Siete días antes de la desaparición #2
Carla solía ir tres veces por semana. Le venía bien para desconectar. Tener un rato de introspección la ayudaba a controlar el estrés que conllevaba ser directora de operaciones de una aseguradora.
El centro adonde iba, Arrels Yoga, era un lugar acogedor que ofrecía clases para todos los niveles. Como Carla era socia desde hacía años, conocía a todos los trabajadores y a buena parte de los alumnos, y con el tiempo se había convertido en su segunda casa.
Un día, al entrar, descubrió que detrás del tablón de la recepción había un chico nuevo. Era un joven de unos dieciocho años. Llevaba el pelo largo, recogido en una coleta, y una camiseta verde que le quedaba tres o cuatro tallas grande.
Carla fue hacia él, como siempre que quería acceder a las aulas, y le mostró su carnet de socia.
—Hola —le dijo con amabilidad—. Eres nuevo, ¿verdad? Bienvenido.
El chico, en cambio, la miró durante unos segundos con cara de circunstancias y Carla advirtió que era más atractivo de lo que le había parecido de entrada.
—Perdona —respondió en inglés—. Acabo de llegar de Inglaterra. No te entiendo —añadió con una sonrisa radiante, devolviéndole el carnet—. Me llamo Arthur. Encantado.
A partir de entonces, Carla siguió viendo a Arthur siempre que iba al centro. A veces se lo encontraba en la recepción, otras barriendo los pasillos, limpiando los lavabos… Era un chico simpático, que siempre le dedicaba alguna sonrisa o cuatro palabras bien escogidas.
Transcurrieron las semanas y Carla también empezó a encontrárselo en algunas clases de yoga.
—Me dejan venir gratis —le explicó, visiblemente feliz, mientras colocaba la esterilla al lado de la suya—. Tengo el mejor trabajo del mundo.
Y así fue como, a fuerza de ir encontrándose, los dos comenzaron a hablar más a menudo y a mantener conversaciones cada vez más personales.
—Soy de Colchester —le contó él un día después de una clase—. Vi por internet que buscaban a alguien aquí y envié el currículum. Y mira, tuve suerte. Se ve que querían a un inglés para atender a los turistas, ya sabes cómo está esta ciudad.
—Y tanto —dijo Carla, y resopló al tiempo que empezaba a enrollar la esterilla—. Sois unos pesados, nos estáis invadiendo.
Arthur se rio y, mientras se ponía los zapatos, se apresuró a aclarar:
—A ver, mi intención es volver a casa pronto.
—Ah, ¿sí?
A su alrededor los últimos alumnos ya iban saliendo por la puerta.
—Sí, mi sueño es montar un centro como este en Colchester. Creo que allí hace mucha falta un centro así. La gente está muy estresada. Deberías verlos.
Con los días, Carla descubrió que Arthur era un amante del horóscopo, de la medicina alternativa, de la naturaleza, de la música jamaicana y de los libros de ciencia ficción.
Pero lo que más curiosidad le producía era que se le veía feliz con poca cosa, despreocupado; parecía no verse sometido a la presión de tener que ser alguien.
Cuando le contó que era directora de operaciones de una gran empresa, ni se inmutó.
No le importaba lo más mínimo. No la envidiaba.
Se le veía agradecido con la vida. Y eso le otorgaba un magnetismo, un punto de libertad, de salvajismo, que, a ojos de Carla, le confería un interés inevitable.
—Escucha, Carla —le dijo un día Arthur al acabar una clase—. He estado pensándolo y… ¿te gustaría ir a cenar? —Y, para no dejar lugar a dudas, añadió—: Tú y yo, ya sabes, una cita.
La pregunta pilló a Carla completamente desprevenida. Se pasó una mano, nerviosa, por el pelo y le respondió:
—Lo siento mucho, Art… Es que tengo pareja.
Le habló brevemente de Jan y, sin decir nada más, dio media vuelta y salió del centro.
Arthur se quedó como un pasmarote en medio de la sala. La noticia le había sentado como un jarro de agua fría.
No acababa de entenderlo. Desde su punto de vista, Carla le había dado señales de querer algo desde el primer día: las conversaciones, las risas, las preguntas… Él no era de declararse a la primera que pasaba.
Durante los días siguientes, Arthur siguió yendo al centro, pero muerto de vergüenza. No sabía cómo actuar si se la encontraba. Cómo la miraría. Cómo reaccionaría. De qué hablarían. Pero, curiosamente, Carla no pisó el centro en varias semanas.
Arthur empezaba a pensar que ya no volvería a verla nunca más, hasta que una tarde, cuando faltaban pocos minutos para empezar el calentamiento, ella entró por la puerta.
Le dio un vuelco el corazón. Fingió que no la había visto y se preparó para la clase, disimulando.
Pero Carla, contra todo pronóstico, se puso a su lado.
Los dos guardaron silencio durante toda la hora. Arthur la observaba de reojo de vez en cuando. Al hacer el saludo al sol. Al practicar las respiraciones profundas. Al incorporarse. Al estirar. La observaba en silencio mientras se preguntaba a qué demonios estaba jugando.
Cuando terminó la clase, Carla se enderezó y lo miró fijamente a los ojos, de manera que él no pudo rehuir su mirada. Entonces le dirigió una sonrisa tímida y lo cogió de la mano.
—Ven —le dijo. Y tiró de él.
Los dos salieron de la clase, sin haber recogido las esterillas. Descalzos. Corrieron por el pasillo en calcetines. Arthur la seguía sin decir nada, preguntándose adónde le llevaba, hasta que finalmente entraron en el lavabo.
Carla cerró la puerta y echó el pestillo y, sin pronunciar palabra, se le acercó y lo besó con ternura en los labios.
Fue un beso tímido, suave, pero que no se despegaba.
Poco a poco, los dos abrieron la boca y sus lenguas se encontraron y se rozaron con dulzura.
Con las manos, empezaron a acariciar aquellos cuerpos que habían visto tantas veces haciendo yoga.
Que tantas veces habían deseado. Sin dejar de besarse.
Y entonces se desnudaron, excitados, sin dejar de palparse, de lamerse, de morderse. Los labios, el cuello, las orejas.
Y, sin que nadie pudiese detenerlos, hicieron el amor. Con locura. Con ferocidad. Casi con desesperación.
Al día siguiente, Arthur aún estaba en shock.
No podía quitarse de la cabeza el cuerpo de Carla sin ropa, ni ninguna de las cosas que habían hecho.
Aquellas escenas calientes, húmedas, encendidas, se reproducían en su mente una y otra vez.
No había manera de que se concentrase en el trabajo.
Había sido una experiencia desbordante. Y la cosa no acabó ahí.
Aquel encuentro no fue el único. Al cabo de una semana, Carla volvió y la escena se repitió exactamente de la misma forma: después de la clase, Carla lo guio hasta el baño e hicieron el amor.
Y la semana siguiente. Y la otra. Y la otra.
A Arthur le encantaba.
Le encantaba Carla. Tenía un aura, una energía, una forma de actuar que no había visto nunca en nadie más.
Y, por si fuera poco, también conectaban a nivel intelectual.
Carla vivía el yoga con una pasión increíble.
Lo entendía igual que él. Entendía que aquello no era un deporte, ni una afición, ni siquiera una terapia, sino un estilo de vida.
Exactamente igual que él. Era su alma gemela.
Arthur flotaba por las calles. Estaba experimentando la conexión más bestial que había sentido nunca con ningún otro ser humano. La más intensa de su vida. Estaba enamorado. Perdidamente enamorado.
Todo eran flores y violines, hasta que Arthur le propuso que se vieran fuera del centro.
—Escucha —le dijo a Carla, en el baño, después de hacer el amor—.
Llevamos casi dos meses juntos y solo nos hemos visto aquí dentro.
Y, además, ya apenas hablamos. Solo hacemos el amor, ¿te das cuenta?
—Tomó aire y, armándose de valor, añadió—: No lo sé…
También tengo ganas de ir a dar una vuelta o…
de hacerlo en una cama como la gente normal, ¿sabes?
Pero Carla puso cara de estar molesta.
—No, Arthur… Eso no puede ser.
—¿Por qué no?
Carla negó con la cabeza y, sin decir nada, empezó a vestirse, visiblemente incómoda.
—Carla, ¿qué te pasa?
Pero ella continuó poniéndose la camiseta y el jersey sin abrir la boca.
—¿Es por aquel tal Jan que me dijiste un día? —le preguntó Arthur, intentando arreglarlo, justo antes de que ella fuese hacia la puerta—. ¡A mí me da igual, Carla! Ya te dije que no me importa tener una relación abierta. Yo me enamoro de las personas, no de las relaciones.
Pero Carla se lo quitó de encima de un empujón, abrió la puerta y salió del baño.
Después de aquel día se vieron dos veces más, pero ya no fue lo mismo. Algo se había roto para siempre entre los dos. Arthur lo había visto con toda claridad, y sabía que era porque le había hablado de Jan.
Hasta que un día Carla se fue del centro y ya no volvió más. Había huido, había desaparecido. Para siempre.