monturas, reunió a los que permanecían. Sus ojos fueron de cara a cara; veía el fuego contenido y la ascuas de la sed de revancha en unos cuantos.
—¿Que los sigamos y los matemos? —dijo un joven con la voz rota por el ansia—. —Eso es lo que quiero oír.
Mateo dejó que el silencio pesara lo que las palabras no podían equilibrar y habló con la voz que había ganado en marchas largas.
—Si perseguís ahora, quemaréis huellas y daréis motivos para que la corte nos acuse —dijo—. —Si queréis justicia, traed pruebas; si buscáis venganza, volved al castillo y poned manos sobre la mesa de la casa. Todo acto sin traza nos hace culpables.
Su reproche no necesitó más. Hubo murmullo, resignado en algunos, activo en otros; la tentación del golpe no se extinguió con la palabra, pero se contuvo.
Entonces dictó las condiciones del regreso: patrulla en formación estrecha; raciones ligeras; un veterano adelantado para marcar tiempos y evitar atajos que convirtieran la columna en presa; ninguna señal en las ventas y silencio sobre superiores o nombres que solo encenderían oídos.
Cuando cubrieron a los caídos, dejaron una rama a modo de cruz y ataron una franja de paño blanco al tronco para que quien volviera con paso acelerado supiera que allí yacían hombres que habían pagado la noche.
Fue un entierro sin ceremonia, pero con la precisión de quienes saben que las formas preservan memoria y evitan venganza ciega.
Se apartó unos pasos y miró la huella más honda, la que había detenido al caballo que sangraba. Con una estaca trazó una cruz pequeña en la arena y apoyó la mano sobre la madera sin rituales aprendidos, solo con la gravedad del que no busca absolución sino compromiso.
Pensó en Isabel: en la manera franca con que ella había puesto la espada por debajo de la ley. La culpa antigua, aquella que no había sido solamente por ausencias sino por promesas incumplidas, le pesó como hierro. No buscó consuelo en palabras; lo guardó en un gesto.
Se incorporó, dio las últimas instrucciones a los mensajeros y los vio partir en dos rumbos que separaban el rumor y la respuesta formal.
Al dar la espalda al pino donde reposaban los caídos, apoyó la mano en la madera de la cruz improvisada y, ante sí mismo, hizo un juramento que cerró en voz baja como quien firma un pacto: "Protegeré Alcaraz con mi vida, pero no la someteré. "