El juego del silencio Nueve días antes de la desaparición
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Nueve días antes de la desaparición

Nueve días antes de la desaparición

Carla se despertó antes de que le sonase la alarma. Había pasado una noche horrible, sobre todo por culpa del dibujo que había hecho su hija.

La noche anterior

Arcavell

—Valèria —le había dicho Carla—, ¿hay algo que quieras contarnos? No sé… ¿Algo que te inquiete?

Su hija negó con la cabeza y volvió a mirar con orgullo el dibujo que tenía en las manos.

—Se me ocurre una idea —intervino Jan—. ¿Y si invitas a algún compañero de clase a casa? ¡Podríais jugar con las piezas de madera!

Carla asintió.

—Sí, y preparamos una buena merienda —añadió su madre con una sonrisa—. ¿A quién podríamos invitar? ¿A Marta? ¿A Jofre?

Pero Valèria hizo una mueca.

—No me hace falta nadie más —respondió seria—. Con Peludo ya me lo paso bien.

Después dio media vuelta y sus padres contemplaron entonces, abatidos, cómo su hija volvía a subir rápidamente a la habitación.

—Quizá sea una fase —se aventuró a decir Jan más tarde—. Acabamos de llegar a este pueblo, es un entorno completamente distinto, los compañeros del cole son nuevos, ha tenido que separarse de sus amigos de siempre… Es normal que prefiera dejar volar la imaginación a veces, ¿no crees?

Carla suspiró, no acababa de verlo tan claro.

—No lo sé, Jan, ¿y si no se lo está inventando?

Jan puso cara de no entenderla.

—¿Qué quieres decir?

Carla reflexionó unos instantes sobre las visiones que había tenido últimamente y soltó lo que le rondaba por la cabeza.

—A veces tengo la sensación de que en este pueblo pasan cosas raras.

—¿Cosas raras?

—Sí, no sé, a veces me siento… —buscó la palabra y le sorprendió la exactitud del adjetivo que acababa de encontrar— observada.

Jan lo pensó un momento y le acarició la mano con ternura. Luego, negando con la cabeza, dijo:

—Me juego lo que quieras a que pronto lo habremos superado. Solo tenemos que aclimatarnos un poco, ya verás.

A la mañana siguiente, Jan cogió el móvil y fue al baño para leer un mensaje que había recibido la noche anterior y que había borrado a toda velocidad de la pantalla de bloqueo para que Carla no pudiera leerlo.

Hola, guapo, ¿qué día vamos al gimnasio?

No sabía por qué lo había borrado, por qué se lo había ocultado a Carla. Al fin y al cabo, era una simple e inocente propuesta para ir al gimnasio. Sin doble intención. Pero se lo había ocultado a Carla.

Leyó el mensaje de Ilona dos veces más. Estaba seguro de que aquello no llevaba a ninguna parte.

Tenía una familia y más cosas en común con un árbol que con aquella chica.

No le atraía ni su personalidad ni su físico ni su vocinglería.

Pero la culpa de todo la tenía aquella dulce sensación de ser objeto de deseo, aquella maldita adrenalina que provocaba una mirada un poco más larga de lo normal.

Salió del baño y bajó la escalera de caracol con lentitud.

Desayunó solo mientras por la ventana de la cocina empezaba a entrar la luz del amanecer.

Se quedó embobado unos minutos. Fuera se veía un día claro y frío.

Preparó el café de Carla cuando oyó que salía de la ducha, en la planta de arriba, y de pasada pensó que lo que más le atraía de todo aquello era la sensación de sentirse joven todavía.

La tentación de serlo un tiempo más. Solo un tiempo más.

Retener la deriva, poner presas al río. Tostó el pan de Valèria pensando que era tan natural como posponer la alarma del despertador; tan visceral y humano como el mismo instinto de supervivencia.

Querer ser joven. Querer seguir en la cresta de la ola.

Nadie podía culparlo por ello. Nadie podía juzgarlo.

Seguro que a todo el mundo le pasaba lo mismo.

Carla y Valèria bajaron y desayunaron los tres juntos. Mientras su familia daba cuenta de las tostadas, pensó que tan solo era un juego. Se convenció de que Ilona tampoco querría nada. Era solamente un pasatiempo para los dos, una manera de subirse la autoestima el uno al otro.

Carla volvió a su estudio para la reunión de cada mañana, y entonces sonó el timbre cual trompetas de Jericó.

Jan hinchó los pulmones como si fuesen dos velas y recorrió los escasos metros que lo separaban de la puerta, pensando que tal vez lo que le atraía de todo aquello era la sensación de estar cruzando una línea roja, la trepidante sensación de estar cometiendo una travesura.

—¡Hola! —dijo Ilona al otro lado de la puerta, con una sonrisa luminosa.

O tal vez fuera el mero hecho de mantener aquella adrenalina, aquel fuego, aquellas brasas encendidas un poco más. Un fuego pequeño e inofensivo, pero un fuego encendido.

—No me has dicho nada del mensaje.

—Lo he visto ahora—dijo Jan, aproximándose al abismo—. Iré esta tarde al gimnasio, ¿te apuntas?

Y ahí comenzó la caída.

Después, Ilona se subió al coche con Valèria, sintiendo que la vida era un lugar maravilloso. Aquella tarde tenía una cita con Jan, lo había conseguido.

Arrancó el Peugeot y, a medida que el paisaje empezaba a pasar por su lado, se imaginó la vida con él. Quizá Jan querría que se fuesen a vivir juntos y, quién sabe, quizá después tendrían hijos.

Lo único que arruinaba su fantasía era Carla. Esa tía presentaría batalla hasta el último momento, de eso estaba segura. Tenía que encontrar la forma de desactivarla, de dejarla fuera de combate, de evitar que se interpusiese entre sus sueños y los de Jan.

El coche salió de Arcavell y enfiló la carretera que descendía por la montaña, una carretera repleta de curvas que giraban, se retorcían y serpenteaban por la ladera hasta alcanzar la carretera nacional.

Valèria, en cambio, no sería un problema, pensó Ilona mientras encaraba el carril de aceleración. Era pequeña y manipulable, seguro que se sometería a los deseos de su padre sin protestar. Tal vez incluso se mudase con Carla y los dejase en paz.

En ese momento, la maestra alzó la vista y miró a la niña por el espejo retrovisor.

—¿Qué tal, guapa? —le preguntó, conteniendo la felicidad que sentían todos los átomos de su cuerpo—. ¿Quieres que cantemos una canción?

—¿Te gustaría irte de Arcavell? —le espetó Valèria.

Ilona se sobresaltó. La voz de aquella niña había sonado distinta, más punzante, más fuerte, más segura.

La miró bien por el espejo y vio que le había cambiado la cara.

La imagen de la niña que prácticamente era una alegoría de la belleza había desaparecido.

En su lugar ahora se veía a una niña muy pálida, con la cara chupada.

—¿Cómo dices? —le preguntó la maestra con la voz quebrada.

—Basta, ¿me oyes? Si no dejas de hacer el tonto de una vez, seré tu peor pesadilla.

—Valèria…, pero ¿qué dices?

Y entonces la niña cambió su expresión por una que helaba la sangre. Por una seria. Desafiante. Llena de rabia.

—Iré a medianoche, cuando todo el mundo duerma, y no tendrás dónde esconderte.

En aquel preciso instante, Jan salía a pie de la Era Vella.

El día anterior se había acordado de la moto y había decidido ir a recogerla del porche. Aprovecharía para hacer una pequeña excursión con aquella vieja máquina, hasta una cima que hacía días que le llamaba la atención, llena de rocas, detrás de Sant Andreu.

Cruzó el puente con el andar torpe que le imponían las botas, el mono y el casco. Bajó un par de calles más y, al fondo, vio el porche de madera. Pero ya desde bien lejos le pareció que algo no encajaba.

Cada paso que siguió solo le proporcionó una visión más nítida de la desgracia. El desastre era absoluto. Las columnas del porche estaban destrozadas y el techo se había derrumbado. Pero el problema más grave es que no había ni rastro de su KTM.

Se puso a buscarla entre los arbustos de alrededor e incluso levantó el tablero de madera que había servido de techo, pero no estaba. Se la habían llevado. Alguien la había robado.

Ya estaba a punto de tirar la toalla cuando decidió asomar la cabeza por el barranco que se abría justo detrás del porche y mirar abajo.

Se acercó, agarrándose a los matorrales del borde, y se acercó al abismo por segunda vez ese día.

Y allí la vio, unos metros por debajo de sus pies, en medio de los árboles, totalmente destrozada.

Consternado, Jan emprendió el camino de vuelta a casa.

Todo aquello era un buen motivo para preocuparse.

Alzó la vista y vio que Arcavell se había convertido de forma repentina en un lugar frío y hostil.

Experimentó exactamente la misma sensación que le había descrito Carla el día anterior, la inquietante sensación de sentirse observado.

Jan avanzó por las calles estrechas del pueblo sintiendo que, oculto entre aquellas casas de piedra, al otro lado de las ventanas, mirándolo desde detrás de los postigos de madera, había alguien que no les deseaba nada bueno, ni a él ni a su familia.

Sentada en una silla de plástico de la terraza, Carla contemplaba cómo la mañana inundaba el pueblo. En la mano tenía una taza de café con leche, caliente y humeante, que iba bebiendo a sorbitos.

Seguía inquieta por la visión de aquel hombre el día anterior y por el dibujo de su hija.

Necesitaba con urgencia saber si había alguna conexión entre ellos.

¿Y si Peludo era él? ¿Y si se vengaba de ella torturando a su hija?

Se sintió desamparada, necesitaba poder hablar con alguien de todo aquello, cuando oyó que llegaba Jan.

—Ah, estás aquí —le dijo él.

Carla lo miró y advirtió que tenía los ojos vidriosos, a punto de llorar.

—¿Qué te pasa?

Jan se dejó caer en la silla de al lado, visiblemente abatido. Hacía mucho tiempo que Carla no lo veía así.

—Alguien me ha destrozado la moto.

—¿Qué?

—La han tirado por el barranco —dijo con un suspiro—. La dejé en el porche hace una semana y ahora he ido y está todo reventado.

—¿Qué dices?