Capítulo 6 #3
Sonaban desordenadas, algunas rápidas, otras lentas, como si el reloj mismo estuviera roto. El eco rebotaba en la sala, haciendo difícil distinguir el origen de cada campanada. En la pared, una nota escrita con tinta negra temblorosa decía:
“Ordena el tiempo. Solo quien entienda el pasado podrá llegar al futuro. Doce golpes marcan la salvación.”
Sánchez se tapó los oídos un instante.
— Son… caóticas. No hay patrón —susurró.
Martínez cerró los ojos, concentrándose. Reconoció cada campanada, recordando el eco de la Puerta del Sol en Nochevieja, donde el ritmo de las campanas marca cada uva, cada segundo que separa el año viejo del nuevo.
— Escúchalas bien —dijo, sereno—. 12… 3… 7… 1… 9… Está formando una secuencia. ¿Ves? Está saltando entre horas.
En el centro de la sala, bajo el reloj de pie, había un panel circular con doce interruptores numerados del uno al doce, como un reloj sin agujas. Parecían estar esperando la secuencia correcta.
— Es un código —afirmó Sánchez, analizando la nota—. Si pulsamos los interruptores en el orden de las campanadas, quizá…
Un nuevo ciclo comenzó. Martínez apuntó la secuencia: 12, 3, 7, 1, 9, 4, 11, 2, 8, 6, 10, 5.
— Vamos, rápido —dijo, mientras el marcador bajaba a 00:12:32 .
Sánchez pulsó 12 . El panel emitió un destello azul.
Luego 3 . Otro destello.
Al llegar al 7 , un zumbido grave resonó: correcto.
Llegaron a 1 , pero un pitido agudo les hizo apartar la mano.
— ¡Error! —gritó Martínez—. La primera secuencia era una trampa.
El reloj de pie comenzó a girar sus manecillas descontroladamente, y un pitido constante retumbaba en la sala. Las paredes desprendieron un polvo fino, como si el tiempo mismo se estuviera desmoronando.
Martínez respiró hondo.
— Piensa… Doce golpes marcan la salvación . Doce meses… Doce horas… El orden de un año. Enero es 1, diciembre es 12. Tal vez…
Sánchez comprendió.
— ¡Es el calendario! La secuencia corresponde al orden de los meses según las horas.
Volvieron a escuchar. 3, 6, 9, 12… El patrón era circular: los cuartos de hora de un reloj. Cada campanada representaba un mes en su posición horaria.
Martínez pulsó los interruptores según el ciclo lógico. Esta vez, el panel brilló en verde. El reloj de pie comenzó a moverse lentamente, marcando la medianoche exacta.
Con un estruendo metálico, la cuarta pieza del puzzle cayó de una trampilla en el pedestal, y las campanadas cesaron abruptamente. La sala quedó en un silencio sepulcral, roto solo por su respiración agitada.
— Cada segundo cuenta… —murmuró Martínez, guardando la pieza en su bolsillo—. Y él lo sabe.
Al fondo, una compuerta se abrió lentamente, invitándoles hacia la siguiente prueba.
Cada prueba consumía su energía. El polvo les secaba la garganta, la tensión les nublaba el juicio y el pitido insistente del temporizador era como un martillo. Cuando quedaban solo dos piezas, el marcador lucía 00:06:15 .
La última prueba. El enigma
El corredor final los condujo a una sala semicircular, sumida en la penumbra.
La luz mortecina de una bombilla desnuda apenas revelaba las columnas que se alzaban en el centro.
Cada una estaba cubierta de símbolos tallados en piedra: números romanos, letras griegas, signos abstractos que parecían ojos, relojes y llaves.
En el fondo, la pared mostraba una inscripción en latín, con huecos vacíos:
**_TEMP·__·FUGIT_**
**_VITA·__·LUDUS_**
— “El tiempo vuela. La vida es un juego…” —murmuró Martínez, recorriendo con los dedos las letras incompletas.
En el centro de la sala, un mecanismo circular se alzaba como un reloj solar, con ranuras para encajar piezas móviles. Sobre el pedestal, una nota escrita con la caligrafía inconfundible del asesino:
“Solo quien entienda el lenguaje del tiempo y del juego podrá salvar una vida. Tres símbolos falsos siempre confunden al cazador.”
El temporizador de la pared marcaba 00:06:00 .
— No hay margen de error —dijo Sánchez, respirando hondo.
Repartieron las tareas sin hablar. Sánchez comenzó a inspeccionar las columnas, tomando nota de los símbolos repetidos, mientras Martínez se centraba en la inscripción.
Pronto descubrieron que ciertas letras faltantes coincidían con símbolos que representaban conceptos: un reloj de arena equivalía a la letra T, un ojo a la O.
— Aquí… TEMPUS FUGIT —dijo Martínez, encajando mentalmente los símbolos.
Un clic metálico sonó al alinear la primera columna con el mecanismo central.
Sánchez, mientras tanto, encontró un símbolo que parecía una serpiente mordiéndose la cola. Dudó.
— ¿Esto será parte del enigma?
Martínez negó con la cabeza tras observarlo.
— No encaja con la inscripción. Es un símbolo falso para intentar que fallemos.
Faltaban dos huecos. El sudor les corría por la frente. El temporizador descendía a 00:04:23 .
— ¡Aquí! —exclamó Sánchez—. La llave representa la L. VITA LUDUS.
-
Colocaron las piezas correctas en el reloj solar. Los engranajes internos comenzaron a girar lentamente, con un chirrido que resonó en la sala. El puntero del reloj se movió hasta marcar el mediodía.
Un estruendo metálico anunció que la compuerta se había desbloqueado. La penúltima prueba estaba superada.
Martínez respiró hondo, con la mirada fija en el temporizador que marcaba 00:00:37 .
— Se acabaron los juegos —dijo, tomando la pieza final del puzzle.
El mapa de cartón que habían ido completando mostraba, por fin, la urbanización en las afueras de Madrid: el próximo escenario mortal.
Colocaron la última pieza del puzzle justo cuando el temporizador llegó a 00:00:00 .
Una alarma ensordecedora llenó la casa de los acertijos. La televisión se encendió sola.
— Han completado el puzzle… pero demasiado tarde. Una vida se ha perdido —dijo la voz distorsionada.
Martínez sintió un golpe en el pecho. La impotencia le atravesó como un cuchillo.
La puerta metálica se abrió con un chirrido. Afuera, el aire frío de la madrugada golpeó sus rostros. Sánchez sostenía el mapa con manos temblorosas.
— ¿Vamos? —preguntó.
Martínez asintió, con la ira contenida en la mandíbula.
— Vamos. A ver qué nos encontramos. Con el mapa del puzzle, ya sabemos dónde tenemos que ir.
Martínez y Sánchez salieron de la casa de los acertijos con el mapa del puzzle en la mano y el sonido de la sirena de la casa resonando en la distancia.
La noche aún estaba viva, cargada de humedad y de la tensión de haber estado a segundos de perderlo todo.
Mientras corrían hacia el coche patrulla, Martínez sacó la radio policial de su cinturón.
— Aquí el inspector Martínez, necesitamos refuerzos inmediatos en una zona a las afueras de Madrid, cerca del distrito Barajas.
Les paso las coordenadas ahora. Repito: refuerzos inmediatos, posible escenario activo con riesgo de nuevas víctimas —dijo, su voz grave y firme resonando entre el crepitar de la estática.
Sánchez abrió la puerta del coche y miró hacia el mapa mientras lo iluminaba con la linterna.
— Van a necesitar al menos dos unidades más, un equipo de asalto y también ambulancias por si hubiera posibles víctimas. Si el juego nos ha llevado hasta allí, no podemos entrar solos —añadió, mientras el motor del patrulla rugía al arrancar.
El inspector ajustó el cinturón y pisó el acelerador, sintiendo cómo la adrenalina le recorría el cuerpo. La radio crepitó de nuevo.
— Recibido, inspector. Dos unidades en camino y helicóptero en alerta. Tiempo estimado de llegada: diez minutos. También se ha avisado a las unidades del 112 para el envío de ambulancias.
Martínez apretó el volante, con la mirada fija en la carretera iluminada solo por los faros.
— Diez minutos… espero que baste —murmuró, mientras la sirena azul comenzaba a cortar la oscuridad.
El juego continuaba, y la siguiente jugada sería en la urbanización que ahora se dibujaba como un nuevo tablero en la mente del cazador.