Diez días antes de la desaparición #2
Una angustia fría empezó a extenderse por su pecho, inundándole rápidamente todo el cuerpo.
Le faltaba el aire. Se le aceleraba el corazón.
Náuseas. Miedo. Seguía dando vueltas sobre sí misma y miraba en aquella dirección cada vez que el baile se lo permitía.
Se hallaba lejos, tampoco estaba segura.
El movimiento no le permitía verlo bien.
Quería acercarse más. Verlo más de cerca, aunque le causase un dolor terrible.
Seguía dando palmas, agachándose. Hasta que reconoció aquel jersey.
Y después aquella capucha. Y, finalmente, a aquel hombre que se encontraba entre el público y que no dejaba de seguirla con la mirada ni un instante.
Era él. Ahora estaba segura. La había encontrado.
En plena sobremesa, observando a los bailarines, habría una cincuentena de personas que charlaban y bebían sin parar.
En el centro, una mesa acogía los restos de la paella: las cabezas de las gambas, los huesos del pollo, las migas del pan con tomate.
Todo aquello hacía las delicias de las moscas, que zumbaban celebrando que llegaba su turno.
—¿Y cómo es que escogisteis Arcavell? —le preguntó Ilona a Jan, al tiempo que espantaba a uno de aquellos insectos.
—Pues no lo sé, la verdad… —respondió él, que, embriagado por el alcohol, no sabía bien lo que decía—. Buscamos un pueblo de montaña, pero que tuviese una buena ciudad cerca.
—Ah, ¿la Seu? Qué inteligente… —dijo ella, y dio otro trago de vermut.
—Sí, al final aquí para ir al médico, por ejemplo, solo tardamos veinte minutos, que es menos de lo que tardábamos en Barcelona.
—Es superfuerte —decía la maestra—. Es que somos unos privilegiados aquí arriba. Y, además, con este paisaje… ¿A ti te gusta subir montañas?
Pero entonces Valèria, que hasta ese momento no había pronunciado palabra, intervino:
—A papá le gusta mucho subir montañas —dijo en un tono que Ilona no supo identificar—. Pero él no las sube andando, ¿a que no, papi?
—Ah, ¿no? —preguntó la maestra—. ¿Y cómo las subes si no?
Jan se rio.
—Tengo una KTM. Una moto de cross. Es bastante vieja, pero va muy bien. —Hizo una pausa y exclamó—: Vaya, por cierto, la dejé en el porche que hay en la entrada del pueblo y no he vuelto a pensar en ella. Mañana iré a buscarla.
A Ilona se le heló el semblante. Por unos momentos, volvió al momento exacto en que vio desaparecer aquella moto precipicio abajo. Dio otro trago a su vaso enseguida, al tiempo que miraba a Valèria. Y entonces le pareció ver que la niña le dedicaba una leve sonrisa.
A los pocos minutos, el baile terminó y Carla vio que la gente se soltaba las manos y aplaudía, feliz, orgullosa de cómo había defendido los pasos.
Carla los imitó y sonrió, disimulando el miedo que estaba devorándole el estómago.
Poco a poco, se atrevió a mirar hacia el público y vio que algunas personas se habían levantado de las sillas.
Algunos iban a buscar más bebidas y otros ya empezaban a desfilar hacia casa.
Buscó al hombre con una ojeada rápida, y esta vez lo encontró.
Esta vez no había desaparecido. Llevaba su inconfundible jersey, de color verde apagado, con la característica cenefa de hojas azul cielo bordada a la altura del vientre.
Tenía la capucha puesta, como siempre, y avanzaba entre la multitud, hacia ella.
Carla se quedó inmóvil, aterrada, incapaz de mover un dedo, aceptando su destino. Hasta que lo tuvo delante.
En ese instante, sin embargo, se dio cuenta de que no reconocía su rostro. Se le parecía mucho, pero no era él. De hecho, era más bajo y delgado que la persona a la que recordaba. El hombre pasó de largo y fue a charlar con un señor que tenía al lado.
Carla se vino abajo. No podía ser, se había confundido.
Se volvió y lo miró de nuevo de arriba abajo.
Estaba convencida. La había confundido aquella capucha.
Y ahí la invadió la desesperación: ¿qué le estaba pasando?
¿Tenía manía persecutoria? ¿Estaba volviéndose loca?
No era normal que le ocurriese aquello. ¿Por qué la engañaba el cerebro de esa manera?
Se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos, intentando mantener la calma, intentando controlar su corazón, que le palpitaba cada vez más fuerte.
¿Era consecuencia de la culpa? ¿Eran los remordimientos por haber cometido aquel acto lo que la martirizaba?
Abrió los ojos y empezó a buscar a su familia. Necesitaba verlos, sentirse de nuevo protegida por su tribu. Volver a la tranquilidad cuanto antes.
Se alejó de la zona de baile. Lanzó alguna sonrisa rápida a las personas con las que había compartido pasos de baile, que ahora se saludaban y se felicitaban, hasta que llegó a la mesa.
Aunque entonces vio que Jan y Valèria hablaban con Ilona, y en ese momento no le apetecía que la maestra la viera mal.
De modo que tomó aire y se armó de valor.
—Hola, Ilona —dijo con una sonrisa tan natural como fue capaz—. ¿Qué tal?
Ilona, en cambio, no pareció alegrarse de verla.
—¡Carla! —exclamó, muy tensa de pronto—. ¡Ya te hemos visto bailar, qué fuerte! Chica, ¡se te da muy bien! ¡Lo tenías bien escondido!
—Gracias —respondió ella, dándose cuenta de que algo fallaba—. Deberías haberte animado, no era muy difícil.
—Uy, yo de esas cosas no sé, soy un poco desastre… —Aprovechó la pausa para levantarse de la silla—. En fin, me voy, que ya empieza mi turno en la barra. Debemos ayudar entre todos, ¡que la fiesta mayor no se hace sola!
Y, sin decir nada más, se marchó y desapareció entre la multitud.
Esa tarde, los tres volvieron a casa con sentimientos encontrados.
Después de cenar, Valèria subió a su habitación, y Jan y Carla fueron a sentarse en el sofá, cansados de todo el día y con un principio de resaca.
Al cabo de un rato, cuando Jan empezaba a cerrar los ojos delante del televisor, Valèria bajó por las escaleras y se plantó delante de ellos. Entonces, sin pronunciar palabra, levantó los brazos y les enseñó un dibujo que había hecho.
Sus padres observaron el papel y ninguno de los dos fue capaz de decir nada. En él aparecía su hija acompañada de otra persona, más alta, que la cogía de la mano. Pero aquella escena tenía un elemento perturbador.
—¿Os gusta? —preguntó Valèria con una sonrisa, mirándolos—. ¿Me ha quedado bien?
Jan se volvió hacia Carla y comprobó que estaba tan atónita como él.
—¡Soy yo con Peludo! Estamos jugando al juego del silencio —dijo la niña, cogiéndose las manos y balanceándose suavemente y con ilusión—. ¡Ya volvemos a ser amigos!
—Valèria —consiguió articular Carla unos segundos después—. ¿Qué le has hecho a la cara de Peludo?
La niña volvió a coger el papel y lo contempló brevemente, con expresión plácida. Luego se encogió de hombros y sonrió de nuevo.
—Valèria, ¿por qué lo has tachado? —preguntó Jan.
El rostro de Peludo estaba cubierto de rayas negras y profundas. Valèria le había garabateado la cara con tanta fuerza que casi había perforado la hoja. La sensación que daba era que aquel dibujo estaba hecho con un único sentimiento. Claro, directo e inequívoco.
Aquel dibujo estaba lleno de rabia.
Entretanto, al otro lado del Pirineo, Arthur no se creía las palabras de Marc.
—Tienes que jurármelo, júrame que era Carla —gritaba al móvil.
—Te lo juro, Arthur, la he visto bailando. Incluso he pasado por su lado para asegurarme. Al principio ha puesto una cara rara, creo que me ha confundido contigo.
Arthur dejó escapar un largo suspiro; por fin habían encontrado su escondite. Ya no podía seguir huyendo. Había sido un trabajo largo, de meses, pero finalmente había dado fruto.
—¿Arcavell, has dicho que se llama? —le preguntó, directo al grano.
—Sí, cerca de Andorra. Te mando la ubicación.
—Espero que no te equivoques, Marc.
—No, confía en mí.
Arthur miró el mapa en la pantalla del móvil.
—Pasado mañana estoy ahí.