Seis días antes de la desaparición
Seis días antes de la desaparición
La mañana era fría en Arcavell. Parecía que el calor y la luz de los últimos días hubieran retrocedido, que hubiesen decidido seguir durmiendo, alargando su entrada; y ahora el color blanco de la escarcha volvía a cubrir los campos, los pinares y los tejados de pizarra.
En la Era Vella, Carla se despertó sobresaltada, pensando en Arthur. Por extraño que resultase, el día anterior no se le había echado encima, enfurecido, tal y como ella había pensado que pasaría; ni la había amenazado ni la había acusado de nada.
Ni siquiera había hablado de denunciarla.
Era evidente que no sabía nada de su secreto.
El día anterior
La Seu d’Urgell
—¿Y qué querías de mí? —preguntó Carla, intentando sacar firmeza de donde podía.
Seguía con la espalda apoyada en el escaparate de la tienda de caza, incapaz de escaparse.
—Te quiero —dijo Arthur sin previo aviso—. He estado buscándote por todas partes para decirte que te quiero, que me hiciste perder la razón y que no puedo dejar de pensar en ti.
Carla enarcó las cejas, sorprendida por aquella respuesta.
—Cuando desapareciste —continuó él—, cuando noté tu ausencia, me di cuenta de que eras el amor de mi vida.
—Art… —murmuró ella, sin saber dónde meterse.
—No, espera —la interrumpió él—. Hace demasiado tiempo que quiero decirte esto, Carla. Me pasé meses pensando dónde podías estar. Incluso busqué tu ficha en el ordenador de Arrels Yoga y fui a la dirección que tenían anotada.
Carla recordó entonces aquella vez que lo había visto, a través de la cortina, plantado delante de su piso de Barcelona, mirando la fachada.
—Pero no te encontré —dijo él—. Así que intenté olvidarte. Pasaron los años y rehíce mi vida, conocí a otras personas, intenté seguir adelante. Hasta que, de pronto, vi tu reel .
—¿Qué reel ? —preguntó ella.
—Aquel vídeo en el que salías en ese pueblo.
—¡El reel de GreenEnergy! —exclamó Carla, llevándose las manos a la cabeza y maldiciendo el día que lo grabó.
—Era una señal del universo. —Arthur asintió—.
Había encontrado aquel vídeo por alguna razón, Carla; las cosas siempre pasan por algún motivo, está todo escrito.
Y el motivo era que nuestros caminos debían volver a cruzarse.
Lo vi clarísimo. Era el destino. Así que llamé a GreenEnergy y me dijeron que te habías ido a vivir a un pueblo cerca de la Seu d’Urgell, pero que no sabían a cuál.
Carla quiso matar a los jóvenes de aquella startup por haber abierto la boca.
—Empecé a buscar por internet. Y vi que había decenas de pueblos en esta zona, así que pedí ayuda a Marc —explicó Arthur, volviéndose hacia su amigo, que tenía cara de haberse fumado algo hacía poco—. Y fue él quien te encontró.
—Art… —le dijo Carla con la voz apagada—.
Lo siento, pero… No puede ser. Yo ahora tengo una familia.
Siento haberme ido sin decirte nada, lo siento mucho.
Fue una época extraña de mi vida. —Tomó aire y añadió—: Pero lo nuestro se acabó, ¿me oyes?
Ya hace tiempo. Tenemos que avanzar, Art.
Tienes que avanzar. Acéptalo. Todo aquello… forma parte del pasado.
Arthur la escuchaba cada vez más y más abatido, así que Carla decidió abrazarlo. Los dos se quedaron así un buen rato, hasta que ella se apartó.
—Tengo que irme, Art. Me alegro de haberte visto y de que estés bien. —Pasó por su lado y añadió—: Estoy segura de que pronto encontrarás a alguien. Estoy convencida. Y será una persona con mucha suerte.
Y, sin más dilación, se despidió de él y de Marc, y se dirigió al coche.
Después condujo hasta Arcavell y, al llegar a su garaje, esperó unos minutos con los ojos cerrados. Intentando encontrar el aire, con dificultad.
Un incipiente ataque de ansiedad obstruía sus pulmones.
Eran las siete en punto cuando Jan salió de la ducha.
Cogió la toalla y empezó a secarse. Desde el día anterior no había parado de dar vueltas a lo que le había dicho Valèria: «Tengo miedo», «Peludo», «No puedo perder el juego».
Todo le daba cada vez más mala espina. Su cambio de actitud, aquellos comentarios…
Era evidente que le estaba pasando algo grave.
¿Por qué se inventaba que su amigo imaginario era tan malo?
¿De dónde sacaba toda aquella maldad? ¿Dónde lo había aprendido?
Salió del baño, vestido y perfumado, pensando que Carla y él tenían que tomar alguna medida drástica, aquello no podía continuar así. Se dirigía a la habitación cuando vio aparecer a su mujer al final del pasillo.
—Jan, estoy asustada —empezó, y fue a abrazarlo despacio—. Esta noche no he dormido nada, no paraba de pensar que había alguien más en casa.
Carla había estado rumiándolo y se había dado cuenta de que algo no cuadraba: si Arthur hacía apenas veinticuatro horas que había llegado a la Seu, no podía ser él quien guardaba la droga en su casa ni quien había pegado a Valèria aquel primer día.
Arthur no podía ser Peludo, ya que este hacía unos cuantos días que actuaba.
Jan la rodeó con los brazos y sintió que se le rompía el corazón al verla de aquella manera.
—Sí, a mí también me inquieta la actitud de Valèria —respondió—. Quizá tenga algún problema en el colegio y por eso dice esas cosas raras… O quizá la molesta algún alumno. No sé.
Carla se separó de él al instante y lo miró a los ojos, furiosa. Con aquel último comentario acababa de confirmar sus temores: Jan no se creía que hubiese encontrado droga en el desván.
—¿Y la droga? —reiteró ella, que se daba cuenta de que su marido no era consciente de que alguien de fuera quería causarles daño—. Crees que me lo inventé, ¿verdad?
—No… —balbució él.
Carla vio que Jan evitaba decirle lo que pensaba y le dio rabia.
—¡Jan! —gritó dolida—. Pero ¿por qué iba a inventármelo? ¿Qué conseguiría con eso? ¡Era droga, la vi, la toqué! ¡La busqué por internet! ¡Había una caja enorme de cocaína! ¡Esto parecía la casa de Pablo Escobar! ¡Y al día siguiente había desaparecido!
—Vale, sí. ¡Te creo! —contestó él, intentando tranquilizarla.
Carla resopló. Estaba harta de que no afrontase el problema. Pero una parte de ella también sabía que era inútil insistir, se trataba de un hallazgo demasiado inverosímil para que Jan se la tomase en serio, sobre todo cuando después había desaparecido. A veces incluso ella dudaba de haberla visto.
—Acaba de llamar Ilona —le dijo, directa al grano.
Al oír ese nombre, Jan estuvo a punto de atragantarse. El día anterior no había sido capaz de responder a la foto que le había enviado la maestra. Solo deseaba que no le hubiese contado nada a Carla.
—¿Y qué dice? —preguntó, tratando de aparentar normalidad.
En ese momento, Jan se sentía como un imbécil, seguro de que su mujer nunca sería capaz de poner en juego su matrimonio por una aventura con un hombre más joven que ella.
—Que tiene resaca y que no va a ir a trabajar.
Al oírlo, Jan respiró aliviado.
—Así pues, ¿no viene a recoger a Valèria? —dedujo.
—Exacto. ¿Qué hacemos?
—Ya la llevo yo. Así de paso voy al súper y compro cuatro cosas.
Mientras Jan acompañaba a Valèria al colegio, Carla se fue a su estudio y encendió el móvil.
Volvió a abrir varias veces el reel que había delatado el lugar donde vivía, cada vez más enfadada consigo misma.
¿Cómo pretendía que no la encontrasen con un vídeo así?
Solo le había faltado grabar la puerta de su casa.
Apagó el móvil y hundió la cara entre las manos.
Después intentó recapitular mentalmente. Si Jan no quería ayudarla a investigar, lo haría sola.
De entrada, había unos cuantos interrogantes abiertos: la droga en el desván, la comida que desaparecía, Arthur, el comportamiento extraño de Valèria, Florenci, las gallinas…
Cogió una hoja y anotó todos estos elementos en una lista.
En la parte superior escribió el título ¿ QUIÉN ES PELUDO ?
y, a continuación, intentó trazar flechas entre ellos.
Tras un rato devanándose los sesos, sin embargo, se dio cuenta de que no podía, de que faltaba algo. Alguna pieza central, algún elemento que lo relacionase todo. Pero ¿qué?
Llegó la hora de cenar y Carla y Valèria empezaron a poner la mesa.
Entretanto, Jan estaba en el comedor, yendo de un lado para otro.
Era incapaz de entrar en la cocina y fingir que todo iba bien.
El viaje al colegio con su hija había sido un desastre.
Valèria se había pasado todo el trayecto muda.
Con la vista fija, perdida, petrificada y haciendo caso omiso de sus súplicas para que dijese algo.
Mientras las dos trajinaban en la cocina, Jan se dirigió a las escaleras.
Quería inspeccionar la habitación de su hija.
Algo le decía que allí, entre sus cosas, en su intimidad, hallaría la respuesta a la situación tan extraña que estaban viviendo esos días.
Subió la escalera con un pensamiento terrible en mente, la idea de que estaba fracasando como padre.
Hasta entonces habían sido la familia perfecta, pero aquella ilusión se estaba desmoronando.
Ni siquiera habían llegado a la adolescencia y ya se abría una distancia kilométrica entre su hija y él.
Recorrió el pasillo hasta la habitación de Valèria.
Empujó la puerta, despacio, y al ver el interior el pecho se le hinchió de ternura.
La lamparita de noche estaba encendida. Proyectaba un espectáculo de estrellas de color azul oscuro por toda la habitación, constelaciones que no dejaban nunca de girar, como si fuesen un cielo nocturno.
Jan observó aquella imagen durante unos segundos, con un nudo en la garganta, recordando el día que había comprado aquella lámpara con Carla; fue el día que supieron que iban a ser padres.
Lo recordaba como si fuese ayer. Recordaba la emoción.
Recordaba los nervios. Y recordaba también cómo se querían entonces Carla y él, el equipo que hacían, la pareja que formaban, y fue en ese momento cuando advirtió que aquel sentimiento se le hacía lejano.
Hizo un esfuerzo por sobreponerse a las emociones y entró en la habitación.
Empezó a buscar por todas partes. Observó las muñecas que tenía sentadas sobre la cama, bien colocadas, como si vigilasen la habitación.
Se acercó al armario, lo abrió y revolvió entre la ropa, en busca de algo, algún elemento extraño, pero no encontró nada.
Cruzó el cuarto preguntándose qué se le escapaba.
Y entonces vio un montón de hojas desperdigadas.
Jan se agachó y, apretando la mandíbula, las miró todas, de una en una. De espaldas a la puerta.
En todas las hojas aparecía el mismo dibujo espantoso que les había enseñado Valèria: salía ella acompañada de un hombre con la cara cubierta de garabatos negros que impedían verla.
Jan acarició aquellas rayas negras con las yemas de los dedos, notando la fuerza con la que se habían trazado, notando la cicatriz abierta sobre la hoja, e intentó comprender la rabia que las había originado.
Volvió a apretar la mandíbula y empezó a hacerse preguntas: ¿quién era la persona que se escondía detrás de aquellos rayajos? ¿De quién era el rostro que tapaban?
Decidido, cogió todas las hojas que pudo y se incorporó. Ya era suficiente. No podían hacer como si nada. Aquellos dibujos no eran normales. Tenían que hablar con Valèria.
Salió de la habitación y bajó por la escalera de caracol.
Le diría a su hija que en aquella casa no había espacio para los secretos, que solo tenía cabida el amor.
Que tanto Carla como él le darían todo el apoyo que hiciese falta.
Que afrontarían cualquier cosa. Cualquiera. Fuese el demonio que fuese.
Llegó a la planta baja, apretando aquellas hojas contra su pecho. Abrazando el dolor que contenían y haciéndolo también suyo. Se dirigió a la cocina y se encontró con que Carla y Valèria ya habían empezado a comer la sopa.
—Siéntate, que se te va a enfriar —le dijo Carla antes de ver las hojas.
Pero Jan hizo como si no la oyera. Dejó los dibujos encima de la mesa y miró a Valèria.
—Madre mía —murmuró Carla, contemplando las escenas macabras que aparecían dibujadas.
—¿Quién es Peludo? —inquirió Jan, directamente—. ¿Es él, el de los dibujos?
Su hija alzó la vista del plato muy despacio y lo observó con serenidad.
—Valèria, por favor —imploró Jan—. Habla. Podemos ayudarte con lo que haga falta. —Se le quebró la voz al tiempo que se le llenaban los ojos de lágrimas—. Con lo que haga falta.
Valèria, sin dejar de mirarlo fijamente, contrajo poco a poco los labios para esbozar una pequeña sonrisa.
—¿Por qué no llevas el maldito vestido? —murmuró de repente la niña—. Deja de llorar. Ponte el puñetero vestido blanco.
Y, lentamente, cogió la cuchara y se puso a comer.
Fue en aquel momento cuando Jan advirtió que la manga de la camiseta se le subía un poco y le dejaba al descubierto algo que acabó de desgarrarle el alma.
—Dios mío —dijo, aterrado—. Valèria, ¿qué es eso?
El padre se acercó a la niña, le subió las mangas y descubrió unos brazos llenos de moratones. Tenía golpes por todas partes.