Cuatro días antes de la desaparición #2
Entonces, perplejo, observó el espacio negro que había aparecido ante él, al tiempo que el olor se volvía de golpe más fuerte, más acusado. Más inconfundible.
Más insoportable.
El olor a putrefacción.
Carla llegó a la Era Vella.
Era mediodía. El sol había acabado imponiéndose y toda la casa estaba saturada de una energía nueva, radiante.
Pero ella no parecía darse cuenta. Estaba inquieta por la cita del día siguiente en el camping.
Cruzó el comedor con el cuchillo que acababa de comprar dentro de la bolsa: era un cuchillo largo y afilado, con el mango de madera de nogal pulida, perfecto, según la dependienta, para rematar a los corzos, los jabalíes o cualquier animal de caza.
Carla se dirigió a la cocina, sintiendo que ahora que lo había conseguido, después de tantos días pensando en él, deseaba no tener que utilizarlo nunca.
—¿Jan? —preguntó al aire—. ¿Hola?
Su marido tardó unos segundos en responderle.
—Carla —contestó desde la planta de arriba. Tenía la voz trémula, tensa, como pocas veces se la había oído—. Sube, corre.
Carla se dirigió a la escalera extrañada, inquieta.
—¿Qué es ese olor? —preguntó en cuanto llegó al pasillo de arriba, y se cubrió la nariz con las manos.
Avanzó cuatro pasos más sin entender absolutamente nada. Hasta que pudo ver el interior de la habitación de Valèria. Entonces, todas las dudas se desvanecieron al instante.
Su marido estaba sentado en el suelo, delante de la pared de madera, que para ese momento ya estaba medio desmontada y dejaba ver un gran agujero central. Por todas partes había bolsas de basura que Jan iba llenando con las manos cubiertas por unos guantes de látex.
—Dios mío… —murmuró Carla, plantada delante de la puerta.
—Era ella, lo sabía —dijo Jan con el alma por los suelos, mientras metía una mano en el doble fondo de la pared y sacaba una bandeja de muslos de pollo, llena de gusanos—. Era Valèria quien hacía desaparecer la comida.
A la hora de cenar, intentaron hacer reflexionar a su hija, pedirle explicaciones, hacerla entrar en razón. Pero todo esfuerzo fue en vano.
—Yo no he sido —se limitó a responder, sosteniéndoles la mirada con un desafío y una confianza completamente inauditos—. Ha sido Peludo.
Cansados de oír la misma cantinela, pronto tiraron la toalla. Le pusieron el pijama y le dijeron que aquella noche volvería a dormir con ellos, en la cama de matrimonio, mientras se ventilaba su habitación.
Cuando Valèria ya dormía en medio de aquella gran cama, Jan y Carla bajaron al comedor y se sentaron en el sofá, delante de la chimenea.
—¿Cómo has descubierto la comida detrás de la pared? —le preguntó Carla, sorprendida todavía.
Jan tomó aire y, con gravedad, dijo:
—Porque mi padre también lo hacía.
Carla alzó la vista al instante. La expresión de su marido era distinta. Se le veía consternado.
—Él no escondía comida, sino que nos escondía pequeños objetos de casa —explicó—. Cubiertos, vasos, zapatos, juguetes… Y los almacenaba debajo de la cama.
Jan hinchó los pulmones al tomar aire, sabiendo que había llegado el momento de contar algo que habría preferido no tener que contar nunca.
—Llevo desde ayer investigando —empezó mientras se levantaba para coger el portátil, que tenía en la mesa, y volvía a sentarse en el sofá—. Carla, yo esto ya lo había visto antes —añadió y, armándose de valor, lo soltó todo—: Valèria tiene el mismo trastorno que tenía mi padre.
Carla abrió la boca.
—¿Qué trastorno? ¿De qué estás hablando?
—¿Recuerdas que mi padre se suicidó? —comentó con dificultad—. Pues nunca te conté toda la verdad… Se mató porque estaba muy enfermo, Carla. Padecía lo que se conoce como trastorno disociativo de la identidad. —Tragó saliva—. Mi padre… tenía dos personalidades.
—Pero ¿qué dices? —repuso Carla, que no entendía nada—. ¿Tu padre?
Jan suspiró y, con dolor, le enseñó la pantalla del ordenador.
En el buscador aparecían un montón de artículos e informes médicos sobre la enfermedad.
Pautas de comportamiento, ejemplos, imágenes, entrevistas, noticias sobre casos similares.
Carla cogió el portátil y leyó en diagonal lo que había subrayado Jan: todo coincidía a la perfección con el comportamiento bipolar e inquietante que tenía Valèria.
—En el cerebro de mi padre —explicó Jan—, convivían dos personas, él y Marta, y las dos identidades eran totalmente independientes: tenían sus propios pensamientos y sus propios objetivos. Eran dos personas distintas por completo. Y al principio no había problema. Eran… amigos.
—Dios mío —exclamó Carla, pensando en Peludo y Valèria.
—Hasta que un día Marta empezó a exhibir un comportamiento extraño. Empezó a robar objetos pequeños, a crear confusión. Y poco a poco fue descontrolándose. Comenzó a mostrarse agresiva, a autolesionarse.
—Y… ¿por qué?
—Porque había empezado a obsesionarse con una idea. Con una idea diabólica, terrible. Una idea que ninguno de nosotros fue capaz de quitarle de la cabeza nunca.
—¿Qué idea?
Jan volvió suspirar.
—Creía que mi padre debía morir. Para castigarnos. A mi madre y a mí. Por no haber sido una buena esposa ni un buen hijo.
Carla estaba perpleja.
—Y un día —prosiguió él, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas— mi madre entró en casa y se lo encontró muerto. Mi padre se había colgado. Debajo de su cuerpo había una nota, firmada por Marta, que decía que se había suicidado porque, con su muerte, también mataba a mi padre.
Carla le pasó una mano por la espalda, conmovida, y lo abrazó.
—Marta era un ser horrible, Carla —agregó Jan con la cara contra su hombro.
Guardaron silencio unos minutos, en los que solo se oían los sollozos de Jan. Hasta que Carla le dijo:
—Entonces ¿crees que Peludo existe de verdad?
Jan asintió.
—Sí, es real. De carne y hueso —contestó al tiempo que se enjugaba los ojos—.
Pero son la carne y los huesos de nuestra hija.
Peludo controla su cuerpo; es como un desconocido, como un hombre libre que se cuela en nuestra casa, nos roba la comida, arroja el marco de fotos contra la ventana y la rompe…
—Se pasó la mano por la nariz y añadió—: Pero lo hace el cuerpo de Valèria, sus manos.
Peludo vive atrapado en su cuerpo. Por eso Valèria es incapaz de dibujar su rostro… Porque… Porque es el suyo.
Carla estaba cada vez más atónita.
—Es terrible, Jan —dijo finalmente.
—Al principio eran amigos, convivían sin problemas. Pero la enfermedad está llegando a la fase final. Peludo ha empezado a pegarla, a humillarla; a torturarla con el agua helada de la bañera. Y, si no actuamos pronto, Peludo se suicidará y…
—La matará —exclamó Carla, horrorizada.
Jan asintió.
—Ha empezado el proceso —aseguró con gravedad—. Se nos acaba el tiempo.