Capítulo 8 #2
La columna obedeció: se contrajo. Las picas arañaron la tierra con un sonido seco; los ballesteros buscaron sitio en las repisas y resquicios, tensaron cuerdas sin aspaviento.
Los arreos chirriaron al apretar los carros contra la roca; Diego Vargas reunió a los viajeros con manos firmes, pegó a familias y animales a la pared y dejó que la guarnición hiciera de muro y de cortina a la vez.
Desde arriba llovieron más flechas. El tiro tenía la cadencia de tiradores entrenados: no campesinos, sino hombres pagados para herir y quebrar columnas.
El viento trajo olor a grasa vieja y humo apagado; un indicio más de hogueras preparadas para la emboscada.
Mateo apoyó la espalda en la roca húmeda, notó el frío que le mordía la palma y miró a sus hombres como quien ofrece un gesto de contención necesario.
Tomás y Luis, que él mismo había enviado a la ladera, reaccionaron sin preguntar: aparecieron en las cornisas con la soltura del que conoce cada resquicio del terreno. Mateo no dudó.
—Tomás, Luis: subida por la terca, dos cada uno. Rodead la cornisa y buscad repisas para arquear. Rodrigo, cubrid la retirada de los civiles; Diego, con él. Ballesteros, en rotación: descargad, reencargad.
Las órdenes no pidieron valor extra; pidieron oficio.
Rodrigo llegó como una sombra que ordena, sin palabras de más, y colocó a los veteranos formando un semicírculo protector alrededor de la retaguardia.
Andrés, veterano de años, tomó la pica con manos firmes y miró a Mateo con una sonrisa tensa.
El jefe le hizo un gesto seco que era todo reconocimiento y necesidad.
Una flecha rozó la hombrera de Mateo; el cuero chirrió contra la piel.
No fue una herida profunda, pero el calor de lo cercano le apretó las costillas.
La imagen —Isabel en la galería, la mano sobre el sello— brotó y él la ahogó con un gesto.
Apretó la mandíbula; su deber era sacar a la columna del Paso con vida y con la legitimidad intacta.
—No los sigáis fuera del paso —mandó—. —Subid y cortad la fuga; no provoquéis una escaramuza que nos obligue a romper filas.
Las parejas treparon los senderos ocultos; desde arriba comenzaron a caer punteos de picas y disparos cortos que obligaron a los atacantes a mirar sus flancos.
Mateo avanzó con un pequeño grupo hacia el punto donde el fuego enemigo hacía más daño; no buscó gloria, buscó ángulo.
Vio a un carro trabado entre piedras y, sin duda, hombres que empujaban mientras otros sostenían heridos.
Cuando un anciano gritó, Mateo se inclinó, tomó al niño dormido del regazo y lo dejó en las manos de la nodriza con un gesto sin palabras; aquel acto calmó varias miradas y reordenó prioridades.
Los atacantes apretaron su agarre por el costado derecho de la garganta.
Mateo clavó la pica y designó a tres veteranos para quedarse como retén.
No quiso mostrar sacrificios, pero la ecuación era simple: abrir un corredor exigía huesos y tiempo.
Andrés aceptó con la mirada ya vieja de quien ha contado pérdidas y sabe el precio de una retirada ordenada.
Un arquero enemigo, escondido en una repisa mayor, disparó con la puntería de quien espera el momento.
La flecha alcanzó a Andrés en la pierna.
Cayó con un sonido seco que obligó a un silencio inmediato: incluso el combate tenía una manera de detenerse para probar la gravedad.
Mateo vio caer al veterano y la orden fue clara, casi ahogada por el polvo.
—Replegad. Cubrid a Andrés. Dos con él; el resto, abrid el corredor.
Dos hombres se arrojaron a arrastrar a Andrés a la sombra de un carro.
Le ataron una ligadura provisional con trapos y barro; verlo envuelto entre manos curtidas tensó la garganta de Mateo.
Cuando la primera familia pasó junto a él, leyó en esos rostros la ciudad que debía proteger: ojos exhaustos, manos entumecidas, rostros que aún confiaban en la casa. Esa visión templó su puño.
—¡Adelante! —ordenó—. —Sigue, Diego; rápido, pero sin correr.
La columna se deslizó por el corredor con una precisión forzada.
Desde la altura, Tomás y Luis comenzaron a golpear el flanco enemigo con picas y dardos; los atacantes, flojeados en la moral al verse tocados por los costados, rompieron su cadencia y quedaron desorganizados.
Mateo aprovechó la confusión. Mandó encender, con control, un haz de empapados secos para levantar humo en una lengua baja que ocultara los movimientos; no buscó fuego para la destrucción, sino sombra para mover cuerpos.
La humareda confundió siluetas y dio el velo que la retirada necesitaba.
La última curva aceptó el final de la maniobra.
Rodrigo recibió a la retaguardia con rostro endurecido y puso orden sin fanfarria; los viajeros, cuando por fin pudieron respirar con más amplitud, soltaron lágrimas cortas.
No hubo triunfo: solo sobrevivientes y el silencio agrio por las pérdidas; dos cuerpos que no volverían a levantarse.
Cada ausencia se clavó en Mateo como una piedra que no se puede apartar.
Agrupó a los hombres en un alto cercano y habló con voz baja, porque las instrucciones prácticas no admiten retórica.
—Registrad nombres. Entregad a quien quede a quien deba enterrarlo. Anotad hora y lugar en el cuaderno. Nadie persiga sin mi orden.
Las manos se pusieron a trabajar: vendas improvisadas, ataduras, anotaciones.
Mateo limpió la sangre de su palma con un trapo, movió la vaina como quien aparta una costura y miró la pierna de Andrés: barro, sangre, una línea de realidad que debía entrar en un libro para ser prueba, no furia.
Metió la herida en la anotación y apretó la mandíbula; la rabia quedó confinada a la tarea inmediata.
Un grupo pidió permiso para perseguir al enemigo. Se notaba en sus ojos el deseo de revancha; algunos estaban calientes de fuego, otros de miedo.
—No —dijo Mateo—. Si perseguís ahora, provocaremos más sangre y perderemos la razón ante la corte. Si queréis justicia, reuniré pruebas; si queréis desquite, la casa perderá la ley que protege al pueblo.
El silencio que siguió volvió manos al trabajo y miradas bajas. Las palabras de Mateo operaron como una maniobra más, necesaria para preservar la legitimidad que Isabel defendía.
Mientras atardecía, ordenó enterrar a quienes no regresarían y preparar mensajeros para Alcaraz.
Mandó también que se registraran con precisión los heridos y que cualquier oferta o indicio de pago o de mercenarios fuera consignado ante testigos: nombres, descripciones, horarios.
Mateo sabía que la violencia sin registro sería argumento del contrario; dejó constancia de lo ocurrido como prueba.
Apoyó la mano en la empuñadura, limpió con cuidado el resto de la sangre y fijó la mirada en la profunda huella del Paso. Guardó la furia como una herramienta peligrosa y la plegó a la orden de Isabel: proteger sin suplantar la voz del señorío.
La luz menguaba; en la garganta, la tarde ya solo ofrecía frío y la retirada del ruido.
Apretó la punta de la bota contra la huella y dejó que la roca fría le devolviera la calma que la prisa le negaba.
La garganta del Paso respiró con él: primero el rumor contenido de las bocas, luego el ir y venir de manos que rehacían correas, ajustaban arreos y volvieron a hacer de la disciplina el remedio inmediato al desconcierto.
Recorrió la fila con la mirada que organiza cuerpos en listas.
Contó en voz baja, como quien convierte dolor en registro: dos tendidos sin movimiento; tres hombres cojeando, vendajes improvisados en brazos y piernas; Andrés, sentado junto a la rueda, apretando los dientes sin dejar de mirar alto, con la mueca del que mide orgullo y dolor a partes iguales.
Los demás trabajaban con manos en el oficio, de esa obediencia que no consulta la voluntad sino la necesidad.
Se agachó ante el primero de los caídos y cerró los párpados del hombre con un gesto breve, sin liturgia, sin verbo pronunciado: reconocimiento. Señaló a dos veteranos con la voz atemperada.
—Los dos que no respiran —dijo—. Enterradlos bajo el pino: tres paladas. Dos hombres para cavar y uno que anote. Nombre, hora y lo que sepáis de la línea del ataque.
Los veteranos se adelantaron con la misma lentitud con que los hombres vuelven a hacer lo que ya han hecho otras veces. Mientras apartaban telas y preparaban la tierra, Mateo fue dictando lo que transformaría la pena en archivo: