Nueve días antes de la desaparición #2
—Quizá ha sido un accidente de tráfico —reconoció Jan—. Está muy cerca de la carretera y es posible que un coche se desviara y chocara contra él. Pero ¿por qué no me ha dicho nadie nada? ¿Por qué no se ha disculpado nadie? ¡Estamos en un jodido pueblo de doscientas personas! ¡Aquí se sabe todo!
Carla no sabía qué decir.
—Solo se me ocurre que lo hayan hecho a propósito —concluyó con gravedad.
—¿A propósito? —preguntó Carla, que sintió otro escalofrío.
—Sí. Hace tiempo que dejaban motos allí y solo se ha derrumbado cuando he metido yo la mía.
—¿Quién puede haber hecho una cosa así?
—No lo sé —dijo Jan—. Pero esto no va a quedar así. Pienso encontrar al culpable.
Por la tarde, Carla se quedó sola en casa.
Jan se había ido al gimnasio y Valèria estaba en la Seu, pues tenía extraescolares. A la hora prevista, su padre pasaría a buscarla, de modo que estaba todo organizado. Carla tenía la tarde para ella.
Primero fue a la cocina. Quería prepararse unas tostadas de aguacate y tomate. Buscó la barra de pan integral que había congelado ella misma hacía unos días, pero no la encontró. Y lo mismo le pasó con el aguacate.
Extrañada, intentó no poner el grito en el cielo y convencerse de que debían de habérselo comido Jan o Valèria, pese a que lo normal es que ni lo tocaran. Resignada, cogió un plátano y subió a su estudio.
Se sentó en la cómoda butaca de terciopelo que había a un lado.
Se reclinó y encendió la lámpara de pie junto a ella con la intención de leer un poco, pero enseguida vio que sería imposible.
Tenía demasiados pensamientos estallándole en la cabeza como pequeñas bombas de relojería: por un lado, no quería que Jan se preocupase más de la cuenta, porque, si se ponía a investigar, podía descubrirlo todo y dar al traste con su plan.
Pero, por otro, sentía que compartir aquella angustia con alguien le resultaría casi terapéutico.
Finalmente, cerró los ojos, intentando encontrar la paz mental, y saboreó el aroma del incienso que había prendido hacía unos minutos. Volvió a abrir el libro y se esforzó por leer las palabras que tenía delante. Pero entonces se oyeron unos pasos por encima de ella.
Carla se estremeció. El sonido procedía de la planta de arriba, justo sobre su cabeza.
Primero oyó un pie y luego el otro. De forma clara, nítida.
Caminando a pocos metros de ella. Sabía que más arriba solo estaba el desván, y luego el tejado.
Se quedó petrificada, mirando las vigas de madera, mirando el techo de piedra que le protegía la cabeza, y guardó silencio, conteniendo la respiración.
Al cabo de unos segundos, volvieron los pasos. Carla apretó el libro con los dedos, tan fuerte que arrugó algunas páginas. No se hallaba sola. Estaba segura de ello. En aquella casa había alguien más.
Con el corazón palpitándole en los oídos, se levantó y fue a registrar los cajones de su estudio en busca de lo primero que le sirviese como arma.
Encontró un cúter y lo empuñó como si fuese una espada.
Luego se quedó inmóvil de nuevo, sin hacer el menor ruido, expectante, dudando sobre qué debía hacer.
Buscó el móvil con la mirada por todo el estudio, debía llamar a la policía o a Jan, pero se dio cuenta de que lo tenía abajo, cargando, como siempre, y no quería arriesgarse a bajar la escalera de caracol y dar la espalda a nadie.
Irrumpió la ansiedad. La respiración inquieta.
La confusión. El miedo. Eran apenas las cuatro, faltaban tres horas para que regresase su familia.
Pensó en parapetarse en aquel estudio toda la tarde, en no salir de aquellas cuatro paredes por nada del mundo.
Pensó en echar a correr y marcharse a toda prisa de casa.
Pensó en abrir la ventana y pedir ayuda.
Pero entonces razonó. Si la persona que estaba en el desván era el hombre de la plaza, debía aceptar la derrota y enfrentarse a sus fantasmas.
Si la había encontrado, no tenía ningún sentido seguir huyendo.
De hecho, todo era culpa suya y estaba empezando a pagarlo su familia: la moto de Jan, el golpe de Valèria…
Así que agarró el cúter con fuerza y se dispuso a plantarle cara.
Sports La Seu era un gimnasio pequeño y bastante desolador, situado en un polígono industrial de la ciudad.
La mayoría de las veces que Jan había ido estaba prácticamente vacío, y los pocos que se dejaban caer por allí solían ser el mismo perfil de gente: personas que salían de una lesión o deportistas que por culpa de la lluvia no habían tenido más remedio que ir a parar allí.
Y es que aquel local polvoriento y sin alma nunca era la primera opción de nadie.
Los cientos de montañas y paisajes espectaculares de la zona hacían que todo el mundo prefiriese siempre practicar deporte al aire libre.
Jan salió del vestuario planteándose dejar de ser socio y se dirigió a las máquinas que se oxidaban delante de las ventanas.
Se subió a la bicicleta estática y empezó a pedalear mirando el exterior.
Desde allí se dominaba buena parte del polígono, los camiones transitaban arriba y abajo con matrículas extranjeras, y un sol dorado lo bañaba todo.
Llevaba unos diez minutos pedaleando cuando empezó a vibrarle el móvil. Era un mensaje de Ilona.
Al final hoy no puedo, lo siento
Carla salió de su estudio con el cúter en la mano y recorrió el pasillo.
Se acercó a la cuerda que colgaba del techo y, sacando fuerzas de donde pudo, tiró de ella.
El cuadrado del techo se abrió y dejó caer unas escaleras metálicas que se desplegaron hasta el suelo.
Entonces volvió a prestar atención y oyó los pasos por encima de ella.
Empezó a subir poco a poco, con los escalones chirriando bajo sus pies.
Dos escalones, tres escalones. Hasta que pudo meter la cabeza en el desván y escudriñar la absoluta oscuridad que reinaba en él.
A continuación, sujetando el cúter con fuerza, se armó de valor y recorrió el último tramo de la escalera hasta emerger dentro de aquella estancia negra.
—¿Eres tú? —preguntó, completamente cegada.
Su voz resonó en las tinieblas. Miró a un lado y al otro a la espera de una respuesta, de un grito, de una señal.
Pero lo único que oyó fue el inescrutable silencio.
Los pasos se habían detenido. Carla avanzó a tientas, sintiendo el frío que hacía en aquella estancia; caminó con las manos al frente como única guía.
Y entonces oyó otro paso, tan cerca, en su dirección, que sin pensarlo ni un instante atacó la negrura que tenía delante y la perforó con el cúter.
Pero la hoja metálica se limitó a hender el aire.
Su respiración acelerada resonó en aquella gran masa de oscuridad durante unos instantes. Volvió a prestar atención, con las lágrimas a punto de saltársele. Y, en ese momento, los pasos volvieron, a escasos metros de ella.
Ilona estaba en su casa, tumbada en la cama.
Acababa de enviar un mensaje a Jan diciéndole que no podía ir al gimnasio.
Seguía asustada por aquella maldita cría, Valèria.
Estaba irreconocible, había cambiado de forma repentina.
Primero había sido en el coche, cuando la había amenazado con una inteligencia y una actitud impropias de su edad, diciéndole que le haría daño si no dejaba de flirtear con su padre.
Sus palabras aún resonaban en la mente de la maestra: «Si no dejas de hacer el tonto de una vez, seré tu peor pesadilla».
Pero lo más increíble había sucedido después, en el colegio.
Ilona había empezado a dar clase como siempre, había apuntado en la pizarra diferentes nombres de árboles, dibujando las hojas y las correspondientes copas.
Los niños levantaban la mano e iban diciendo lo que se les ocurría.
Había risas y parloteo de fondo, como siempre; y habría seguido así de no ser por Valèria.
Ilona se había dado cuenta al cabo de unos minutos, desde la pizarra.
Se había visto obligada a hacer una pausa y acercársele, despacio, ante la mirada atónita del resto de los niños, que se habían callado de golpe.
Valèria llevaba un buen rato con la cabeza inclinada, mirando abajo, con los ojos en el pupitre, inmóviles, como si estuviese muy lejos de allí. Pero el detonante de todo era que había empezado a temblar.
—Valèria —dijo la maestra—, ¿estás bien?
Valèria no se movió.
—¿Valèria? —repitió, apoyando una mano en el hombro de la niña.
Los demás alumnos las observaban, helados.
En ese momento, la niña abrió la boca y susurró:
—Tú nunca entiendes nada, ¿no? —Y acto seguido levantó la vista para clavarle aquellos ojos azules como el mar—. Eres mía —murmuró—. Sois todos míos.
Carla, en el desván, estaba a punto de perder el control.
—¡¿Quién anda ahí?! —chilló en medio de la oscuridad—. ¿Qué quieres de nosotros?
Pero no obtuvo ninguna respuesta. Avanzó un par de pasos más hacia la negrura más absoluta y se topó con un mueble.
Con nerviosismo, acarició los objetos que había encima y descubrió algo redondo, fino, que le pareció una lámpara.
Buscó el interruptor, cruzando los dedos para que se encendiese y la guiase entre tanta incertidumbre.
Y, al tiempo que temía lo que podía aparecer delante de ella, oyó un clic y una luz tenue iluminó el desván.
Al instante se dibujó una estancia larga y profunda, con el techo a dos aguas, pues seguía la forma del tejado.
De la viga central partían diferentes vigas a un lado y al otro, como las costillas de una ballena.
Todo estaba lleno de objetos polvorientos, la mayoría cubiertos con plásticos traslúcidos y blanquecinos.
Carla miró en la dirección de donde provenían los pasos y vio unas gruesas cortinas que cubrían toda la pared.
Se acercó, sintiendo que la tensión aumentaba dentro de su organismo y, con el corazón en la boca, las descorrió.
Al otro lado, una ventana entreabierta golpeteaba de forma ocasional por culpa del aire gélido de fuera y producía un sonido idéntico al de unos pasos.
Prestó atención a su alrededor y se aseguró de que allí dentro no había nadie.
Al cabo de unos segundos, Carla ya respiraba más aliviada.
Volvió a dirigirse hacia la escalera sintiéndose estúpida por haber sufrido por nada, preocupándose una vez más por las paranoias que tenía últimamente; pero fue entonces cuando un objeto extraño le llamó la atención.
Jan inició otra serie de abdominales. Sentía que había hecho el ridículo. Ilona le había dejado plantado. Mientras su cabeza iba y venía del suelo, pensó que era una señal del destino. Que no debía poner en juego su matrimonio por una simple dosis de vanidad. Se enderezó y se dirigió a las pesas.
Lo que no acababa de cuadrarle era por qué Ilona había cambiado de planes tan rápido, ya que esa mañana le había dejado claro que podía quedar.
Quizá estuviera exagerando un poco, pero todo aquello volvía a provocarle esa sensación de extrañeza e incomodidad que había experimentado antes, al ver la moto destrozada entre los matorrales.
El desván de la Era Vella estaba lleno de polvo y telarañas. Un velo blanco creado por el paso del tiempo lo cubría todo, excepto una caja de cartón colocada en el suelo. Era una caja cuadrada, bastante grande e impoluta, como si hiciese poco que la habían dejado allí.
Carla se acercó y, llena de curiosidad, la abrió.
En el interior había un montón de paquetes rectangulares de color gris que parecían ladrillos.
Cogió uno y vio que era más ligero e inconsistente de lo que esperaba.
Al levantarlo, advirtió que lo recubría un plástico brillante con la letra «E» escrita a mano, con rotulador permanente.
Entonces, temiéndose lo peor, Carla clavó el cúter y lo rasgó.
El interior del paquete estaba lleno de un polvo blanco muy similar a la harina.