El juego del silencio Siete días antes de la desaparición
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Siete días antes de la desaparición

Siete días antes de la desaparición

Aquella madrugada de domingo, Ilona se encontraba en medio de un bosque.

La maestra de primaria levantaba los brazos siguiendo el ritmo de la música, mientras el muro de altavoces que tenía delante arremetía contra su cuerpo por todos lados. Era la mejor rave que los jóvenes de los Valles de Valira habían organizado por la fiesta mayor de Arcavell.

La montaban cada año, pero aquella estaba siendo la fiesta del siglo, todo el mundo lo pensaba, y era gracias, sobre todo, al nuevo camello que había aparecido hacía unos meses por la zona.

Nadie lo conocía, la gente decía que era «un amigo de un amigo», y la verdad era que le daba igual, lo único que importaba era que tenía la droga que quisieses y tirada de precio.

Ilona bailaba en medio de aquella multitud cuando alguien le dio un golpecito en el brazo. La maestra se giró y vio que un chico le ofrecía otra pastilla. La tercera de la noche.

Sin pensárselo ni un instante, la cogió y se la metió en la boca, lista para volar.

Al cabo de unos minutos, la gente que la rodeaba, los árboles, las hojas, los altavoces, la hierba, el viento, el sonido, la vida, todo empezaba a emitir colores que se movían al ritmo de la música.

Era una visión verdaderamente impresionante.

Ilona no tardó en darse cuenta de que el efecto de la pastilla iba en aumento. La sensación era más potente que otras veces. Así que tomó aire y se preparó para lo que pudiese venir.

Alzó la vista, completamente extasiada, y vio a través de los árboles el sol que empezaba a despuntar.

La luz que se filtraba por las hojas era tan espectacular que le puso los pelos de punta.

Una visión sobrenatural. Orgásmica. Placer visual.

Fervor óptico. Y entonces pensó que sería una pasada alejarse de la fiesta y ver el amanecer en todo su esplendor, sin gente, sin ramas ni hojas de por medio.

La maestra esquivó a las personas que bailaban poseídas, que balanceaban la cabeza y meneaban las caderas, y se dirigió a un claro.

Por el camino, las piedras, los troncos, los insectos, el musgo, el rocío y todo lo que encontraba parecía observarla, lleno de colores y texturas psicodélicas, de maravillas incorpóreas que se movían a cada paso que daba, creando fractales imposibles, simetrías preciosas que impactaban contra sus ojos y contra su cerebro con una potencia arrolladora.

Unos minutos más tarde, consiguió llegar a un lugar desde el cual se dominaba todo el horizonte de levante, y fue allí donde, boquiabierta, contempló la salida del sol más bonita de su vida.

Nunca había visto unas nubes tan rojas estallando ante ella, en una cascada cromática que iba del azul más oscuro al amarillo más intenso.

Quedó cautivada. Estupefacta. Le fallaban las piernas. Le faltaba el aire. Tenía delante una verdadera explosión, un auténtico castillo de fuegos precioso e inacabable creado por la misma madre Tierra.

La maestra intentó recuperar el oxígeno, necesitaba compartir aquel espectáculo con alguien.

Estaba fuera de sí. Necesitaba abrazar a alguien, llorar, reír, gritar, hablar de aquella imagen con algún otro ser humano, declarar en voz alta que se le doblaban las rodillas ante tantísima belleza.

Pero miró a su alrededor y vio que no había nadie más. Estaba sola en medio del claro.

Fue entonces cuando pensó en Jan.

A él seguro que también le habría encantado ver todo aquello. Si hubiese estado con ella, quizá en ese momento estaría abrazándola por detrás. Quizá en ese momento le habría dado algún beso en el cuello mientras contemplaban el inicio del día.

La imagen de Valèria, sin embargo, lo contaminó todo al instante.

Ilona se llevó las manos a la cabeza. Aquella cría diabólica la había amenazado, le había prohibido flirtear con su padre: «Basta, ¿me oyes?

Si no dejas de hacer el tonto de una vez, seré tu peor pesadilla», le había dicho.

Aquella mirada, aquella expresión, aquella piel que parecía de cristal…

La maestra la odiaba. La odiaba con todas sus fuerzas.

Se frotó los ojos, contrariada, y pensó que no podía permitir que una niña de siete años se interpusiese en su vida amorosa.

Ya era suficiente, tenía que luchar por Jan.

Tenía que luchar por su amor. Así que, aprovechando la luz del sol, sacó el móvil, se levantó la camiseta y envió a Jan una foto de sus pechos.

Después de desayunar, Carla decidió irse a la Seu a comprar un bate de béisbol o un cuchillo.

Necesitaba algo que le infundiese seguridad dentro de su propia casa.

Llevaba dándole vueltas desde que había encontrado aquella droga en el desván.

Necesitaba algún arma que la protegiese, y le daba igual si Jan la creía o no, la compraría de todos modos.

Se despidió de su familia y salió de casa.

Mientras descendía por la carretera de Arcavell y tomaba la nacional en dirección a la Seu, pensó que luego quizá iría a un prado a hacer yoga.

Hacía días que se notaba el pulso acelerado, y no le gustaba.

Sabía que estaba a punto de perder el control.

Necesitaba meditar. Recobrar la estabilidad emocional. Conectar consigo misma.

Aparcó delante de la tienda de artículos de caza que veía siempre que iba al súper. Se bajó del coche y se dirigió a la puerta. Pero, cuando estuvo delante, vio que estaba cerrada.

—¡Mierda! —soltó, intentando empujar la puerta.

Se cagó en todo. Era domingo. Estaba tan angustiada, tan aturdida, que incluso había olvidado qué día era.

Respiró lentamente e intentó recuperar el equilibrio mental. Pero, en ese preciso momento, se oyó una voz profunda a su espalda.

—¿Carla? —dijo la voz con acento británico.

Carla se volvió despacio. Al verlo, el terror tomó el control total de su cuerpo. Esta vez no había confusión posible, no había ninguna sombra de duda. Después de muchos años, después de haber huido de él, después de haber cambiado de ciudad por él, volvía a tenerlo delante.

En aquel instante, Jan estaba fregando el suelo de la cocina.

Sumergió el palo de la fregona en el cubo cuando la pantalla del móvil, que tenía encima de la mesa, se iluminó.

Lo cogió y vio que tenía varios mensajes: del trabajo, de un grupo de amigos, y uno que había pasado por alto, recibido hacía horas.

Un mensaje de Ilona. Volvió a colgar el palo de la fregona en la pared y desbloqueó el móvil.

La imagen que vio le dejó unos segundos desconcertado. El fuego se estaba avivando demasiado.

Rápidamente escribió un mensaje que lo desactivaba todo.

«Perdona, creo que te has equivocado…», tecleó; pero al instante le pareció que era humillante y lo borró.

Tecleó «qué guapa, pero tengo pareja», aunque tampoco terminó de convencerle.

Pensó en tres o cuatro frases más mientras iba de un lado al otro de la cocina, pero al final no envió ninguna.

Bloqueó el móvil y se lo guardó en el bolsillo. Lo afrontaría más tarde.

En lugar de eso, acabó de limpiar y después decidió ir a ver a Valèria, que estaba jugando en su habitación. Subió la escalera de caracol y, cuando le faltaban dos peldaños para llegar arriba, le propuso:

—¿Vamos a dar una vuelta?

Tenía ganas de distraerse. Pero su hija no respondió.

Extrañado, Jan cruzó el pasillo, afinando el oído.

—¿Valèria? —preguntó.

Pero solo le respondió el silencio. Al final, asomó la cabeza en su cuarto y respiró aliviado al ver a su hija sentada en la cama.

Pero algo fallaba, la niña estaba inmóvil, sin hacer nada, mirando fijamente la pared blanca, con la espalda recta y las manos sobre los muslos.

Para colmo, llevaba aquel maldito vestido blanco otra vez.

—Valèria, ¿estás bien? —le dijo, acercándosele.

Pero su hija no se inmutó. Seguía mirando la pared sin parpadear. Cuando estuvo delante, Jan vio que volvía a estar pálida como el papel. Despacio, le tocó la mano. Estaba helada.

—¿Tienes frío? —preguntó, y le puso una mano en la frente—. Creo que tienes fiebre.

Valèria volvió la cabeza despacio para mirarlo. Una lágrima le cayó de un ojo y le resbaló por la mejilla, hasta la boca.

—Tengo miedo —murmuró entonces, con una voz que parecía de porcelana.

—Valèria —exclamó su padre, que se agachó para mirarla desde su altura—, ¿por qué? ¿Qué pasa?

La niña empezó a negar con la cabeza.

—Peludo.

Jan frunció el ceño.

—¿Qué le pasa a Peludo? —preguntó, acariciándole el brazo.

Pero la niña negó de nuevo con la cabeza. Cada vez más rápido. Y finalmente se tapó la boca con la mano.

—No puedo —susurró—. No puedo perder el juego.

En la Seu, Carla solo tenía ganas de desaparecer.

—Hemos estado buscándote por todas partes —continuó Arthur en inglés—. Los dos —añadió, y señaló al hombre que tenía detrás—. Es Marc, un amigo. Él es quien te vio en el baile.

Carla lo observó y lo reconoció enseguida, era el hombre al que había visto en el pueblo en las dos ocasiones anteriores.

Sorprendida, constató que Marc llevaba el jersey que tantas veces le había visto a Arthur, un jersey holgado, estilo hippy, de color verde apagado, con una peculiar cenefa de hojas azul cielo bordada en la tripa.

Con la capucha puesta y después de tantos años sin verlo, era normal que los hubiese confundido.

Entonces, un extraño sentimiento la inundó.

Ahora estaba segura de que no había tenido visiones, de que no estaba loca, sino que había corrido un peligro real, de que finalmente ya lo tenía encima.

—¿Y qué querías de mí? —preguntó Carla, intentando sacar firmeza de donde podía.

Arthur, sin embargo, se quedó mirándola fijo mientras le dedicaba una leve sonrisa.

Carla empezó a retroceder. Dio tres pasos, cuatro. Hasta que su espalda chocó con el escaparate de la tienda de caza.

Ya no tenía escapatoria.

Ocho años antes

Barcelona

Todo empezó en un centro de yoga de su barrio.