El juego del silencio Diez días antes de la desaparición
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Diez días antes de la desaparición

Diez días antes de la desaparición

Eran las dos y cuarto del mediodía.

Ilona caminaba por las calles estrechas y torcidas de Arcavell tan rápido que casi corría. Nerviosa. Exultante. Pletórica. Había llegado el gran día, el más importante del año, el inicio de la fiesta mayor.

Hacía pocos minutos que había salido del colegio, puntual como un reloj, celebrando que aquella tarde era fiesta y no tenía que volver.

Casi sin decir adiós a los niños y a punto de olvidarse de Valèria, Ilona se había subido al coche y conducido a toda velocidad hasta su pueblo.

Volando por encima de las curvas. Dejó a la niña en la Era Vella y se fue como un rayo a su casa para acicalarse mientras rezaba para llegar a tiempo a la arrossada popular.

Ahora recorría las calles sintiendo los latidos de su corazón. A su alrededor, el pueblo entero parecía brillar, listo para el gran día.

Finalmente, cruzó el paseo y llegó a la plaza.

La imagen que la esperaba era tan de postal como cada año: a un lado, la paella humeaba, impregnándolo todo con el olor del marisco y la carne.

En el centro, la misma mesa de siempre, alargada, enorme, cubierta con unos manteles blancos, recorría el empedrado de punta a punta.

En torno a esta, los vecinos y las vecinas charlaban animados, con alguna copa de más, mientras un grupo de niños y niñas corría alrededor.

Por encima, las golondrinas ejecutaban vuelos rápidos y fugaces, esquivando los banderines de colores que colgaban de fachada a fachada.

Ilona tomó aire, sintiéndose en casa, y, exaltada, corrió a buscar un lugar para sentarse.

No fue hasta que sirvieron el arroz que la maestra empezó a buscar a su objetivo.

Jan se hallaba sentado prácticamente en la otra punta de la mesa, entre Carla y Valèria.

Los tres cantaban un poco entre la multitud.

Habían pensado que, al ser fiesta mayor, todo el mundo se arreglaría y se pondría sus mejores galas, pero la verdad era muy distinta.

Los vecinos de Arcavell llevaban la ropa de siempre, la de diario; las camisetas, las camisas y los vestidos que debían de haber utilizado para trabajar, comprar o ir de paseo.

De ahí que los Costa acapararan todas las miradas.

Jan vestía un polo azul cielo y unos pantalones de lino ibicencos que resaltaban su cuerpo atlético.

A su lado, Carla llevaba un elegante vestido de color verde, fresco, veraniego, y un sombrero ancho de paja.

Pero quien más llamaba la atención era Valèria, que aquella mañana se había empeñado en lucir un vestido de satén blanco, que evocaba un modelo de otra época.

Era un vestido largo, de mangas amplias y abullonadas, que le llegaba hasta los tobillos, con la falda gruesa.

La prenda también tenía un curioso estampado de flores negras, como un papel pintado barroco.

Además, Valèria había querido ponerse una diadema de ganchillo de color blanco, que le retiraba el pelo de la cara.

Cuando sus padres la habían visto aparecer así vestida, bajando la escalera de caracol de casa, se habían quedado petrificados durante unos instantes.

Le habían preguntado de dónde había sacado aquella ropa y la niña se había limitado a responder que la había encontrado en el fondo del armario, cuando llegaron a aquella casa.

Ninguno de los dos, ni Jan ni Carla, se había atrevido a llevarle la contraria, ya que, por primera vez desde que se había hecho daño, se la veía animada. Incluso parecía que había recuperado un poco el color. Y lo único que les importaba era verla feliz.

«Me lo ha hecho Peludo», le había dicho Valèria a Carla.

Cuando se lo contó a su marido, la noche anterior, Jan no supo cómo reaccionar.

Últimamente, Valèria les hablaba de su amigo imaginario todos los días y jugaba a todas horas con él, pero no dejaba de resultar extraño que, después de darse un golpe fortuito, se hubiese inventado que había sido él quien la había agredido.

Era como si, de repente, Peludo se hubiese convertido en su enemigo.

Preocupado, antes de ir a acostarse, Jan buscó información sobre el tema y había averiguado que los niños a veces se inventan amigos imaginarios como canal para expresar emociones.

Leyó que les resultaba útil para gestionar miedos, deseos, frustraciones…

y, sobre todo, el sentimiento de soledad.

Al comentárselo a Carla, los dos se habían dado cuenta de que era cierto que en aquel pueblo no había más niños de su edad.

Cuando decidieron mudarse, no lo habían tenido en cuenta y ahora Valèria se encontraba con que no podía jugar con nadie.

Quizá lo que debían hacer, habían concluido, era proponerle que invitase a casa a algún compañero de clase.

Después de comer, llegó el baile. Jan observó orgulloso cómo el escenario que había ayudado a erigir acogía el peso de los cuatro músicos de la banda sin derrumbarse. Uno llevaba un acordeón; otro, una flauta travesera; otro más, una guitarra, y el último, un violín.

Entonces contaron hasta tres y, con energía, se pusieron a tocar músicas tradicionales y canciones populares del valle que todo el mundo conocía. Automáticamente, algunos vecinos se levantaron de la mesa y se acercaron a bailar delante de los músicos.

Jan comenzó a dar palmas al ritmo de la música, animado como hacía tiempo que no lo estaba y notando cómo el vino empezaba a hacer su efecto.

A su lado, Carla contemplaba aquel espectáculo fascinada.

Seguía pensando que la vida le ofrecía una segunda oportunidad para relacionarse, para poner fin a su timidez.

Había llegado la hora de romper el cascarón del todo, de descubrir a una Carla diferente.

—Allá voy —le soltó a Jan sin previo aviso, con una sonrisa en los labios.

Con aquella frase, Jan entendió que era él quien se quedaba vigilando a Valèria, sentada a su lado.

—¡Dale! —exclamó su marido, que ya empezaba a golpetear con los pies, contento de ver a aquella nueva Carla—. ¡Demuestra lo que sabes hacer!

Ella se levantó de un salto y se giró hacia los bailarines.

Jan y Valèria se dispusieron a contemplar un espectáculo de lo más divertido.

Todo el mundo bailaba de forma sincronizada, siguiendo los mismos pasos; ahora formaban un corro, ahora se dejaban llevar, ahora daban palmas.

Pero de vez en cuando algún vecino se equivocaba y giraba hacia el lado que no era o se tropezaban y chocaban.

Jan se estaba partiendo de risa. La verdad es que se habría quedado mirando aquello durante horas, pero no tardó en comprobar que no sería posible.

—¡Jan! —exclamó Ilona, de forma abrupta, de pie a su lado—. ¡Ay, no te había visto!

Jan estuvo a punto de tirarse de los pelos. Esbozó una sonrisa breve, la saludó y le demostró su escaso interés, volviendo a mirar enseguida a los bailarines. Pero Ilona, lejos de desistir, vio la silla que Carla había dejado libre y se sentó.

—¡Ah, hola, Valèria! —dijo—. ¡Qué vestido más bonito llevas!

Carla había empezado a seguir los pasos del baile como podía.

Giraba, se agachaba, se cogía del brazo con sus vecinos sin parar; su imponente vestido ondeaba al aire con cada vuelta que daba.

Tenía la sonrisa impresa en la cara. Soltaba algún gritito, se reía.

Aquello era lo más divertido que había hecho en semanas, y de nuevo le producía una sensación de comunidad que no había sentido antes.

Si una pieza del baile fallaba, todas las demás también.

Habría deseado que aquello no terminase nunca.

Pero todo estaba a punto de saltar por los aires.

Jan se acabó el carajillo y volvió a mirar los ojos maquillados de Ilona.

—Escucha, Jan, ¿y si me das tu número? —sugirió ella tras unos minutos de conversación, acariciándose el pelo—. Lo digo porque…, si algún día voy al gimnasio, podría decírtelo y así ir juntos, ¿no? ¿Qué me dices?

A su lado, Valèria no le quitaba el ojo de encima. Vestida de aquella manera, con sus enormes ojos azules y con aquella expresión impenetrable, a Ilona le daba la sensación de que tenía una muñeca delante. La observaba sin moverse lo más mínimo, como si no tuviese vida. Hermética.

Y también permaneció así cuando vio que su padre le daba su número a Ilona y cuando esta empezaba a acariciarle la pierna con suavidad.

Después de un sirtaki, llegó el momento de bailar la polca.

Carla cogió la mano del vecino que tenía al lado y, tras la señal de inicio, vio que las parejas empezaban a girar alrededor de un único punto central.

Cuando la música lo indicó, las parejas se deshicieron y volvieron a formarse con otras personas, sin dejar de girar en ningún momento.

Carla intentaba no perder la concentración y dar los saltos hacia dentro y hacia fuera cuando tocaba, además de las vueltas pertinentes.

Se reía, echaba a correr para regresar a la posición que le correspondía.

Todo era felicidad y caos. Todo era conexión y alegría, hasta que alzó la vista hacia el público y lo vio.

No dejó de bailar. No dejó de moverse. Pero fue como si la música que la envolvía, como si toda la fiesta a su alrededor, se hubiese parado de golpe para sumirse en un silencio vacío y ensordecedor.