Cuatro días antes de la desaparición
Cuatro días antes de la desaparición
Todavía era noche cerrada.
El reloj de la mesilla de Jan marcaba las tres de la madrugada cuando la puerta de su habitación se abrió lentamente, sola, hasta tocar la pared con un golpe suave.
Carla, que tenía el sueño ligero, se despertó.
Abrió los ojos y se quedó unos segundos observando la estancia, en silencio, sin darse cuenta de nada.
Escuchó la respiración plácida de su marido a su lado mientras poco a poco volvía a sumirse en el sueño, hasta que, de pronto, una melodía la arrastró hacia la vigilia.
Carla se incorporó y prestó atención. Era una voz aguda que emergía de un lugar remoto de la casa.
Miró a su lado y recordó que Valèria había acostado con ellos. En medio de la cama. Pero no estaba.
—Jan —dijo, sacudiéndolo—, ¿dónde está Valèria?
Jan murmuró algo entre sueños hasta que acabó despertándose.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Y en la oscuridad vio que Carla salía de la cama.
—¿Quién canta? —añadió entonces, alarmándose.
—Valèria —aventuró Carla.
Los dos salieron de la habitación, pero, al dar el primer paso fuera, sus pies tocaron algo frío que recubría todo el suelo.
Lo mismo que había empujado la puerta y la había abierto.
Se estremecieron. Un líquido se extendía por todo el pasillo, brillando a la luz nocturna que se filtraba por las ventanas.
Jan se agachó y tocó el suelo con la punta de los dedos. Luego se olió la mano.
—Es agua —dijo.
Salieron al pasillo, salpicando ligeramente con cada paso, y siguieron aquella voz que provenía del baño.
Abrieron la puerta y, al ver el interior, tuvieron que reprimir un grito.
Dentro de la bañera, con su vestido blanco, se encontraba Valèria, con el agua hasta el cuello, inmóvil, mirando el techo y murmurando una canción con dulzura.
Era una melodía sin letra, que entonaba con voz tierna, suave y con los labios cerrados.
El grifo de la bañera, abierto al máximo, chorreaba sin parar, con lo que el agua rebosaba sin tregua y se extendía lánguidamente por la moqueta y el parquet, empapándolo todo a su paso.
—Valèria —consiguió articular Jan—, pero ¿qué haces? —Corrió a cerrar el grifo.
La niña, en cambio, no se inmutó y continuó cantando con la vista clavada en el techo.
—Valèria —intervino Carla, que se acercó para sacarla del agua. Al tocarla se dio cuenta de que su hija tenía los labios azules—. Dios mío —exclamó cuando comprobó horrorizada que el agua estaba helada—. ¡Valèria! ¡Sal de ahí!
Al percibir el contacto de su madre, la niña dejó de cantar y volvió sus grandes ojos azules hacia ellos.
—Peludo no os quiere aquí —murmuró entonces con un hilo de voz; tenía toda la piel de gallina—. Dice que está empezando a enfadarse.
Giró la cabeza y entonó la canción de nuevo.
—Venga, vamos, sal de ahí —dijo Carla al tiempo que le tiraba de los brazos, sobreponiéndose al miedo que sentía—. Ya está bien de tonterías. Es hora de dormir.
Sin dejar de musitar la melodía, Valèria acabó saliendo de la bañera poco a poco gracias a sus padres. El agua se derramó a chorros por el suelo. Jan y Carla la envolvieron con una toalla y empezaron a secarle el pelo con el secador.
—¿De dónde has sacado esa canción? —le preguntó Jan mientras le pasaba la toalla por el cuerpo.
—Peludo me la canta antes de irme a dormir —respondió Valèria, mirándolo de hito en hito—. Porque tú ya no lo haces nunca.
Ni Jan ni Carla pudieron volver a conciliar el sueño.
Después de llevar a Valèria de nuevo a su cama, los dos se pasaron el resto de la noche dando vueltas entre las sábanas. Resultaba imposible sobreponerse a los fantasmas que se oían caminar por aquella casa.
Finalmente sonó el despertador y los tres bajaron a la cocina a desayunar.
Carla estaba sobrepasada; necesitaba ver al Camello del Valle de inmediato, como fuese, saber quién era, enviarlo a la policía.
Y resolver de una vez las decenas de preguntas que se creaban y le estallaban en el cerebro a cada minuto: ¿por qué?
¿Por qué se dedicaba un traficante a torturar a su hija?
Mientras untaban las tostadas con mermelada, los padres se dieron cuenta de que cada vez les resultaba más difícil fingir que todo iba bien, hacer ver que eran felices, que no sentían que aquel mundo injusto y cruel se les echaba encima y los estrangulaba cada vez más fuerte.
Al terminar, Carla subió a su estudio y, antes de la reunión, cogió el móvil. Sin pensarlo, llamó a Arthur.
—Buenos días, guapa —le respondió contento, al otro lado de la línea—. Estaba esperando tu llamada. ¿Tomamos un café?
—No —lo cortó ella, seca, susurrando para que Jan, que estaba en la planta de abajo, no la oyese—. Quiero ver al Camello inmediatamente. Necesito saber quién es.
—De acuerdo, se lo digo a Marc, no te preocupes. Lo tengo aquí al lado. —Se apartó del teléfono y le dijo a su amigo—: Es Carla, dice que quiere ver a tu dealer .
Carla no alcanzó a oír bien la respuesta de Marc, pero por la entonación percibió que la cosa acababa de torcerse.
—Carla —dijo Arthur al cabo de unos minutos, volviendo al teléfono—. Marc dice que no puede ser.
A Carla se le paró el corazón.
—¿Qué? Pero si ayer me dijo que…
—Ya lo sé… Un momento. —Arthur volvió a hablar con su amigo un buen rato. Carla solo oía gritos y tonos de voz crispados, hasta que le dijo—: Te lo paso.
—Carla —la saludó Marc—, ¿por qué quieres verlo?
—Ya te lo dije. ¡Creo que ese tío se cuela en mi casa! Quiero saber quién es para denunciarlo.
Marc suspiró.
—Carla, no me hace ninguna gracia jugármela con este tipo.
Si lo denuncias, no quiero que sepa que yo lo he delatado, ¿me entiendes?
Me juego la vida. —Tomó aire y, haciendo un auténtico esfuerzo, añadió—: Así pues, haremos una cosa: él no podrá verte en ningún momento, y tampoco hablarás con él.
Te esconderás en el bungalow y podrás verlo desde las ventanas, ¿de acuerdo?
Lo que hagas a partir de ahí ya es cosa tuya.
Carla apretó los puños.
—De acuerdo.
—Ahora bien —añadió—, si te ve o haces cualquier tontería, te aseguro que asumirás todas las consecuencias, yo lo negaré todo. ¿Me has entendido? No quiero ni un problema con la Empresa, esa gente está pirada.
Carla no quiso desaprovechar aquella oportunidad.
—Lo he entendido, Marc. Lo haré bien, confía en mí.
Marc hizo una pausa y a continuación añadió:
—Ven mañana a las once de la mañana al camping. Intentaré quedar con él.
Carla se despidió y colgó. Acababa de comprender la gravedad de la situación. Se estaba metiendo en un mundo insondablemente peligroso y al día siguiente debía ir preparada.
Después de la reunión, iría a comprar el cuchillo.
Entretanto, en la planta de abajo, Jan se despedía de Ilona y Valèria, y se apresuraba a subir la escalera de caracol.
Entró en su estudio como un rayo y, sin perder tiempo, abrió el portátil. Tenía que continuar con la investigación del día anterior. Debía conseguir demostrar su teoría fuese como fuese.
Abrió el buscador y escribió tres palabras clave, las tres palabras que le habían venido a la cabeza durante la noche después de ver a su hija en la bañera.
Rápidamente, aparecieron diferentes enlaces con noticias de los principales periódicos, que relataban una serie de sucesos.
Satisfecho con lo que veían sus ojos, Jan se puso a leer declaraciones e informes policiales, a observar fotografías…
Se sentía cada vez más cerca de lo que buscaba.
Siguió deslizándose por la pantalla hasta que encontró justo lo que quería: un informe médico.
Hizo clic y lo leyó con atención.
—¿Jan? —lo llamó Carla desde el otro lado de la puerta—. Me voy a la Seu a comprar una cosa, pero enseguida vuelvo.
—De acuerdo —dijo él, sin apartar la vista de la pantalla ni un solo momento—. Hasta luego.
Mientras su mujer se iba, Jan sacó el cuaderno y siguió apuntando los datos más importantes con avidez.
También guardó algunas fotografías, a la espera de poder enseñárselas a Carla en cuanto volviese.
La búsqueda estaba resultando más provechosa de lo que se había imaginado; había poca información, pero los artículos le iban como anillo al dedo para demostrarlo todo.
Solo le faltaba algo.
Una prueba. Un elemento tangible.
Y sabía que en internet no lo encontraría.
Se levantó de la silla y salió del estudio. Cruzó el pasillo y, decidido, volvió a entrar en la habitación de Valèria. Esta vez no fallaría.
Empezó a mover los muebles de la habitación. Retiró el armario, la cama y la mesa. Miró debajo de la moqueta, detrás de los dibujos, detrás de las muñecas… Puso la habitación patas arriba.
Pero no encontró nada.
Exhausto, acabo tumbándose en la cama de su hija y contempló aquellas paredes en silencio.
Intentando hacer cuadrar todo lo que acababa de leer en el ordenador.
Pensando en todos los rincones de aquella habitación.
Sintiéndose a centímetros de la verdad. Y finalmente cerró los ojos.
Intentando imaginárselo. Intentando pensar como su hija, sentir lo mismo que ella. Respiró hondo varias veces.
Y entonces cayó en la cuenta.
Abrió los ojos y miró a su derecha. Hacia la única pared que no era de piedra. Se levantó de la cama y, despacio, se acercó a las maderas alargadas que la cubrían.
Pero no las tocó. Ni siquiera las miró.
Jan dio un paso al frente y, sintiendo que lo tenía delante, arrimó la nariz.
El olor se percibía de forma vaga. Lejano. Como un rumor, casi como un suspiro. Se escapaba débilmente entre las fibras de la madera. Pero se percibía.
Empezó a tantear los listones de la pared con las puntas de los dedos, empujándolos, presionándolos. Hasta que dio con uno que bailaba. Una lámina rectangular, alargada, a la altura de sus rodillas, a la altura de Valèria, que con solo tocarla ya cedió.
Y que cayó al interior de un doble fondo.